“YO
APRENDÍ A SER COMO MI PADRE ERA”
por Rubén O. Flores
“Yo y el Padre uno somos” Juan 10:30
“Yo
aprendí en el hogar en qué se funda,
la dicha
más perfecta,
y para
hacerla mía
quise yo
ser como mi padre era
y busqué
una mujer como mi madre
entre las
hijas de mi hidalga tierra.
Y fui
como mi padre, y fue mi esposa
Viviente
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Juan Carlos es un joven de unos 25 años. Está casado desde hace un año con Elizabet de 22, ambos tienen una criatura de 7 meses. Les hemos atendido en algunas oportunidades a causa del tratamiento que él utiliza hacia ella. Tratamiento que ha hecho que en tan poco tiempo de casados Elizabet le tenga miedo.
Podríamos decir con cierta razón que estos jóvenes están aun dentro de la luna de miel la cual tiene como motivo “hacer la transición de la vida de soltera a la de casada con mayor facilidad y el menor número de obstáculos” [2]. La comunión formada en la convivencia, la quita de máscaras utilizadas muchas veces durante el noviazgo por temor a que el otro nos abandone, la adaptación que no se pudo lograr por vivir en diferentes hogares, forman la etapa de intimidad y comienzo de confianza del uno al otro. Como bien dijo Bowman la luna de miel es para esta transición.
Sin embargo, como dijimos en alguna oportunidad dentro de estos mismos editoriales, tanto Juan Carlos como Elizabet traen consigo un bagaje de experiencias, formación de caracteres diferentes provenientes de hogares distintos, formas de reaccionar ante diversas circunstancias, aprendizaje acerca de los roles de la pareja, modelos que se extraen de la convivencia en el hogar paterno, etc. Los ajustes que inevitablemente vendrán y costará entender se van realizando a medida que pasa el tiempo. Jóvenes e inexpertos en el arte del matrimonio tendrán que enfrentar la tarea de acomodamiento de ambas personalidades.
Ahora bien, todo esto me recuerda la amarga experiencia por la que mi amada Marta y yo pasamos durante nuestros primeros años de casados. Como decía, jóvenes e inexpertos pensábamos que el sólo hecho de amarnos sortearía todos los obstáculos que sobrevendrían en el matrimonio. Gran error, los primeros meses, prácticamente sin luna de miel a causa de problemas económicos, pasaron como la brisa fresca en días de verano, anhelada pero fugaz. Luego vinieron días de acomodamiento y la brisa fresca se convirtió en sucesivas tormentas que no daban tregua. A los dos años ya no éramos lo que ilusionados esperábamos uno del otro. ¿Qué había ocurrido?
Yo nací y crecí en compañía de primos y parientes en una gran casa en la que mi abuelo era el “patriarca” de la familia, él ordenaba a cada uno lo que debía hacer y cómo comportarse. Los años fueron pasando, mi padre absorbió esas enseñanzas y yo las aprendí de él. Cuando estuvimos noviando con la que hoy es mi esposa, mi carácter no afloró, en primer lugar porque usaba máscaras de tolerancia mezcladas con amor, y en segundo lugar porque no hubo tiempo para mostrarlas.
A los dos años ese carácter afloró y a partir de allí mostré lo que había aprendido de mi abuelo y mi padre, yo era el “jefe” de la casa y no el esposo y compañero que Marta esperaba. Mi carácter no sólo provocó problemas graves en el hogar, también lo hizo en mi vida laboral. En una oportunidad en que mi carácter hosco y agresivo me causó problemas en mi trabajo, mi jefe me dijo: “Flores, usted tiene mucho carácter y eso es bueno para su trabajo como supervisor, pero le haría mucho bien si guarda un 25% de él y deja de lado el otro 75%”. Demás está decir que no logré hacerlo y fue la causa de mi renuncia a aquel empleo. Podría contar muchas experiencias más pero no es el caso. Hoy llevamos 39 años de casados de los cuales los últimos 22 son los que fueron verdaderamente felices, y lo fueron porque Dios entró en nuestro hogar y en nuestra vida y cambió totalmente tanto mi carácter como el carácter de Marta.
No siempre es el hombre el “jefe” de la casa, Juan Carlos dijo: “En mi casa mi madre es la que manda” y en otro momento de la conversación agregó: “Lamentablemente mi hijo tiene mi carácter”. ¿Lamentablemente? Si bien es cierto que un carácter agresivo no es bueno, también hay que aceptar que las grandes conquistas no las hicieron seres pusilánimes sino de carácter y fuerza interior. El niño de JC y Elizabet debe crecer en otro tipo de ambiente. Un hogar sin agresividades, con un padre que no ocupe el lugar de “jefe” de la casa sino de guía amoroso.
“El
amor va entrelazado con el valor, atemperado por el deber, probado en el
sufrimiento, endulzado con la ternura, fortalecido con la fidelidad” [3]
La
poesía de José María Gabriel y Galan nos muestra el deseo cumplido de un
hombre que quiso parecerse a su padre y buscó una esposa como su madre. Los
versos que siguen hablan de cómo aquella esposa fue el único amor, amante y
compañera en una casa solariega con una historia heredada y con una hacienda
heredada. En uno de sus párrafos dice: “.
. .qué buena era mi esposa, qué hermosa era mi tierra, qué alegre era mi casa
y qué sana era mi hacienda”. Aquel
hombre tuvo, aparentemente, un hogar como pocos y un ejemplo en su padre y en su
madre. Deberíamos anhelar que nuestros hijos pudieran recordar de su niñez una
hermosa tierra, una alegre casa y una sana hacienda.
Terminamos este editorial con la cita bíblica del comienzo:
“Yo y el Padre uno somos” Juan 10:30
Puedo decir que aprendí de mi padre terrenal muchas cosas buenas, las cuales atesoré y trato de proseguir, lamentablemente también heredé algunas otras que sólo una vida en Cristo pudo cambiar. Como tantos miles de hombres alrededor del mundo tuve que aprender la diferencia que Cristo hace o puede hacer en la vida conyugal.
Con mi esposa podemos decir que gracias a Dios hemos sido guiados hacia el punto elemental en que debimos elegir entre un matrimonio a punto de quebrarse o una vida familiar en el amor del Señor.
Jesús dijo: “Yo
y el Padre uno somos”. Podemos afirmar sin duda alguna que el
ejemplo del Padre enviando a su propio Hijo a la cruz del calvario por toda la
humanidad es un ejemplo de amor y sacrificio que no encontraremos en el mundo: “Porque
de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que
todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Tal
vez han habido ejemplos de padres
sacrificados y dignos de imitar pero debemos aceptar que el amor de nuestro
Padre celestial no tiene parangón.
Tal
vez Juan Carlos no ha tenido un buen ejemplo en su hogar y por eso arremete de
palabra y hecho contra su esposa Elizabet, pero como muchos otros puede aprender
que en Cristo somos nuevas criaturas, sólo que como le aconsejamos a JC, debe
declinar su carácter y dejarse formar en el carácter de Cristo permitiendo que
El sea verdadera y realmente su Señor y Salvador.
Si
tu caso es parecido al mío o al de JC, permite que Dios sea quien de hoy en más
guíe tu vida y la de tu familia. Como Jesús, aprendamos que para que nuestro
hogar sea lo que el Padre desea para sus hijos: “.
. .en los negocios de nuestro Padre nos es necesario estar”. (Lucas 2:49).
Como siempre, mi amada esposa y yo deseamos para ti todas las bendiciones que Dios tiene preparadas para aquellos que le aman.