Una historia de amor más allá de los prejuicios, la política y la infidelidad
Eugenia de Montijo
Por Rubén Flores
1 Corintios 13
Cuando con mi esposa conversamos con los matrimonios acerca del amor delineado en la carta del apóstol Pablo a los corintios, sucede en algunos casos que se lo tilda de utópico o de imposible de llevar a cabo. Sin embargo a través del tiempo nos hemos tropezado con personas que han amado de esa manera y que han sabido afrontar muchísimas tormentas. Ponernos como ejemplo no es bueno pero ¿por qué no, si en nuestro caso es una total realidad?
Si bien discutimos más de una vez ya que somos bastante diferentes con mi querida esposa, estaríamos dispuestos a dar la vida el uno por el otro, no hay egoísmos entre nosotros y cada uno busca agradar, servir y amar al otro tal y como las Escrituras lo enseñan.
A medida que pasa el tiempo la exhortación del apóstol sobre cómo debe ser el amor entre los cónyuges se va haciendo más y más efectivo en nuestro matrimonio, pero ¿existen personas que aman tanto así? Eugenia de Montijo, coronada emperatriz de Francia, ha amado, sufrido y llevado adelante su vida teniendo en cuenta ciertos principios, como por ejemplo, el de no acceder a los requerimientos amorosos del emperador Napoleón III hasta no estar casada. ¿Cuantos jóvenes conocemos en estos días con estos principios? Hay muchos pero son más conocidos los que se "conforman a lo que el mundo quiere y se adaptan a sus costumbres en lugar de transformarse por medio de la renovación de su entendimiento para saber cuál es la voluntad de Dios agradable y perfecta"( Ro. 12:2) Y llegar así a la verdadera felicidad.
La que sigue es una historia de amor, más allá de los prejuicios, de la política y de la infidelidad.
Corría el año de 1808, Hortensia de Beauharnais, casada con Luis Bonaparte, hermano del Gran Corso e hija de Josefina Tascher de la Pagerie, otrora esposa de Napoleón Bonaparte y emperatriz de Francia, daba a luz a un niño que nació entre chismes y comidillas de la sociedad de aquel tiempo.
Hortensia no era vista como una esposa fiel a su marido. Por su parte Luis Bonaparte, no hacía mucho por mejorar su propia imagen. A él se lo conocía como un hombre de frágil salud, tono arisco y presuntamente con marcadas tendencias homosexuales. Las relaciones de Luis con Hortensia eran prácticamente inexistentes. La realidad era que se detestaban y su convivencia se había transformado sólo en un trámite más de la alta sociedad. Conociendo las múltiples andanzas de su mujer y residiendo en Amsterdan como rey de Holanda nombrado por su propio hermano en 1806, no acudió al nacimiento de Luis e incluso envió una carta al Papa en la que dejaba ver su sentir escribiendo "Me he casado con una Mesalina que pare".
Mientras esto ocurría en la Francia de Bonaparte, tras los Pirineos, en la hermosa España, venía al mundo una niña que algún día iba a ceñir una corona imperial.
En 1826, bajo un árbol del jardín de su mansión María Manuela Kirkpatrick, esposa del Conde de Tebas dio a luz a Eugenia de Guzmán quien junto a su hermana Paca vivió su niñez entre juegos e historias napoleónicas que les contaba su madre.
Eugenia se convirtió con los años en una joven rebelde y hermosa. Claude Dufresne la describió de este modo:
"Alta, de ojos azules, ojos de ópalo, su cabello caoba. Su perfil tenía la perfección de una medalla antigua con un encanto muy personal que hacía que no pudiese comparársela con ninguna otra. La frente alta y recta, que se estrechaba hacia la sienes. Había en ella una perfecta armonía entre la persona física y la persona moral. . . ".
La madre de Eugenia, la Condesa de Montijo tenía planes para trasladarse a Paris con su hija pero la fiebre revolucionaria de 1848 los demoró, sin embargo ocurrieron una serie de acontecimientos que marcarían la historia de Eugenia y de Luis para siempre. En aquel tiempo Luis Napoleón Bonaparte fue proclamado presidente de la Segunda República. No fue fácil su administración, tuvo muchos problemas hasta que el 2 de Diciembre de 1852 fue proclamado oficialmente en el Castillo de Saint-Cloud, emperador de los franceses.
Con el trono imperial en sus manos se hacía poco menos que imperioso el planteamiento de su matrimonio, no como una cuestión de necesidad personal sino como una cuestión de Estado. La perpetuidad dinástica basada en la sucesión al trono obligaba al emperador a renunciar a su codiciada soltería.
Las anécdotas se mezclan y confunden entre salidas y entradas a la corte del nuevo emperador, pero el ojo de Luis acostumbrado a la seducción no dejaba de observar la belleza de Eugenia. Sin embargo la rectitud moral de la joven y el recuerdo de un amor frustrado en España, evitaron que sucumbiera ante las insinuaciones insistentes de Luis. El 1 de Enero de 1853 El Emperador regresaba a las Tullerías con aire triunfal y divisando desde lejos a la "señorita de Montijo", como él la llamaba, se acercó y le preguntó lleno de emoción:
"--¿Cómo llegar hasta vos?--
Esbozando una sonrisa encantadora y llena de picardía, ella respondió:
--Por la capilla, señor. . .-
La inaccesibilidad de Eugenia se convirtió en su mejor arma de seducción.
Sin embargo no fue fácil para la hermosa española lidiar con las habladurías del palacio. En varias ocasiones se la tildó de "extranjera con dudosa reputación". Ante estos chismes el emperador encaró abiertamente a Eugenia y le preguntó:
--"Dispense la audacia de una pregunta que voy a hacerle. -dijo Napoleón III--. Contésteme con confianza. ¿Puede amarme? ¿Está libre su corazón? -
--Señor, no ignoro que se me ha calumniado-respondió ella sin ambages-Mi corazón ha podido latir alguna vez, pero he comprobado después que se engañaba. En todo caso, sigo siendo íntegramente la señorita de Montijo.
Una vez más Luis intentó que ella se quedara en las Tullerías sin condicionamientos y dijo:
--No se irá usted así-
--Sólo puedo quedarme con una condición, y usted ya la conoce-fue la respuesta de Eugenia.
Poco después Mocquart, secretario particular de Napoleón III anunciaba su visita a la Condesa de Montijo con una nota en la que el Emperador pedía oficialmente la mano de su hija. El 18 de Enero Napoleón reunió a todos sus ministros para informarles su decisión. Reunidos los consejeros, ministros, diputados y senadores, el Emperador leyó este breve discurso:
'Señores: Inclinándome ante el deseo tantas veces manifestado por el país, vengo a anunciaros mi matrimonio. La unión que voy a celebrar no se ajusta a las tradiciones de la vieja política. Ésa es su ventaja.
Vengo a decir a Francia: he preferido a una mujer a la que amo y respeto, a una mujer desconocida, lo que hubiera tenido ventajas mezcladas con sacrificios...."
Pocos días antes de su boda Eugenia escribía esta misiva a su hermana Paca:
"Quiero ser la primera en anunciarte mi matrimonio con el emperador. Ha sido tan noble, tan generoso conmigo, me ha mostrado tanto afecto, que todavía estoy emocionada. Ha luchado y ha vencido.. . .
Más adelante confesaba:
"No dispongo de tiempo para comunicarte toda mi emoción, pero ésta es, sin embargo, una hora triste para mí. Voy a decir adiós a mi familia y a mi país, para consagrarme exclusivamente al hombre que me ama hasta el punto de elevarme a su trono. Me espanta la responsabilidad que desde ahora pesará sobre mí, pero estoy convencida que sigo mi destino. Lo que me hace temer al futuro no es el miedo a los asesinos, sino el temor de que no sepa elevarme, ante la historia, a la altura de Blanca de Castilla y Ana de Austria. Hoy es el día en que han gritado por primera vez "¡Viva la emperatriz!" ¡Quiera Dios que así suceda siempre! Pero te aseguro que, si llegase la adversidad, me encontraría más fuerte y animosa que la ventura. . . ".
Alejandro Dumas hijo, el célebre escritor de "La Dama de las Camelias" escribió sobre ella el día de su casamiento:
"La joven y hermosa condesa de Montijo, graciosa, risueña, libre, elegida por su gracia y su belleza por el jefe de la nación más grande del mundo para ocupar a su lado el primer trono del universo, hacía palidecer de repente la importancia hereditaria y consabida de todas las otras princesas de Europa. Era el triunfo del amor sobre los prejuicios, de la hermosura sobre la tradición, de los sentimientos sobre la política. Era el advenimiento de la libertad, incluso de la fantasía, en los dogmas rígidos y consagrados de la monarquía".
Eugenia sufrió el desprecio de sus contemporáneos, de la sociedad en la que actuaba, de las infidelidades de su marido y hasta de la más burguesa y acrisolada dinastía europea. Todos estos episodios tuvieron esplendorosos jardines y palacios como escenarios. El castillo de Saint-Cloud en la primavera, el verano en Fontainebleau, el otoño en Compiêgne, y a finales de diciembre los maravillosos jardines de Las Tullerías. Eugenia supo sobreponerse a todo, sin embargo su salud se fue deteriorando con el tiempo.
Quisiera terminar esta breve historia, que por supuesto es mucho más larga e interesante con las últimas secuencias de su vida.
Un hombre que supo amar aún más allá de su posición a una mujer que afrontó posteriormente con entereza singular los desplantes de aquel hombre enamorado que sin embargo no pudo enfrentar las seducciones de las mujeres de la época. Su muerte y más tarde la de su hijo el príncipe Napoleón IV a mano de los Zulúes, indígenas del África del Sur durante una de sus batallas el 1 de Julio de 1879, terminaron por deteriorar casi por completo la salud de esta mujer que amó hasta el último día de su vida.
Eugenia de Montijo, esposa del Emperador Napoleón III contaba con noventa y cuatro años cuando el 17 de Julio de 1920, cerrando los ojos con gesto cansado, expiró.
Eugenia sobrevivió cuarenta y un años a la muerte de su hijo y cuarenta y siete a la de su marido.
Esta es la historia del matrimonio de Eugenia de Montijo y el emperador Napoleón III. Uno de los casamientos reales en el que la trama de la política, los prejuicios de la aristocracia europea del siglo XIX y el amor se entretejen de manera formidable para dejarnos una leve semblanza de que sí es posible amar sin egoísmos y hasta nuestros último días.Por Rubén O. Flores