El sacerdocio de los padres
Por Larry Christenson *
Primera parte


Escribiendo a los cristianos en general, San Pedro dice: “Vosotros sois ... real sacerdocio . . .” (1 Pedro 2:9) . Esta fue una de las doctrinas recuperadas por Martín Lutero durante la Reforma, “El sacerdocio de todos los creyentes”. Los protestantes han recalcado por lo general que esto da a cada creyente acceso personal a Dios, sin intermediarios; una persona puede actuar como su propio sacerdote.

Esto está bien, pero hasta cierto punto. La tradición del sacerdocio provee un ministerio del sacerdote para sí mismo (vea Levítico 9:7). Pero tanto en el tipo del Antiguo Testamento como en la aplicación del Nuevo Testamento, el énfasis principal está puesto sobre el ministerio del sacerdote a otros. Todo ministerio que un sacerdote realiza en beneficio propio es una preparación para ministrar a otros. Somos llamados al sacerdocio de todos los creyentes no simplemente para que tengamos nuestra línea privada con Dios, sino con el fin de anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pedro 2:9) -en otras palabras, ministrar la gracia de Dios a otros. El Sacerdocio de Todos los Creyentes significa que un creyente tiene acceso personal a Dios. Pero aun más importante, significa que un creyente puede actuar como sacerdote para otro creyente.

¡Qué campo de servicio ofrece el hogar cristiano para este ministerio privilegiado! ¡Los padres -- sacerdotes Señor! Llamados y ordenados por Dios como sacerdotes para sus hijos.

En la adoración litúrgica, el ministro o sacerdote a veces enfrenta al pueblo, y otras veces se enfrenta altar. El significado de ambas posiciones es este: enfrenta al pueblo cuando le habla a la gente en representación de Dios; enfrenta al altar cuando le
Habla a Dios en representación del pueblo. Estas dos posiciones simbolizan las dos funciones básicas de un sacerdote: representar a Dios ante el pueblo, y representar al pueblo ante Dios.

El sacerdocio de los padres involucra estas dos posiciones básicas. Primero, los padres son llamados presentar a Dios ante los hijos. Esto lo hacen por medio del ejemplo, de la enseñanza, y de dirigirles en las varias formas de adoración familiar. Luego, en segundo lugar, los padres son llamados a presentar a sus hijos ante Dios. Esto lo cumplen principalmente por medio de la oración.

Deuteronomio 6:4-9 ofrece una útil guía al padre-- sacerdote, para la posición en la que enfrenta al hijo. Bosqueja tres pasos básicos para presentar a Dios ante sus hijos.

Presentando a Dios ante sus hijos -por medio del ejemplo

"Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas."

Este pasaje familiar de las Escrituras es en verdad el comienzo de una instrucción a los padres. Obsérvese que comienza describiendo la actitud que los padres deben tener hacia Dios. El Señor sabía que sin un amor fundamental hacia Dios por parte de los padres, su enseñanza a sus hijos sería vacía y despreciable. El punto de partida y fundamento del sacerdocio de los padres, es el amor y devoción que los mismos padres tienen para con Dios.

Si los padres no tienen una relación viva con Jesús no pueden esperar transmitir una relación tal a sus hijos. ¿Es esta relación de los padres y el Señor una de esas reglas y reglamentos estériles? ¿Un severo moralismo, y nada más? ¿Una monótona rutina de deberes y ejercicios religiosos, evocando una pizca de excitación, y nada de gozo verdadero? ¿Una delgada apariencia que se presenta unida exteriormente con fines de ostentación? Los niños son muchos más perspicaces en asuntos espirituales de lo que a veces se imaginan los adultos. No responden meramente a las palabras y creencias formales de sus padres. Ellos intuyen el espíritu interior de la fe, y eso es lo que les hace reaccionar. A menudo, los jóvenes que se rebelan contra la Fe Cristiana no se están rebelando en verdad contra Dios. Nunca han tenido un verdadero encuentro con el Dios Viviente como para rebelarse contra él. Se rebelan contra un formalismo religioso muerto que meramente ha impuesto sobre ellos un cierto cuerpo de reglas o ritos.

Los padres que desean que sus hijos conozcan a Dios deben cultivar ellos mismos su relación con Dios. Primero y por sobre todo, esto significa una vida de oración. Por mucha instrucción moral, disciplina firme, instrucción religiosa, o asistencia a la iglesia que haya, nada podrá tomar el lugar de la falta de oración en un padre. Pues es preeminentemente en la oración y por medio de ella que pasamos del reino de la teoría al reino de la realidad y de la experiencia personal.

¿Cómo podemos convencer a nuestros hijos de que Dios es importante, si es que nunca le concedemos de nuestro tiempo? ¿Cómo podemos pretender amarle, cuando a duras penas pasamos un minuto a solas con él? Nuestros hijos pueden llegar a aprender por obligación sus ritos, y entonar su cántico de gracias para las comidas; “Dios es grande, Dios es bueno, y le agradecemos por este alimento”. Pero en lo íntimo de su corazón, donde se forman las verdaderas actitudes, nuestras vidas carentes de oración les han enseñado otro mensaje: “Dios es grande pero puede esperar; debo apurarme o llegaré tarde.” 

Feliz aquel niño que al acudir a su padre de vez en cuando, lo encuentra de rodillas, que ve a su padre y a su madre levantarse temprano, o apartarse regularmente, para pasar tiempo en la presencia del Señor. Ese niño habrá aprendido una lección que ningún discurso podría impartir. Ha visto que Dios es importante – que es lo suficientemente importante como para que le dediquemos tiempo; y es personal -- usted no tan solamente obedece sus reglas, realmente tiene comunión con él.

Una vida personal de oración no es algo que se cumple meramente obligado por el deber. Ni lo hace con el fin de sentar un buen ejemplo ante sus hijos. Lo hace porque es importante. La oración no es un ejercicio piadoso. Es llevar a cabo negocio serio y significativo con Dios.

Créditos:
Larry Christenson
Tomado de “La Familia Cristiana”, Cap. 7 págs. 171-174. Editorial Betania 1970. Minneapolis, USA.