¿Cómo era que ahora las mujeres podían entenderse directamente con Dios?
Camila y Ladislao, la fuerza del amor
Por Rubén O. Flores [i]


6Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo; Porque fuerte es como la muerte el amor;Duros como el Seol los celos; Sus brasas, brasas de fuego, fuerte llama. 7Las muchas aguas no podrán apagar el amor, Ni lo ahogarán los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor,De cierto lo menospreciarían. Cantares: 8:6-7

Camila fue una joven como cualquier otra, sueños deliciosos de juventud que esperan el amor a la vuelta de la esquina. En este caso lo que Camila encontró no fue sólo el amor apasionado, estremecedor y valiente de Ladislao, también halló la muerte junto a su amado. Esta es una historia más de muchas que pululan en el mundo y que no conocemos. Estos jóvenes nos muestran  que cuando el amor no es sólo producto de una pasión y un enamoramiento momentáneo, es  más fuerte que la muerte.

Según los que la conocían era “muy hermosa de cara y de cuerpo, muy blanca, graciosa y hábil pues tocaba el piano y cantaba embelesando a los que la oían". Llamaba la atención su gran personalidad, tal vez  heredada de su célebre y bella abuela Anita Perichon, amante del virrey Liniers. Todo aquel que ponía sus ojos sobre ella quedaba deslumbrado. Como buena hija de la sociedad, tenía una madre porteña de antigua estirpe, y seis hermanos, entre los que se distinguía Camila.  Las luces de los salones que frecuentaba hacían brillar tanto esos ojos hermosos y expresivos que mas de un hombre deseaba perderse en ellos. Su corazón ansiaba despertar pero todavía no había llegado el momento. Por otra parte, los años entre 1847/48 eran testigos de  su vida tranquila y entretenida junto a las porteñas amigas de Manuelita Rosas, hija del célebre Juan Manuel de Rosas, gobernador de la Provincia de Buenos Aires  llamado “Restaurador” cuya dictadura duró casi un cuarto de siglo hasta 1852 en que fue derrotado por el General J. J. Urquiza.

Pocos años antes había llegado desde la provincia de Tucumán, (una provincia al norte de Argentina),  "un joven de pelo negro y ensortijado, cutis moreno y mirada viva, modales delicados y un conjunto simpático, juicioso y lleno de aptitudes". Ladislao Gutierrez llegó a Buenos Aires para seguir la carrera eclesiástica. Ordenado al sacerdocio a los veinticuatro años y designado párroco de la iglesia del Socorro, ( actualmente situada en Suipacha y Juncal, pleno centro de la Capital Federal),  comenzó a celebrar misa periódicamente. No tenía idea de lo que el futuro le preparaba.

Aquel había sido un día como otros, la parroquia se encontraba en medio de un lugar tranquilo en el que las quintas arboladas destacaban su hermoso verdor. El sol penetraba por entre las ramas de los árboles resaltando aún mas las elegantes torres del templo. Ladislao debía concelebrar misa y predicar pero nada iba a ser igual para él desde aquel momento. Una joven alta, muy hermosa, pelo castaño y ojos oscuros, de andar elegante y gracioso, le miraba insistentemente. Al terminar la misa le fue presentada sorprendiéndose al saber que era justamente la hermana de su compañero de carrera sacerdotal Eduardo O’ Gorman.

Camila O’Gorman no era diferente a las jóvenes de aquella época, devota y fiel seguidora de Dios, iba a misa con frecuencia, antes por devoción, ahora también porque le comenzaron a gustar los sermones del nuevo párroco. El hecho es que él comenzó a frecuentar la casa de Camila para responder algunas inquietudes de la joven acerca de la religión. No pasó mucho tiempo para que se encontraran, casi sin quererlo, paseando por los bosques de Palermo, ( un lugar con mucha arboleda, lagos artificiales y muchas flores en el que los porteños acostumbran en la actualidad pasear y tomar sol junto a su familia los días festivos). Hasta ese momento no había en ellos intención alguna más que la de alegrarse al estar juntos, compartir el sol del lugar y aclarar algunas dudas de ella.

Sin embargo, al poco tiempo Camila comenzó a sentir que aquellos paseos no eran sólo agradables sino necesarios para ella. Algo nuevo y desconocido surgía en su joven corazón, un sentimiento diferente la embargaba cada vez que posaba sus ojos en el sacerdote.  Sentada en el banco de la parroquia escuchaba embelesada los sermones del joven y aunque sabía que él se dirigía a la iglesia en pleno, sentía que su mirada, su voz  y sus palabras eran para ella. Aquellos ojos ardientes llenaban su mente y su cuerpo sentía oleadas de intenso calor como si todo a su alrededor se incendiara.

Poco a poco la fuerza del amor pudo más que los preceptos religiosos y las costumbres de la época. La sola presencia de Camila llenaba la mente del joven sacerdote de tal manera que ya no podía ocultar la pasión que le consumía. Cuando llegaba a la casa de ella y la veía sentada sobre la alfombra no podía dejar de pensar en lo que sería toda una vida a su lado.

A medida que los días transcurrían el sentimiento entre ambos saturaba el ambiente. ¿Qué había pasado con su vocación sacerdotal? ¿Acaso se había equivocado? ¿O la belleza de Camila le había deslumbrado tanto que enceguecido por su pasión dejó de lado su llamado? Los días pasaban y ya no podían dejar de mirarse,  abrazarse y besarse. Llegado a este punto el sentimiento de culpa no les dejaba tranquilos. El trataba de tranquilizarla diciéndole que aquello no era un crimen, que el mismo Dios que ambos confesaban había llenado su corazón de amor hacia ella, que contra viento y marea seguiría amándola aún a pesar de que la sociedad no les permitiera casarse.  ¡Qué situación más difícil! ¿No decía Dios que perdonaba al arrepentido si confesaba sus pecados y le limpiaba de toda maldad?

Convencida Camila del amor que los unía ambos se entregó al pensamiento de una posible fuga. Pero, ¿Hacia adónde? Buenos Aires se alimentaba de política y prejuicios contemporáneos. ¿Cambiar de identidad y casarse para estar bien con Dios y con los hombres?. ¿Hasta cuándo podría Camila aguantar ese futuro lleno de posibles penurias y persecuciones?.

Hora tras hora pensaban y repensaban las posibles salidas. Finalmente forjaron un plan, reunirían algo de dinero, algunas ropas, un par de caballos y se fugarían hacia la provincia de Santa Fe, pasarían de allí a Entre Ríos y luego a Corrientes para terminar en Río de Janeiro. ¿Y los pasaportes? Acordaron declarar cuando llegaran a Santa Fe que los habían perdido y solicitarían nuevos. Con ellos emprenderían viaje hacia su destino final.

Buenos Aires hervía con la noticia, la “niña” Camila había fugado con el cura de la parroquia. Para todos un desastre, social, moral y religioso. Para el Gobernador Rosas, un desacato a todas las normas morales, civiles y sociales. Para Adolfo O’Gorman, el padre, de origen francoirlandés; era “el acto más atroz y nunca oído en el país”. Por su parte, el obispo Medrano pidió al gobernador Rosas que “en cualquier punto que los encontraran a estos miserables, desagraciados, sean aprehendidos y traídos, para que, procediendo en justicia, sean reprendidos por tan enorme y escandaloso procedimiento”. 

¿Qué pensaba el Gobernador con respecto a esto? En realidad le importaban poco los enamoramientos del cura y aquella joven. Lo que sí le ponía furioso era la desobediencia a sus leyes y a su persona.

El 12 de diciembre de 1847 fue el día elegido para la fuga. Al llegar a Luján, en una enramada que les había proporcionado el mesero y bajo la noche refulgente de estrellas, los amantes tuvieron su momento de felicidad.

Al hecho inusual, para aquella época, del enamoramiento del cura y la niña de la sociedad se sumaba ahora la fuga. Algunos simpatizaban con la pareja, otros sentían rabia y desaprobación ante tanta falta de vergüenza  que hacía parecer a la joven como una perdida.

Por el momento, la suerte parecía sonreír a los enamorados.  En febrero de 1848, en Paraná, consiguieron un pasaporte a nombre de Máximo Brandier, comerciante, natural de Jujuy, y su esposa, Valentina Desan. Al llegar a Goya, (Ciudad de Corrientes, una provincia de Argentina) con su nueva identidad pudieron tomarse un respiro y prepararse para la última etapa: Brasil. Mientras tanto, para ganarse la vida abrieron una escuela para niños, la primera que existió en esa pequeña ciudad.

 No todo iba a ser tan fácil, el 16 de junio de 1848  encontraron en una casa de familia a un sacerdote irlandés que conocía a Gutiérrez.  Aparentemente los denunció a las autoridades por lo que de inmediato les encarcelaron. Al enterarse Rosas ordenó que los llevaran por separado en dos carros a un lugar llamado Santos Lugares, en la provincia de Buenos Aires. Allí se les incomunicó. No obstante Camila pudo hacer llegar una nota a Manuelita Rosas la que una vez puesta al tanto de los acontecimientos prometió ayudarla con una misiva que llegó a manos de Camila el 9 de Agosto

Los días pasaban y parecía que finalmente habría alguna posibilidad de arreglo a raíz de la ayuda de Manuela pero Rosas no estaba dispuesto a ceder ante las demandas de su hija. Para colmo de males Camila había hecho algunas declaraciones tales como que no estaban arrepentidos y que no consideraban criminal su conducta por estar tranquila su conciencia ante Dios.

Los pensamientos de Rosas no eran tan tranquilos. ¿Cómo era que ahora las mujeres podían entenderse directamente con Dios? ¿Adónde se iría a parar con tanta interpretación privada? ¿Había quizás algo de luteranismo en la mente de los jóvenes?

La noche se cerraba sobre los enamorados, un correo a caballo, (chasque) había llevado la confesión de ambos a la gobernación el 17 de Agosto. Rosas respondió con la inmediata orden de ejecutar a los reos sin dar lugar a defensa alguna ni a apelación, sólo unos minutos para confesarse. Marcelino Reyes, un hombre de la época, escribió en seguida a Rosas notificándole que Camila estaba embarazada pero el Restaurador no estaba dispuesto a aceptar a ese hijo como testimonio vivo de la desobediencia a sus leyes y al orden establecido.

Reyes fue llamado por Gutierrez al calabozo quien le preguntó si Camila moriría. Reyes les respondió que sí y Ladislao envió una nota a Camila con las siguientes palabras: "Camila mía: acabo de saber que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra, unidos, nos uniremos en el cielo, ante Dios. Te abraza, tu Gutiérrez." .

Como era costumbre de la época, sentaron a cada uno en una silla cruzada por dos palos y los llevaron al patio en donde les fusilarían. Un pañuelo tapaba los ojos de Camila pero por debajo se escapaban dos lágrimas que embellecían aún más su hermoso rostro. Mientras los soldados los ataban a las sillas ambos pudieron hablar y despedirse. Gutierrez, con un grito desgarrador comenzó a acusarlos diciendo: “Asesínenme a mi sin juicio, pero no a ella, y en ese estado. ¡Miserables!”.

El capitán Gordillo ordenó tocar más fuerte los tambores e hizo la señal de fuego. Cuatro balas terminaron con la vida de aquel pobre hombre entregado a un amor prohibido por la sociedad.  De inmediato se escucharon tres descargas que quitaron la vida no sólo a Camila sino al niño que tenía en su entrañas. Su cuerpo cayó del banquillo y una mano quedó señalando al cielo. "... en la vecindad quedó el terror de su grito agudísimo, dolorido y desgarrador..."

Poco tiempo más y aquel suceso imperdonable sería el comienzo de la caída del dictador Rosas. Derrotado por la fuerzas militares del gobernador de Entre Ríos General Justo José de Urquiza el 3 de Febrero de 1852 en la batalla de Monte Caseros, Rosas huyó a Inglaterra en un buque inglés y pasó el resto de su vida en Southampton muriendo en 1877. 

Sólo un par de años separaron a la joven pareja protagonista de esta historia de amor prohibido, de una libertad que tal vez hubiera cambiado la historia. La de ellos mismos como matrimonio y la de  sus familias.

Víctimas inocentes de intereses políticos y sociales, de prejuicios que cerraron las posibilidades de entendimiento de toda una sociedad, fueron y podrán ser como un llamado de atención hacia todos aquellos que decimos amar y adorar a un Dios de amor, de libertad y respeto hacia todo ser humano.

En estos últimos tiempos muchos hablan más de “hacer el amor” que de amar tal y como Dios nos enseña en Su Palabra. Según hemos visto Camila y Ladislao se profesaron un amor tan fuerte como la muerte, que no pudieron apagar las muchas aguas de la incomprensión, ni lo ahogaron los ríos de la política, los prejuicios de la época o el egoísmo de la familia.

Deseamos que esta historia pueda serte de ayuda si hay algún problema en tu matrimonio, Si tu amor fue tan fuerte como el de estos dos amantes puede volver a serlo. Con buena voluntad, ayuda profesional y la Palabra de Dios puedes llegar a solucionarlo.

Dios te bendiga.

[i] Damos crédito a  Lucía Gálvez, Escritora y licenciada en historia. Cuyo escrito sirvió como base para el presente editorial.