Clonación
Dónde está el límite

 

La posibilidad de clonar seres humanos despierta tanto fascinación como los más perturbadores temores sobre el futuro. Para muchos, la humanidad podría llegar a dividirse en individuos "naturales" y "genéticos", y crear un abismo equivalente al que hoy nos separa de los simios. Para otros, las dificultades técnicas desalentarán las aplicaciones más controvertidas

 

Una aguja penetra a través de la membrana exterior de un óvulo. Con una maniobra diestra, un técnico extrae su núcleo. Luego utiliza una segunda aguja para inyectar en su lugar otro núcleo, extraído esta vez de una célula diferenciada (con un juego completo de cromosomas). Una descarga eléctrica los fusiona. Y el embrión empieza a dividirse...

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La maniobra es sorprendentemente simple; sin embargo, el procedimiento puesto a punto por los científicos británicos Ian Wilmut y Keith Campbell para clonar la oveja Dolly, y que por estos días cautiva y aterroriza al mundo tras los anuncios de la secta de los raelianos de que habrían logrado clonar dos bebas -que la doctora Brigitte Boisselier se esmeró en difundir generosamente-, no sólo alimenta el fuego de nuestros fantasmas interiores, sino también las tormentas de la controversia.

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La nueva tecnología para producir copias genéticas de organismos vivos hace vibrar las cuerdas de nuestra imaginación con imágenes perturbadoras y amenazantes. Biólogos, genetistas, especialistas en medicina reproductiva, bioeticistas, filósofos, políticos, y millones de personas comunes y corrientes tienen visiones encontradas. Para algunos, la humanidad está tomando en sus manos el fuego de la vida, "jugando a ser Dios", y podría controlar -o malograr- su propio destino como especie; otros, por el contrario, lo consideran un peligro improbable y lejano, y advierten que se convierte en una excusa para pasar por alto otros asuntos más urgentes.

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Dolly nació al caer la tarde, el 5 de julio de 1996, cerca de Edimburgo, Escocia. Tenía la apariencia de una típica oveja de raza Finn-Dorset, pero lo cierto es que no era nada típica: Wilmut y Campbell la habían creado aplicándole una diminuta descarga eléctrica a una célula de ubre de una oveja ya muerta y un óvulo sin fertilizar desprovisto de sus cromosomas. Si bien su embrión había sido implantado en el útero de otra oveja, en rigor, no tenía ni madre ni padre: fue una hermana gemela de la oveja donante del material genético. Muy pronto, la comunidad científica vislumbró las potencialidades de este desarrollo que, tras repetidos fracasos durante un cuarto de siglo, nadie había creído posible. El artículo que lo describía fue publicado en Nature el 7 de marzo de 1996, y una semana más tarde un editorial advertía que "el poder creciente de la genética molecular nos enfrenta a la perspectiva futura de ser capaces de cambiar la naturaleza de nuestra especie" y plantea cuestiones que afectarán a la humanidad.

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En poco tiempo, Bill Clinton recomendó adoptar una mora en las investigaciones y prohibió el empleo de fondos federales para la experimentación con embriones humanos. Varios países europeos hicieron lo propio. La Iglesia condenó el uso inescrupuloso del cuerpo humano y hasta los mismos Wilmut y Campbell se opusieron al uso de la clonación con fines reproductivos: "Todo tipo de manipulación de embriones humanos debería ser prohibida", declararon.

 

Un mundo feliz

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Los investigadores estaban asombrados porque veinticinco años de intentos los habían convencido de que, una vez que las células habían comenzado a diferenciarse hacia sus roles de adultas en el embrión temprano, no podían volver atrás. Dolly demostró lo contrario, pero además dio a entender que la clonación y la ingeniería genética, aplicadas a la fertilidad asistida, componen un cóctel capaz de hacer que nuestros sueños... o nuestras pesadillas se vuelvan realidad.

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"Los conocimientos y tecnologías de la reproducción asistida, la genómica y la clonación hacen que los escandalosos escenarios imaginados por las mentes de guionistas de Hollywood parezcan verosímiles", advierte el teórico de Princeton, Lee Silver.

Para este biólogo molecular, los padres podrán guiar y enriquecer las características de sus hijos con lo que él llama reprogenética. Y también las de los hijos de sus hijos. "En 1931, Aldous Huxley describió en Un mundo feliz un estado político mundial que ejerce un completo control sobre la reproducción y naturaleza humanas -afirma-. En ese mundo feliz, el Estado utiliza incubadoras fetales para criar niños agrupados en clases intelectuales predeterminadas. (...) Pero Huxley se equivocó al predecir quién utilizaría el poder y con qué propósitos. Lo que no llegó a entender es la fuerza impulsora que hay tras la procreación de niños. Son los individuos y las parejas quienes quieren reproducirse a su propia imagen. Son los individuos y las parejas quienes quieren que sus hijos sean felices y tengan éxito. Son los individuos y no los gobiernos quienes tendrán el control sobre estas nuevas tecnologías. Y las acciones combinadas de muchos individuos, durante muchas generaciones, podrían dar lugar a una humanidad polarizada más terrorífica que el mundo feliz imaginado por Huxley."

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Para Silver, el uso de tecnologías reprogenéticas es inevitable. Y "nos guste o no, el mercado mundial reinará por encima de todas las cosas". Por 200.000 dólares los padres podrán tener su hijo "Bill Gates" o "Maradona", su hija "Nicole Kidman" o "Dolores Barreiro", dotados de genes que los protegerán contra enfermedades o potenciarán sus capacidades intelectuales. En un futuro incierto, los humanos se dividirán en géneticos y naturales , apartados por un abismo equivalente al que hoy separa al chimpancé del ser humano.

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Otros, sin embargo, piensan que este camino está plagado de obstáculos que terminarán por disuadirnos. En primer lugar, en clonación reproductiva, el fracaso es la norma. Fueron necesarios 276 intentos fallidos para producir a Dolly. Para clonar a Pampa, la ternerita creada el año último por Biosidus en la Argentina, hubo que fusionar miles de óvulos y núcleos celulares, e implantarlos en decenas de vacas.

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A medida que se clonaban cabras, ratones y hasta monos rhesus, los científicos identificaron un rasgo distintivo de estos animales. Los individuos nacidos por esta vía son un tercio más grandes que los normales, lo que los somete a riesgos adicionales a ellos y a sus madres portadoras.

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Vulnerables

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Los que sobreviven son vulnerables, enormemente obesos o con otros problemas metabólicos y de desarrollo. Dolly misma padeció artritis siendo aún muy joven. Noah, el primer clon creado para salvar a una especie en peligro de extinción, el gaur, falleció a los dos días de nacer por una infección bacteriana.

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Wilmut y otros científicos sospechan que la reprogramación no inicia el programa genético de manera uniforme y completa, y por eso no corre bien. Y aunque no quieren que seres humanos sean sometidos a estos riesgos cuyas causas aún resultan misteriosas, también temen que la legislación contra la clonación reproductiva perjudique los estudios sobre sus usos médicos y científicos válidos.

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Los clones transgénicos, como Clara, Dulce y Mansa, las gemelas de Pampa que llevan el gen de la hormona de crecimiento humana, por ejemplo, podrían transformarse en fábricas de medicamentos. Otros, convertirse en individuos resistentes a las plagas o de alta producción.

 

Pero, además, dado que en teoría la clonación ofrece la posibilidad de obtener células madre con el bagaje genético de los pacientes, serviría para cosechar células, tejidos y órganos para trasplante que no provoquen rechazo.

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"Lo primero que hay que señalar es cuál es la diferencia que existe entre fines terapéuticos y reproductivos de la clonación -afirma Florencia Luna, filósofa bioeticista-. Desde una perspectiva ética, al primer caso se lo considera moralmente aceptable o justificable. Una de las razones es que esta técnica permitiría evitar enfermedades o solucionar la escasez de órganos, y los complejos problemas de rechazo que generan los trasplantes. Pero hay que tener en cuenta que este tipo de técnicas parecen íntimamente conectadas con las necesidades de los países desarrollados, porque se orientan a solucionar los problemas de poblaciones muy envejecidas. En general, lo que se percibe es que la genética está virando hacia enfermedades que tienen mercado."

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Por otro lado, subraya la filósofa, no se puede experimentar con seres humanos sin saber cuáles son las consecuencias: aunque siempre habrá una cuota de falta de certeza, debe haber un manejo responsable de las variables de riesgo. "Por eso lo que hacen los raelianos linda con lo criminal -destaca-. Pero, además, hay una visión utópica y naif de la clonación en sí misma, un reduccionismo genético. Parecería que uno puede obtener un ser idéntico al que clonó, lo que es imposible. Ya el hecho de nacer décadas más tarde hace que esa persona sea diferente y mucho más si lo que se busca es reproducir rasgos de carácter que tienen una fortísima conexión con el medio ambiente, la educación, las frustraciones..."

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Por su parte, Lino Barañao, investigador del Instituto de Genética y Biología Molecular (Ingebi), del Conicet, y artífice de la modificación del genoma de las vaquitas transgénicas locales, observa el espectáculo desde las primeras filas, pero no se inquieta. Sobre la clonación reproductiva opina que, aunque se perfeccione, si bien no es conveniente, no es un hecho grave, ni tendrá un impacto biológico o médico comparable a las otras técnicas de reproducción asistida.

 

"Como cualquiera sabe, las nuevas generaciones producto del libre juego de los genes superan a sus padres... La clonación no es estable como estrategia reproductiva, porque acumula mutaciones letales -explica-. Por otro lado, todas las características que podríamos eventualmente querer clonar porque nos resultan deseables -la memoria, la creatividad, la inteligencia- son multigénicas y muy difíciles de reproducir experimentalmente. La mayoría de las veces ni siquiera se logran rasgos biológicos en animales. Además, la clonación no reproduce a la pareja, sino a un individuo. El único caso en que podría brindar una ventaja es el de un marido estéril que no quiere recurrir a un banco de espermatozoides. Pero incluso allí, a través de la clonación terapéutica, se podrían generar precursores de gametas para una reproducción sexual. La clonación jamás va a suplir a la reproducción común, es un negocio mediático. Si no se alimenta el temor, el negocio no existe."

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Discriminación genética

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Para Barañao hay otros riesgos más cercanos y graves de los que no se habla. Por ejemplo, el de la presión para el mejoramiento genético. "En el mejor de los casos, sólo recurriría a la clonación un puñado de personas de alto poder adquisitivo. Pero cuando se dominen las técnicas de modificación genética y puedan incluirse en los embriones, por ejemplo, genes de resistencia a las enfermedades, ¿cómo evitaremos las presiones de compañías médicas o aseguradoras? Y cuando en segundos podamos rastrear 100.000 genes en busca de indicios de riesgo a la diabetes, el Parkinson o el cáncer, ¿cómo se evitará la discriminación genética? Creo que falta un debate serio sobre el status del embrión para poder encarar estudios en células embrionarias, si no queremos que sean sólo países como Israel o Inglaterra los que tomen la delantera de las futuras aplicaciones médicas. Cuando en el mundo hay mil millones de chicos que no acceden a lo mínimo, plantear que la clonación es el problema bioético del momento es pecar de necio."

 

El inexorable paso del tiempo se encargará de convertir en sombra y polvo la soberbia humana. Pero no hay duda de que no es posible soslayar una reflexión profunda acerca de estos caminos por los que tan audazmente ya nos aventuramos.

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Por Nora Bär

 

Extraído del Diario “La Nación” Artículos sobre Ciencia y Salud.