COMO EMPRENDER UN PROGRAMA DE FE (8)

“No negociando nuestra fe”

Por Rubén O. Flores

Texto base:  Gálatas 2: 11-13

        INTRODUCCIÓN:

        Estamos escuchando en estos días acerca de la negociación de las leyes en el Senado argentino, todos proclamamos a voz en cuello nuestra santidad y justicia, en consecuencia acusamos a otros de corrupción. Creo que como nación joven todavía no hemos crecido lo suficiente como para diferenciar realmente entre estar identificados para llevar a la práctica o solamente interesados en cumplir con los valores que juramos practicar en el momento de aceptar puestos políticos.

         Sin embargo y a pesar de las críticas, seguimos proclamando una santidad que no practicamos, cada día se descubren nuevas fallas y grietas en los gobiernos,  lo cual certifica lo que dicen las Sagradas Escrituras “...todos somos pecadores”. El interés por una plataforma de pensamientos no implica la identificación con los valores morales que proclamamos. No siempre estos valores van de la mano con la práctica.

          Los periodistas están llenando páginas de diarios y espacios de comunicación con la palabra “fraude” , el mundo ha puesto sus ojos en la Argentina de la misma manera que lo hizo con Estados Unidos en la época del Watergate. Acusamos y enjuiciamos sin darnos cuenta que como argentinos no sólo quizás estamos negociando las leyes en el Senado sino también nuestra fe. 

          I) ¿DEPENDENCIA O INDEPENDENCIA?

          Durante el transcurso de mi vida en este mundo debo tomar decisiones:  ¿aprobar o negar, dar o recibir, proclamar lo que vivo o vivir lo que proclamo, renunciar o continuar? Puedo citar la ley de Dios para hacer que otros hagan lo que yo no estoy dispuesto a hacer, puedo enseñar preceptos que no estoy dispuesto a cumplir, pero una cosa es segura, debo tomar decisiones.

           El apóstol Pedro había tomado la decisión de seguir a Cristo. El había formado parte del grupo de los tres más íntimos de Jesús, muchas veces actuó en nombre de los discípulos del Señor, como en la confesión de Cesarea cuando dijo a Jesús: ”.... tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Pero cuando el apóstol Pablo escribe a los Gálatas  reprende a Pedro por su dependencia de los judaizantes, fanáticos religiosos que pretendían que los gentiles cumplieran la ley tal como ellos, (si es que la cumplían tal como la enseñaban) .

Pablo lo acusa de simulación, de trasgresión por abandonar sus convicciones,  de hacerse dependiente de las ideas de otros e independiente de Dios. Pedro había negociado su fe por miedo al qué dirán queriendo “quedar bien con los hombres más que con Dios".

La Biblia nos enseña que debo ser leal a Cristo, quebrar mi propia independencia, dejar que mis ideas sean saturadas por la Palabra de Dios y permitir que El las transforme en algo positivo que ayude a otros a vivir una vida honorable.

En nuestro razonamiento acusamos a los políticos de fraude institucional cuando en realidad el poder que les hemos dado para legislar debe procurar una vida pública más agradable no sólo a nuestros ojos sino a los ojos de Dios. 
            En la vida de los primeros cristianos no tenía lugar la política, eran un grupo insignificante bajo el poder del imperio romano, un grupo que no tomó las armas para proclamar sus ideas, un grupo minoritario que el imperio no tuvo en cuenta. Pero ese grupo insignificante revolucionó al mundo con la aplicación práctica de las enseñanzas de su Maestro. 

           Queremos, proclamamos y defendemos  nuestra independencia basada en la democracia, en nuestras iglesias la proclamamos  tanto y estamos tan orgullosos de que todos opinen que sin darnos cuenta nos estamos haciendo también independientes de las enseñanzas de Dios, y al hacernos independientes de Dios, nos hacemos sin darnos cuenta, dependientes de las ideas de los hombres.

II) ¿MINORIA O MAYORIA?

¿Cuándo una minoría se transforma en mayoría?

Ya desde la época de Abraham hubo problemas sociales. La ciudad de Ur de los caldeos era una ciudad importante para aquel tiempo pero no estaba exenta de agobios políticos, económicos y sociales. Abraham y toda su familia fueron llamados a una tierra diferente para construir allí una nación grande y poderosa. Todo el clan pasó de la idolatría de los caldeos al monoteísmo, de una relajada sociedad politeísta a las exigencias de una vida regida por su nueva fe.

Los historiadores muestran que no fue sólo Abraham y su familia quienes llegaron a la tierra de Palestina. Grandes masas de gente llegaron también en aquellos tiempos. Hubo luchas entre los jefes de los distintos clanes por la conquista del poder, muchos hombres importantes de aquel momento son nombrados por la historia pero los patriarcas no aparecen como relevantes . Años después, a causa de la escasez de alimentos, encontramos a  Jacob y su familia en tierras de Egipto.

¿Creería acaso aquel pequeño clan de no más de 80 personas que llegó a Egipto llevado por el hambre  que finalmente se convertiría en una nación poderosa?

Existe una gran diferencia entre los grupos mayoritarios políticos de todos los tiempos y “la gran minoría” que es el pueblo de Dios. La actividad que promueve el cristianismo no es sobre la base de una revolución armada sino espiritual. Las armas matan, destruyen, terminan oxidándose y arruinándose, la revolución que promovió Dios con sólo doce hombres con un poco de fe,  habla de un Dios que se interesa por la justicia, la compasión, la honestidad, la libertad de conciencia y la libertad social y continúa a través de los tiempos. Una libertad de conciencia basada en la firmeza de la fe en un Dios que trasciende, que aún toma su tiempo para esperar a que los hombres se arrepientan, le reconozcan y acepten.
            Como contrapartida, el orgulloso imperio egipcio y el lleno de soberbia imperio romano tal como se los conoció, terminaron por desaparecer. 

No existe la palabra “minoría” en el lenguaje de Dios. El apóstol Pablo escribió que “...somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” ( Ro. 8:37).

Por lo tanto la elección de no negociar la fe que nos ha sido dada por Jesucristo, “... el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2) no le corresponde a un grupo pequeño o grande según sean las circunstancias, sino en forma particular a cada uno de nosotros. No nos permitamos negociar nuestra fe por temor al qué dirán.

Negociar las leyes en el congreso basándose en sobornos es un fraude pero también es un fraude negociar nuestra fe para quedar bien con los hombres y sus ideas contemporáneas porque tenemos temor de ellos. ( Gál. 2: 12). No se puede pretender emprender un programa de fe en esas circunstancias. Pedro pretendió hacerlo y Bernabé fue arrastrado por su hipocresía, Pablo le reprendió y le recordó que no se pueden reedificar  las cosas que un día resolvimos destruir para seguir a Cristo. Si pretendemos construir un futuro para nuestros hijos en esta nación debemos hacerlo sobre la base de la obediencia y dependencia de las enseñanzas de Dios y la autoridad de Su verdad.

  CONCLUSIÓN:

  Pedro terminó sus días muriendo por su Maestro pero en su vida hizo mucho más que negar a Cristo y tener miedo de los hombres. Aprendió finalmente a conocerse a sí mismo. Condujo a la iglesia de los primeros tiempos con audacia y firmeza. Y el final de su tercer período de vida quedó marcado por un trabajo humilde y perseverante dejándole un primer plano a Pablo y a otros, trabajando en la oscuridad para la expansión del Evangelio. 
            Aunque muchas veces se le conoce más por su negación a Cristo que por su trabajo entre los judíos y gentiles, Pedro fue un baluarte indudable en la proclamación del Evangelio y un ejemplo de perseverancia para todos nosotros.  
            
   
         Bajo la dependencia de Dios siempre existe un tiempo de arrepentimiento, perdón y posibilidad de volver a emprender un nuevo programa de vida  sin necesidad de negociar nuestra fe por temor al qué dirán.
            Dios nos ayude a perseverar.