Historia de un matrimonio
La doncella rica y el joven pobre
por Rubén O. Flores
"El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; 6no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser ( 1 Co. 13)"
¿Cuánto es el compromiso que estamos dispuestos a enfrentar al casarnos? Parece que para algunos el matrimonio es la consumación de todos los sueños de su vida. Todo tiene que ser perfecto, él debe ser el príncipe soñado que cubre las fantasías de una doncella que, a su vez es el sueño dorado de él. ¡Esto es lo que Dios propuso desde el principio de los tiempos para el hombre y la mujer! Pero la serpiente astuta trastocó todo y a partir de allí las cosas no fueron tan perfectas. Sin embargo he aquí una historia que revela cuán grande es el amor si nos proponemos amar. Si bien el apóstol San Pablo tiene razón cuando nos enseña que el amor no es egoísta, ni envidioso ni jactancioso y muchas cosas más, todavía nuestra sociedad sigue confundiendo el verdadero amor con la sensualidad y el erotismo. El presente resumen cuenta la historia de dos personajes que no sólo tuvieron que enfrentar penurias y desgracias sino que su amor perduró a través del tiempo cuando el destino quiso que uno de ellos partiera de esta tierra muchos antes que el otro. Tengamos siempre en cuenta que "El amor es una decisión" y que. . .-"nunca deja de ser".- .
Las casas de Springfield, Illinois, en otoño estaban colmadas, no había lugar mejor para las alianzas matrimoniales. Una de ellas, la mansión de los Edwards, daba una más de sus fastuosas veladas. Se hacían frecuentes en aquella época las visitas prolongadas de parientes del bello sexo. María Todd no estuvo ausente, su hermana mayor ya había "pescado"a un rico y acaudalado personaje, un médico de esa ciudad en una de aquellas fiestas. Hay que entender que la única carrera abierta para la mujer en aquellos tiempos era la del matrimonio. Muchas muchachas casaderas habían encontrado su futuro esposo en una de aquellas reuniones que ofrecían los Edwards. La mansión brillaba con sus hermosas lámparas, el suntuoso mobiliario se hacía más hermoso a la luz de las bujías, y a la alegre lumbre de las chimeneas revoloteaban las grandes faldas de las preciosas chicas vestidas a la última moda. Entre todas ellas María Todd acaparaba la mirada de más de un pretendiente.
"Menudita, de tez blanca, ojos azules muy vivos y cabello castaño claro; amable y vivaracha; alegre, afectuosa, con la sonrisa a flor de labios" , la describen las cartas de la época, y así era a los 21 años, cuando la conoció en el crudo invierno de 1839 a 1840, Abraham Lincoln, su futuro esposo. María tenía ya muchos admiradores de renombre pero aquel abogado recién llegado, de alta estatura, ceño fruncido y adusto semblante le llamó la atención.
Abraham Lincoln había llegado a Springfield montado en su caballo y portando sólo unas alforjas que contenían todo lo que poseía, sin dinero y además con deudas. Un tendero de la ciudad que simpatizó con el apenas llegado, compartió su dormitorio que tenía en el piso alto de su almacén.
Corría abril de 1837 y Lincoln para ese tiempo ya había sido miembro del cuerpo legislativo del Estado y como tuvo gran influencia en su traslado de Vandalia a Springfield su llegada tuvo gran significación para el desarrollo de la ciudad. No fue fácil hacer amigos, su inferioridad de familia, su posición social y su educación le jugaban en contra. En una de sus cartas a un amigo escribía: - "Me siento tan solo aquí como nunca lo estuve en mi vida"- . A pesar de todo allá por 1839 su nombre figuraba en la lista de "directores" de un baile de cotillón que se realizaría el 16 de diciembre de aquel año. Aparentemente para ese entonces había entrado en la sociedad de Springfield.
María encontró en Lincoln el carácter con el que más congenió en su vida. Los jóvenes caminaban compartiendo sus ideales por las calles de la ciudad, cuando el lodo lo permitía, o hablaban sobre su independencia de espíritu y sus inclinaciones intelectuales. El amor fue fluyendo y hacía fines de 1840 ya hacían planes para su casamiento. Ella había jurado casarse con el hombre que amara aunque fuera el más feo de todo Springfield y aun cuando proviniera de la más baja extracción social.
Grande fue la desilusión cuando los Edwards se opusieron a la boda. El sobrino de María cuenta que aquella familia acaudalada y aristocrática aceptaba de buen grado que Lincoln los visitara como amigo pero no les gustaba como pretendiente. -"Mi madre hizo todo cuanto estuvo en su mano para romper aquel enlace" declaró el hijo, y el padre estuvo de acuerdo ya que calificaba a Lincoln como un montañés rudísimo que no podía pretender casarse con una muchacha como María tan bien educada y fina.
La censura de los Edwards hirió a Lincoln muy fuertemente, hasta tal punto que decidió romper el compromiso matrimonial aun a costa del sufrimiento que esto representaba. Deploraba su cortedad social y la pobreza a la cual seguramente empujaría a su futura esposa. En razón de esto comentaba a un amigo, - "Estoy tan pobre y avanzo tan poco en el camino de la vida, que pierdo en un mes de ociosidad todo cuanto gano en un año de esfuerzo"-. Después del rompimiento Lincoln estuvo -"como loco muriéndose de amor"-. Por su parte ella confesaba a una de su amigas: -"Los dos o tres meses últimos se me han hecho interminables, no me abandona la nostalgia del pasado"-. A pesar de la oposición de su familia no fue desleal a su amor, ni demasiado orgullosa para hacerle saber que aún lo amaba con toda su alma.
Algunos amigos de ambos, al verlos tan tristes los reunieron sin saberlo ellos en una cita secreta. Por supuesto que al verse otra vez frente a frente el amor pudo más, a esa cita siguieron otras, siempre a escondidas de la familia de María, hasta que en la mañana del 4 de noviembre de 1842 Lincoln entró en la casa parroquial, buscó al ministro hasta que lo encontró desayunando junto a su familia y les dijo: -"Quiero casarme esta misma noche"-. María, entre tanto daba la noticia a su familia levantando una polvareda tremenda de protestas y reprimendas. Dicen que su hermana le dijo: - "No te olvides que llevas el apellido Todd"-. Pero María permaneció segura de lo que estaba haciendo. Se grabaron los anillos con la inscripción: -"El amor es eterno"- .
El casamiento no se efectuó en la rectoría como se había proyectado ya que los Edwards se opusieron, sino en una habitación de su casa. Asistieron apenas unas 30 personas invitadas a toda prisa. Allí, frente a la chimenea, unidos de la mano, Abraham Lincoln y María Todd, unieron sus vidas para siempre prometiendo amarse hasta la muerte.
Durante el primer año matrimonial María echó de menos la opulencia de la casa de los Edwards. Junto a su esposo vivieron momentos de extrema economía. Si bien aquellos fueron tiempos difíciles se compensaron con lo que cada uno encontró en el otro. Él, una esposa amante, cariñosa y pendiente de todo lo que le era importante, y ella parece que también según lo que escribió años después: -"Nunca ha habido esposo más amante y más tierno".-
Como en cualquier matrimonio los disgustos y sacudidas entre ambos no faltaron. María era muy nerviosa, de genio vivo y para colmo sufría de intensas jaquecas, hacía las cosas a la carrera, parecía que trataba de vivir cada minuto como si fuera el último. Lincoln a su vez sufría de extraños y largos períodos de abstracción durante los cuales era ciego y mudo a todo cuanto le rodeaba. La melancolía le sumergía en una oscura inmovilidad y en esos momentos la vivacidad y el carácter de María le servía de paliativo.
La casa de los Lincoln gozaba de un ambiente cariñoso, tierno y alegre a pesar de los afanes y fatigas. No le faltaba el amor, la alegría ni el encanto de los hijos. María escribía años más tarde: -"Una casa bonita, un esposo amante y un precioso chiquillo: ¿Qué más quiere una en la vida? "-.
En 1846 nació Eduardo, su segundo hijo. También por ese tiempo experimentaron el primer triunfo político, Lincoln fue elegido diputado. Cuando le preguntaban a María qué pensaba de su esposo ella decía que no se había casado con él por lo buen mozo que era sino porque tenía una magnífica talla de presidente y que sabía que algún día lo sería.
El amor entre ellos casi fue como el apóstol Pablo lo menciona en su carta a los corintios.
En abril de 1848 Lincoln se encontraba en Washington, en una casa de huéspedes y ella en Kentucky visitando a unos parientes. Las cartas, que todavía se conservan nos muestran sus íntimos sentimientos en aquellos momentos de distancia. ¡Cuánto se amaban! Lincoln escribía que sin su amada María -"la vida se me ha vuelto demasiado sosa. . .detesto la soledad de este viejo cuarto"-. A su vez ella escribía: -"En vez de escribir, cuánto daría porque estuviéramos juntos esta tarde. Me siento triste, tan lejos. . ."-. Aquellas palabras escritas con tanto amor son testigos fieles de la felicidad conyugal de la amante pareja.
Sin embargo, con el tiempo no todo fue color de rosa. Las desgracias se les juntaron y contribuyeron a aumentar el nerviosismo natural de María. En el corto tiempo de siete meses murieron su padre y su abuela materna a quienes ella amaba profundamente. Su hijo Eduardo estuvo postrado durante 52 días. El primero de febrero de 1850 aquel segundo hijo amado cerró los ojos para siempre.
En aquel mismo de 1850 nació Guillermo, un niño dotado con las cualidades y carácter de su padre. Guillermo fue como un bálsamo para María y se convirtió en el mimado de la casa. El cuarto y último hijo nació cuatro años más tarde y heredó la impulsividad de su madre, la viveza y también el gusto por la diversiones.
Muchas cosas y situaciones políticas sucedieron entre los años de 1850 al 60 pero no es tema de esta historia la trama de la vida política de Lincoln y María sino su vida matrimonial.
Llegamos entonces a saber que durante más de 15 años María disfrutó junto a su esposo de una tranquila vida burguesa. Pero aquellos años de felicidad plena llegaron a su fin. De allí en adelante se vio asediada por la crítica y las malas intenciones de algunas personas que la rodeaban. Fueron años de sinsabores, enfermedades y dolor. La nación se hacía pedazos, el presidente electo era victima de toda clase de críticas y rechazos. Por su parte María se despedía de sus amigas y vecinas de Springfield a quienes extrañaría sobremanera. El tiempo pasaba y la situación era cada vez más comprometida. Las hostilidades no cesaban y como si esto fuera poco tampoco las intrigas ambiciosas de la sociedad capitalina. María se ponía celosa cuando otras mujeres galanteaban a su esposo, ya le había advertido sobre esto a Lincoln diciendo: -"No me gustan los flirteos con esas casquivanas. . .¡como si fueras un jovencito imberbe recién salido del colegio!.
Él respondía vehemente: -"Pero mujer, con alguien tengo que hablar. No puedo estarme ahí clavado como un bobalicón, sin decir una palabra"-.
¡Cuánto mal pueden hacer algunas personas que no aceptan que un hombre ame a una mujer de tal manera que no necesite coquetear con otras! Prueba de ese amor lo demuestra un incidente que tuvo Lincoln en una reunión social.
Cuenta la historia que cierta dama que estaba conversando con el presidente notó que éste no le prestaba mucha atención por estar mirando a su esposa. Él, al verse tomado in fraganti dijo: -"Mi esposa está tan hermosa hoy como en sus quince. Yo, que era entonces un pobre diablo, caí en sus redes; y lo que es peor, nunca me he podido zafar"-.
Con sabiduría y sagacidad femenil María trataba por todos los medios a su alcance de distraer a su esposo, a veces sacándolo a pasear para que respire aire puro y otras invitando al desayuno a un grupo de buenos amigos que contaban chistes y anécdotas que hacían reír a Lincoln quien a su turno contaba las suyas. Esto le ayudaba a luchar contra sus repetidos accesos de depresión espiritual y le comunicaba a su esposo una cualidad suya que él no poseía; su naturaleza vivaz e infantil alegría de vivir. Lincoln la buscaba cada vez que tenía necesidad de descanso; le gustaba sentarse o tenderse a leer, sobretodo y generalmente la Biblia, en un canapé de su cuarto o conversar un rato quitándose los zapatos para descansar. ¡Qué remanso y alegría puede dar una esposa amante que piensa, como dice la Biblia, más en el otro que en sí misma! Así dice el apóstol Pablo; ". . . el amor no busca lo suyo".
Hubieron tiempos de peligro en los que Lincoln debía salir de Washington, el general Scott insistió en que la esposa del presidente con sus hijos debía salir de la ciudad pero ella preguntó: -"¿Vendrás tú con nosotros?-¡Imposible abandonar la ciudad en semejante trance!-respondió él. -- Entonces, yo tampoco te dejaré solo en trance semejante"-.
Tal como dijimos antes, las penurias y desgracias fueron de mal en peor. En febrero de 1862, Guillermo cayó gravemente enfermo de una fiebre hepática, los médicos leyeron un informe terrible el 17 de ese mismo mes que decía: -"La enfermedad es incurable"- Tad, su otro hijo, cayó enfermo al parecer del mismo mal en aquellos días. El 20 Guillermo cerró sus ojos al caer la tarde terminando su lucha por sobrevivir. Los funerales se llevaron a cabo mientras María, enferma en la Casa Blanca, y terriblemente angustiada y deshecha por el dolor, no podía asistir. Recordemos que Eduardo, su primogénito había partido de esta tierra y que ahora, con la partida de su predilecto, el destino le jugaba una vez más una mala pasada. Antes se había recobrado gracias a su juventud y al nacimiento de dos hijos más pero ahora, ya no había juventud, la salud quebrantada, viviendo una época de guerra, de suspicacias, odios y calumnias, le resultaba muy difícil reponerse.
El miércoles 12 de abril de 1865, Lincoln, mediante una esquela invitaba a su esposa a dar un paseo en coche el viernes 14. Debían volver temprano pues esa noche asistirían al Teatro Ford para una velada. El paseo de aquella tarde los había hecho sentir más juntos aún de lo que estuvieron anteriormente. En el palco, esa noche, Lincoln se levantó y puso un abrigo en los hombros de María quien se acurrucó muy junto a él mientras decía: -"¿Qué pensará la señorita Harris de verme así?"- (Era una de las invitadas al palco) -"La señorita Harris no pensará nada"- respondió Lincoln con una sonrisa afectuosa. Estas fueron sus últimas palabras. Un estampido y sucesivos gritos en aquel palco presidencial fueron los que siguieron. María, frenética se arrojó sobre él cubriendo su inconsciente rostro de besos mientras le pedía que la llevara con él.
Desde aquella noche y tras los años posteriores, su más ardiente deseo fue -"descansar al lado de mi adorado esposo"-.
Cuando faltó Lincoln, su hijo Tad fue el consuelo de la madre. Sin embargo todavía faltaba un nuevo golpe del destino. En el año de 1871 Tad era un muchacho de 18 jóvenes años, alto y bien parecido. Pero en mayo de aquel mismo año enfermó y murió en la segunda semana de julio. Por cuarta vez el alma de María se llenaba de terrible dolor ante otra pérdida irreparable, la cuarta en su vida que dejó postrada en cama a esta mujer luchadora.
Esa tragedia no fue la última, cuatro años después Roberto, su otro hijo con quien las relaciones no habían sido tan estrechas como con los otros, la hizo llamar a juicio a causa de su manía de comprar de todo, lo que estaba acabando con el patrimonio de la familia. Para demostrar que estaba loca la hizo examinar por algunos profesionales quienes decretaron demencia y la enviaron a un manicomio. Un año más tarde se anuló el decreto de demencia y pasó el resto de su vida en Europa acompañada de sus recuerdos y resentimientos. Cuando por fin regresó a Springfield, después de 40 años de haber salido de la casa de los Edwards, fue para sentarse en un sillón de inválido tras oscuras cortinas corridas y anhelando el momento de partir al lado de su amado esposo. El 16 de julio de 1882 entregó su alma al Señor y fue enterrada al lado de su amor.
-"Cuando pueda descansar a su lado, volveré a tener consuelo, ¡Oh, qué larga es la espera"-. Estas fueron casi sus últimas palabras.
He aquí una historia de amor que pudo haber sido la de cualquiera de nosotros. Tal vez no habremos sido presidentes pero qué fuerza tiene el amor verdadero cuando Dios le da el poder de continuar a través de los reveses de la vida.
Qué nuestro Señor nos recuerde cada día que . . .
-"el amor nunca deja de ser". ( 1 Corintios 13:8)
Dios te bendiga