El Camino de la identidad en Cristo
Por Rubén O. Flores
Texto: Santiago 3:3-13
“La lechuza que quiso ser paloma”
Una lechuza vivía en compañía de otras lechuzas en la torre de una iglesia. Un día se enteró de que en cierto palomar vivían muy bien alimentadas unas palomas. Se pintó de blanco para disfrazarse y se mezcló con ellas.
Las palomas no reconocieron a la intrusa mientras estuvo sin abrir el pico; pero un día que olvidó cuál era su papel, chilló como lechuza que era y las palomas la echaron a picotazos del palomar.
Desconcertada, regresó a la torre de la iglesia donde vivía, pero sus compañeras no la reconocieron por aquel plumaje extraño y la echaron de su lado. Así la pobre lechuza perdió, primero su propia identidad, luego la compañía de su propia familia y finalmente hasta su propio refugio.
Quien se disfrace de cristiano, será descubierto tarde o temprano. (RF)
I) ¿Cuándo perdemos nuestra propia identidad? (versos 3-4)
En primer lugar cuando perdemos el control de la lengua, entonces nuestro lenguaje puede volverse hiriente, malicioso y desbocado. Tal como los dos ejemplos que Santiago menciona. Como el caballo, si no tiene el freno puesto puede desbocarse y herir a quien pretenda conducirlo, también el pequeño timón de una nave si no está bajo control todo el barco puede perder su rumbo.
En segundo lugar perdemos nuestra identidad si nos mantenemos en silencio cuando deberíamos defender nuestra fe y callamos por temor a represalias. Si bien es malo permitir que nuestra lengua se desenfrene, lo es también cuando nos abstenemos de usarla sabiamente con buenas razones. Como enseña William Barclay: “La abstención de algo nunca es un completo sustituto del control de su uso”. De cualquiera de estas formas, si hablamos demás o si callamos cuando es necesario hablar como cristianos, estamos perdiendo nuestra identidad.
II) ¿Cuándo perdemos identidad en nuestra familia? (Versos 5-8)
En primer lugar tal como el fuego se expande, destruye y es difícil de contener, así también la lengua puede destruir y nadie puede detener los resultados. Cuando la persona usa una máscara de cristiano, en algún momento olvida su papel, abre su boca y suelta su lengua, entonces se produce una ruptura con el prójimo tal como la lechuza cuando abrió su boca porque olvidó su papel. Puede ocurrir que una amistad cultivada a través de muchos años sea destruida por algunas palabras que no hemos podido frenar a tiempo. Podremos disculparnos pero ya el daño fue hecho y será difícil volver atrás.
Igualmente perdemos la compañía de nuestros hermanos cuando nuestra lengua suelta chismes, mentiras y calumnias que hasta pueden recorrer el mundo. Y finalmente, el esposo que con su hablar maltrata, calumnia, insulta o degrada a su esposa o hijos pierde su propia identidad. Es posible que no se le reconozca como puntal o columna de su hogar ni que se le respete como sacerdote y profeta para su familia.
III) ¿Cuándo perdemos nuestro propio refugio? (versos 9-12)
La lechuza se pintó de blanco para parecerse a las palomas que quería engañar y así estar mejor alimentada, pero el alimento de las palomas, semillas, frutos e insectos, no es el mismo que el de las lechuzas, que se alimentan durante la noche de mamíferos pequeños, como ratones y otros roedores.
Dice el Salmo 90:1 “Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación”. Así, como Dios ha sido refugio para todos los animales de generación en generación, incluida la lechuza que quiso ser paloma, igual lo es para nosotros cuando aceptamos que Jesús ha muerto en la cruz reconciliándonos con nuestro Padre celestial.
Al pretender ser paloma, la lechuza perdió su identidad, su alimento natural, su familia y su refugio, al final terminó siendo despreciada por todos.
Creo que como le ocurrió a la lechuza, algunas personas tienen lo que se llama “un doble discurso”. En el templo alaban a Dios con sus lenguas y cuando salen de allí maldicen y sueltan palabras e insultos que avergüenzan a quienes están alrededor y lastiman al Espíritu Santo.
Sin embargo y no es para que usemos esto de excusa, hasta los mismos discípulos tuvieron en algún momento ese problema. Por ejemplo:
El apóstol Pedro pudo afirmar: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré”. (Mateo 26:33) pero mas tarde, con esa misma lengua negó a Jesús con juramentos y maldiciones. (Mateo 26:69-75). El apóstol Juan enseñaba: “Amados, amémonos unos a otros” pero luego, cuando debían hacer preparativos para Jesús en una aldea samaritana y no les recibieron, el mismo Juan preguntó: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?” (Lucas 9:51-56). Como vemos, todos podemos decir cosas distintas en diferentes momentos y según las circunstancias.
La lengua es capaz de bendecir o maldecir, es capaz de herir o de sanar. La lengua puede expresar los más puros sentimientos y mas tarde puede pronunciar palabras horribles. Una persona puede hablar cortésmente a los extraños pero en su casa, a su familia, tratar con modales impacientes y palabras hirientes.
Por esto Santiago nos exhorta a cuidar nuestra lengua porque cuando la lengua no nos respalda es porque algo anda mal en nuestra vida espiritual. Necesitamos orar como el rey David en el Salmo 141:3 “Pon guarda a mi boca, oh Jehová; Guarda la puerta de mis labios”. Esta puede ser nuestra oración constante y no tratar de disfrazarnos de lechuza cuando en realidad somos palomas.
Tengamos en cuenta que el promedio en que una persona abre su boca para hablar es de alrededor de setecientas veces al día. ¿Por qué no permitir que el Espíritu Santo tome autoridad del timón de nuestra vida nuestro cuerpo, alma y espíritu, INCLUÍDA LA LENGUA, durante esas setecientas veces y no sólo algunas pocas?
El camino de la Identidad en Cristo es un esfuerzo constante, un “ser llenos del Espíritu constantemente” y ¿por qué no? Un sacrificio constante para aquellos que conocen al Señor después de haber estado conviviendo con las tinieblas. ¿Qué no es fácil? Cierto, pero tampoco es imposible si permitimos al Espíritu Santo doblegar nuestra lengua.
Esfuérzate y comienza a ponerlo en práctica. Dios bendecirá tu voluntad y te dará el poder para hacerlo.
Rubén O. Flores