EL
DOLOR (2)
¿Porqué sufre la gente buena? (II)
Texto base: "Ojalá pudiera disputar el
hombre con Dios como con su prójimo".
Job
16:21; Gálatas 4:19-20
Dijimos que
el dolor puede ser físico o emocional,
puede ser dolor por la pérdida de un ser querido, que es emocional pero
diferente de aquel dolor que nos produce una traición. Dijimos anteriormente
que el dolor produce una crisis de identidad y una crisis de dignidad. Pero
también entendemos que produce:
1.- La desorientación o
perplejidad proviene del amor que se tiene hacia la persona o hecho que produjo
ese estado.
Pablo se siente perplejo ante la vuelta de los gálatas a la esclavitud de la
ley. Se siente desorientado porque ya había sufrido dolores de parto cuando
llevó a estas personas a los pies de Cristo. Ahora vuelve a sentirlos al ver
que ellos se descarrían y prestan oídos a personas que continúan con las prácticas
de las que Cristo les había restaurado mediante la cruz.
2.-
Nos sentimos perplejos como el padre del hijo pródigo, cuando alguien
se retira de la iglesia después de haberle llevado a Cristo, sustentado,
ayudado, enseñado, preocupado por años y hasta muchas veces liberado de las
garras de Satanás.
3.-
Nos sentimos perplejos y con dolores de parto cuando vemos que prefiere volver a
la esclavitud de una vida carnal en lugar de elegir la libertad de la vida en
Cristo.
4.-
Nos sentimos perplejos y desorientados como Pablo cuando vemos que la verdad
parece ganarnos enemigos en lugar de hermanos en la fe ( verso 16).
5.-
Quedamos perplejos al ver la desgracia cayendo sobre gente honesta y
trabajadora. La muerte de seres inocentes por una bomba, la esclavitud de niños
en los trabajos o en pornografía. la incomprensión y ansias de poder de
hombres que no temiendo a Dios producen guerras terribles.
La Biblia no
oculta el dolor sino que en muchos casos lo descubre para enseñarnos y
alentarnos a continuar aun en medio de la perplejidad que producen ciertos
hechos en nuestra vida cristiana.
II)
SENSIBILIDAD
A
pesar de que hay quienes no lo hacen, casi todos nos sensibilizamos cuando
enfrentamos momentos dolorosos. No podemos simplificar las causas del
sufrimiento ni inventar una respuesta fácil ante la pregunta de por qué
pasamos por momentos de tremendo dolor. Pero sí podemos sensibilizarnos y como
cristianos buscar en medio de la meditación y oración, la sabiduría que el
Padre puede darnos para ayudar al que está en crisis. Cada dolor, sea físico o
emocional, necesita de un tiempo para ser resuelto. Las etapas pueden variar de
persona a persona según su carácter, la aflicción por la que está pasando y
hasta quienes le estén acompañando en la prueba. A veces, como los amigos de
Job, en lugar de callarnos y orar, pecamos por necios parlanchines.
III)
CAMBIOS.
Ser
sensibles al dolor de otros no implica que les apoyemos para que continúen así
por tiempo indeterminado. Cada crisis por la que pasamos implica cambios y esos
cambios deben venir indefectiblemente con el tiempo. Si tengo muchos hijos y no
tengo alimentos para darles no puedo continuar de la misma forma. Debo producir
un cambio y tomar los recaudos necesarios para no tener más hijos o buscar un
trabajo mejor para poder sustentarlos.
He
estado varias veces predicando en una iglesia y cada vez veía frente al templo
una cantidad de bolsas de residuos que el vecindario dejaba y siempre la
respuesta al por qué de esa situación decían que el municipio tenía la culpa
por no recoger y limpiar esas bolsas. Si bien esto era cierto la iglesia debía
tomar los recaudos necesarios, limpiar lo que correspondía a su frente y
mostrar a los vecinos que bueno es ver la calle limpia de basura y luego hablar
con los vecinos para que no tiren más bolsas de residuos a la calle.
CONCLUSIÓN:
Finalmente, hay cambios que producen dolor. Una curación produce dolor,
una restauración produce dolor, la obstinación produce dolor, el resentimiento
y el rencor producen dolor.
Pero
hay un dolor que produce sanidad del alma. Nuestra entrega a Dios cada día.
Esta entrega produce el dolor de la negación de nuestro propio yo.
Antes de entregarnos a Cristo éramos autosuficientes, nuestra voluntad
nos pertenecía, sabíamos que teníamos pleno control sobre nosotros mismos.
Cuando nos enfrentamos a Dios y entendimos que debíamos rendir nuestra voluntad
al señorío de Cristo, se produjo en nosotros una ruptura, como una muerte.
Someter nuestra voluntad a la voluntad de Dios cada día produce un tremendo
dolor. Pablo lo
describe muy bien hablando de Cristo en su carta a los filipenses “.
. .y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose
obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. (Fil. 2:8).
Cuando
todo marcha bien, cuando aparentemente no tenemos necesidad de nada es
justamente cuando las cosas no son como nos parecen. San Agustín decía: “Dios
quiere darnos algo, pero no puede debido a que ya tenemos las manos llenas: no
hay lugar para que El pueda poner algo más” . Cuando digo:
“No tengo necesidad de nada” es cuando más dolor produce la muerte de mi
ego.
Comenzamos hablando sobre el dolor humano y queremos terminar hablando
sobre el dolor de Dios. Jesús nos da el ejemplo en Getsemaní cuando dijo: “Padre,
si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (
Lucas 22:42).
Nadie
dijo que hacer la voluntad de Dios no produce dolor. Jesús dijo: “Si
alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”(
Marcos 8:34).
Ocurre que nos comportamos ante el dolor de los demás de una manera y ante
nuestro propio dolor de otra. El
dolor físico la mayoría de la veces lo podemos calmar, sin embargo el dolor
mental quizás es menos dramático pero es más común y más difícil de
solucionar. Es más fácil decir: “me duele una muela” que decir: “Tengo
el corazón quebrantado”, es más fácil decir: “Me duelen los huesos” que
decir como Jesús: “Estoy
triste hasta la muerte”.
(Mateo
26:37-38).
Sería oportuno terminar esta reflexión leyendo
2
Co. 1: 3-5 y 4: 7:18.