Ministerio con los ancianos
En Casa Vive un Anciano
Por Dr. Daniel Tinao*


Hace unas pocas semanas, la señora X, miembro muy activo en una de nuestras Iglesias, vino a consultarme sobre un problema de ansiedad. Apenas habíamos hablado unos minutos, ella dijo “—Mire doctor, le voy a decir la verdad. Yo creo que todo es por causa de mi madre que se ha puesto insoportable. Usted sabe, hace cinco años ella quedó viuda y la tuvimos que traer a vivir con nosotros. Desde entonces comenzamos a tener problemas. Comenzó malcriando a los nietos: ella era la única que podía darles de comer, la que los llevaba al parque, la que los acostaba. Cuando yo sentía que debía disciplinarlos, ella se interponía. Además comenzó a manejarme a mí como si fuera una criatura: si salía, porque salía; si nos acostábamos tarde o íbamos a alguna parte con mi esposo, enseguida ella tenía una objeción. Al final, mi esposo se enojó y casi la echa de casa. Imagínese, yo tuve que defenderla. . . es mi madre. . . pero desde ese momento comenzaron los problemas con mi esposo -

Hasta aquí nomás con la entrevista, pues el propósito no es analizarla toda sino señalar una situación que hoy se repite en miles de hogares que tienen personas ancianas en su seno. ¿Cómo tratarlas? ¿Cómo integrarlas en la vida familiar sin problemas? ¿Cómo hacer para que ellos se sientan aceptados y felices? ¿Cómo evitar los problemas de relación, algunas veces serios que esta situación produce?
“En mi casa vive un anciano” puede ser dicho de varias maneras, Con indiferencia, con dolor, con alegría. Pero lo más importante es que será dicho por miles y miles más cada año.

Aumento del número de ancianos

Como resultado de los tremendos adelantos científicos de nuestro tiempo, el promedio de vida está aumentando cada año. Se calcula que cada año hay un millón más de personas de más de sesenta y cinco años. En la América Latina un diez por ciento de la población se encuentra ya por encima de esta edad. La población de los Estados Unidos se ha duplicado desde el año 1900, pero durante el mismo período de tiempo el número de personas entre cuarenta y cinco y sesenta y cuatro años se ha cuadriplicado. Esta situación está preocupando seriamente hoy a psicólogos, sociólogos y todos los investigadores de ciencias humanas. El problema no es aumentar el promedio de vida sino transformar esos años en algo productivo, útil y feliz; hacer que ese número creciente de ancianos viva integrado en el medio familiar y social. Y que la comunidad, el estado y la iglesia ayuden a resolver todos los problemas que esta situación comporta Hay que resolver el problema de la pérdida paulatina de familiares y amigos con el sentimiento de soledad y abandono que produce, la disminución de los ingresos que la jubilación trae aparejada con la situación de dependencia económica, la disminución del vigor físico y psíquico, la necesidad de adaptación a nuevas situaciones y costumbres en un momento cuando se tiene la experiencia interior que los días de ajustes y cambios han pasado.

Entendimiento y aceptación

En primer lugar, debemos entender que hay profundos cambios físicos que condicionan cambios psicológicos y de carácter. Las fuerzas disminuyen y también la agudeza de los sentidos y la capacidad de reacción del sistema nervioso, Y esto sin mediar ninguna enfermedad, sino por el proceso normal de envejecimiento. Esto hace que la persona anciana deba moderar sus actividades en todos los órdenes y aún más que moderar, “simplificar”. La palabra “simplificación” sintetiza un poco lo que el anciano necesita. Hacer simples las cosas para que él no tenga problemas; no someterlo a presiones que estén por encima de su capacidad física o mental. No pretender que cargue su memoria teniendo que aprender cosas nuevas o recordar hechos pasados. Debemos tener en cuenta que lo que más se deteriora con la edad es la memoria. Disimular olvidos, torpezas, errores que se producen sencillamente por la disminución normal de la capacidad física y mental. Una buena alimentación, descanso adecuado, vida tranquila evitarán tensión y molestias innecesarias.

En segundo lugar, la persona mayor tiene poca capacidad para absorber cambios y adaptarse a nuevas situaciones. Algunas veces una persona mayor queda sola y debe ir a vivir con un hijo u otro familiar y comenzar un proceso de adaptación que le resulta extraño y difícil. Es muy posible que cosas a las cuales estaba acostumbrado le sean prohibidas y en cambio se le impongan costumbres, formas nuevas de vida
que en el fondo él no entiende y resiste. Debemos saber que la personalidad ha cristalizado a los sesenta y cinco años y que muchos de los problemas con los ancianos vienen porque queremos cambiarles a una edad cuando ya no pueden cambiar.
En tercer lugar, el anciano va quedando paulatinamente postergado. En un tiempo era el jefe de la familia, dirigía la casa, tenía invitados, disponía no solamente de su vida y de sus cosas, sino también del hogar; tenía mayor seguridad económica y podía darse muchos gustos. Además muchos de sus amigos han fallecido, otros se han ido y ahora es más difícil hacer nuevos amigos, de manera que el círculo de las amistades se ha reducido mucho. Todo esto trae aparejado sentimientos de soledad, depresión y tristeza que algunas veces se expresan en quejas y recriminaciones y otras veces en cambios de carácter. El anciano se molesta con facilidad, se pone caprichoso, quiere ejercer autori- dad, se siente incomprendido, fracasado, se aferra desmedidamente a ciertos objetos para compensar en algo su falta de seguridad. Paul Tillich dice en su libro “El coraje de vivir” que “la ansiedad básica del anciano es la amenaza de dejar de ser alguien para transformarse en un objeto a quien solo se le permite mirar que la mayoría de los ideales de su juventud no se han realizado”.

Amor y comprensión

Hay un adagio que dice: “Trata a tus padres como quisieras que te traten tus hijos”. Dentro de la tradición hebreo - cristiana se insiste mucho en el respeto y el cuidado de los ancianos. Nuestra fe se purifica y se acrisola cuando cuidamos con amor a quien debemos, no solamente la vida, pero con frecuencia gran parte de lo que somos.
Durante unos cuantos años nosotros dependimos de ellos. Fuimos capaces de valernos a nosotros mismos. Caprichosos, torpes, injustos a veces, demasiado exigentes otras; hicimos cosas que no debíamos, pero ellos supieron perdonamos, sobrellevarnos con amor, tuvieron paciencia porque entendían que éramos niños. Ahora crecimos, en todo sentido. . . también en comprensión. Y puede ser que nuestro padre o nuestra madre necesiten ahora eso mismo de nosotros. Tal vez ellos hacen algo de lo que nosotros hicimos un día, no porque quieren, no para molestarnos, sino porque ¡son ancianos! Sepamos comprenderlos.


CRÉDITOS BIBLIOGRÁFICOS
* Daniel Tinao: Revista Psicología Pastoral. Año 5 Nº 1- Octubre – Diciembre 1973. Editor Jorge A. León. Impreso en Argentina.