¡QUERIDO, VAS MUY RÁPIDO!

 Corría el año 1995, el trabajo en la iglesia era extenuante, la congregación crecía a cada momento, mi activismo me daba suficientes fuerzas para creer que podía con todo. Me gloriaba en el Señor por todo lo que acontecía pero en mi interior me sentía autosuficiente.

Una vez tras otra mi esposa me regañaba por mi exceso de actividad:

< ¡Por favor mi amor! Cuando te veo en un lugar y voy a buscarte, ya no estás allí sino en otra parte, pero cuando voy hacia ese otro lugar ya tampoco estás allí>  < Querido, ni la congregación ni yo podemos seguirte pues vas muy rápido>.

¡Era verdad, yo iba demasiado rápido! Ella sufría por mí, me veía extenuado por momentos y temía por mi salud. Ya en el año 1993 habíamos sufrido un golpe muy duro pues los estudios que me habían hecho decían que tenía un tumor maligno en la espalda y que había que operar de urgencia. En aquel momento me dieron sólo unos dos años de vida. Cuando el doctor me miró y vio mi tranquilidad me preguntó si no me afectaba la noticia, le contesté: “Tengo un Dios poderoso, si quiere que me quede, me quedo, si quiere que me vaya, me voy, El puede hacer milagros”. El doctor me miró impasible y se sentó en su escritorio a programar el día de la cirugía. El no conocía el poder de Dios y aquella contingencia me dio la oportunidad de hablarle del amor de Cristo y regalarle una Biblia. Ya han pasado diez largos años y aún estamos aquí. Como dije en aquella ocasión: ¡Dios es Todopoderoso!

Dos años después sentado frente al volante de mi automóvil y con una tremenda taquicardia una vez más recordaba las palabras de Marta ¡Querido, vas muy rápido!

I) LA CONSECUENCIA.

 Eran aproximadamente las 21 horas cuando sentí que todo daba vueltas a mi alrededor, ya había sido bastante duro el trayecto hacia el Seminario, el paso del túnel por debajo de la autopista Panamericana fue poco menos que espantoso. El tránsito se había congestionado justamente debajo de ese lugar y los gases de los demás vehículos saturaban el aire, casi 45 minutos estuvimos allí detenidos, Me sentía asfixiado y oraba a Dios que el tránsito volviera a la normalidad.

 Cuando comenzamos la clase mis alumnos se extrañaron al ver mi semblante demacrado, me sentía desfallecer, el corazón me latía muy fuerte y tenía mareos. Promediábamos la primera hora de clase cuando creí que me desmayaba. Pedí a los alumnos que me perdonaran pero ya no podía continuar.

            Después de descansar un poco en la rectoría emprendí el viaje de regreso a mi hogar, al llegar me acosté de inmediato y el descanso me hizo bien. Pensé que todo había pasado y que era, como siempre, un poco de cansancio por el exceso de trabajo.

            Al día siguiente por la mañana fuimos en automóvil con mi esposa hasta el Sanatorio, el cardiólogo me revisó, me tomó la presión, me hizo un electrocardiograma e inmediatamente un estudio más profundo, luego llamó a mi esposa y le dijo que estaba al borde de lo que ellos llaman “muerte súbita”, me subieron en una silla de ruedas, y en un abrir y cerrar de ojos me encontré lleno de cables y electrodos en una cama de terapia intensiva.

Estuve allí tres largos días, los quejidos de los pacientes, el fallecimiento traumático de una persona en la cama contigua, las luces encendidas a toda hora y el ir y venir constante de la enfermeras me impresionaron de tal modo que deseaba que nadie  pase por semejante situación.         

            Gracias a Dios y a las oraciones de muchos hermanos y conocidos mi salud fue mejorando. Al cuarto día me pasaron a una habitación personal, allí me sentí más tranquilo y a pesar de que todavía estaba lleno de cables, electrodos y con suero en mi brazo, al menos podía leer mi libro de devocionales. En esos días uno puede hacer varias cosas, pensar negativamente, enojarse con Dios por la situación que nos permite pasar, revisar los acontecimientos de nuestra vida hasta ese momento, mirar indolentemente cómo el tiempo va pasando a través de la ventana de la habitación, leer algún libro, meditar acerca de nuestro ministerio, orar y leer nuestro devocional y dormir bastante a causa de los sedantes. Pero en todo momento sentí también la presencia de mi amada esposa que junto a mi en la hora de visita oraba a Dios por mi recuperación. Sin embargo Dios tenía todavía una sorpresa para mí.

            No recuerdo la hora de aquel 11 de Junio de 1995, si fue por la mañana o por la tarde, la realidad es que estaba bastante confuso y triste por lo que me estaba pasando, extrañaba mucho a Marta mi esposa pero sentí sus oraciones en todo momento. En un momento abrí mi libro de devocionales “En Pos de los Supremo” de Oswald Chambers que me había regalado mi pastor Hugo Orne cuando comenzamos el ministerio y una vez más el Señor me habló a través de su Palabra. La lectura decía: “Venid a Mí . . .”( Mateo 11:28). Al finalizar la página del devocional el autor escribía:

 “. . .y yo os haré descansar”, es decir, “yo te sostendré, haciendo que te mantengas firme”. No está diciendo; “Te pondré en la cama, te tomaré de la mano y te arrullaré cantándote una nana hasta que te duermas”. Más bien, y en esencia, lo que dice es: “Te sacaré de tu condición de muerto viviente. Te impregnaré con el espíritu de vida, y serás sostenido con la perfección de una actividad vital”.

 ¡Qué tremendo! Estas últimas palabras fueron no sólo un bálsamo para mi sino una contestación de Dios a mis preguntas y oraciones de todos esos días. ¡El me estaba diciendo que me levantaría y que volvería a tener una actividad vital!

Claro, una “actividad vital” después de una buena regañada suya por mi excesivo “activismo”.  Otro día hablaremos de eso.

 

II) LA CALMA

 

Han pasado algunos años, todavía seguimos “En Pos de lo Supremo”, pero ahora con la calma que dan el tiempo, la experiencia y lo más importante, entender que la iglesia no es nuestra sino de Cristo, y que El es el dueño del tiempo y de las circunstancias.

 

Otra Cosa importante que hemos aprendido es que no hay situación en la que Dios no esté al mando, aún en los momentos claves en que la tempestad arrecia y pareciera que nuestra barca se está hundiendo porque El no escucha. (Mateo 8:23-27).

 

Hoy disfrutamos con mi esposa de la calma amorosa que los años nos han enseñado, del amor aún más apasionado que en nuestros años juveniles,  de los hijos en su madurez y de los nietos en su niñez. El Señor ha sido bueno con nosotros y nos ha permitido continuar juntos en su ministerio. Nos sentimos gozando de nuestros  jóvenes 63 años y como dije en el editorial anterior el hecho de que los años vayan pasando no implica vejez ni fealdad, por el contrario ahora es el momento de esa comunicación especial que dan el tiempo y el amor que pasó por muchas tormentas y triunfó.

 

Al costado de mi escritorio estoy viendo nuestra foto de casamiento, (por supuesto en blanco y negro), y observo a esa preciosa joven con la que contraje matrimonio y vuelvo a enamorarme de ella. Recuerdo nuestra corta (pequeña por causas económicas) luna de miel, los primeros paseos, nuestro primer embarazo, el segundo y dos preciosos nietos que Dios nos ha regalado. ¡Qué más podemos pedir a Dios!

 

Hace un momento Artemio, un hombre de 40 años de nuestra congregación nos presentó a Liliana su novia, una señora viuda. Ambos se gustaron desde hace algunos meses y ambos sin hablarse pidieron al Señor señales específicas. Dios respondió tan fielmente que utilizó en Liliana las mismas palabras que Artemio pidió como señal. 

 

Comienzas el nuevo año y Dios una vez más te da la oportunidad de rehacer tu vida. Tal vez creas que el amor envejece con los años y que se va perdiendo paulatinamente la pasión, podemos decirte que no es así, haz un esfuerzo y vuelve a mirar a tu pareja con la misma esperanza que lo hacías cuando recién se conocieron. Por supuesto que no es fácil, no en vano ha pasado el tiempo y con él las sorpresas después de la luna de miel. Sin embargo Dios es Todopoderoso, déjalo obrar en tu vida y en tu matrimonio. Dios en este momento me está mostrando una mujer con lágrimas en los ojos incrédula ante mis afirmaciones y Dios te dice a ti tal como el ángel le dijo a la virgen María y a otros muchos: “No temas, has hallado gracia delante de Dios” ( Lucas 1:30). Te regalo el versículo de mi esposa que sufrió tanto conmigo: “Esfuérzate y se valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas”. (Josué 1:9) Ella puede certificar esto en su propia vida.

 

En el próximo editorial te daré algunos consejos que encontré en un libro muy bueno sobre el matrimonio.

 

Dios te bendiga y te guarde, que tengas un buen año.

Con amor en Cristo Jesús

Rubén O. Flores