"La guerrera de Laguna"
Anita
Por Rubén O. Flores


"Porque fuerte es como la muerte el amor. . . Las muchas aguas no podrán apagar el amor, Ni lo ahogarán los ríos." (Cantares 8:6-7)
"El amor que se sacrifica es. . . una forma de amar que trasciende los límites del amor. Es una forma de amar que no se puede limitar por ningún código moral."
Reinhold Niebuhr 

Hace unos días escuché el comentario de una mujer que compartía su pensamiento acerca de la posible muerte de su esposo. Esto no sería tema de un artículo ya que todos en algún momento hemos conversado sobre la grave enfermedad de algún ser querido. Yo mismo he sentido dolor pero también alivio por la partida de mi madre que durante años sufrió y sufrimos todos a su alrededor por sus muchos problemas de salud. El caso de esta mujer es diferente, ¿o tal vez no tanto? Para ella, según expresaba, el fallecimiento de su esposo era más un descanso que un dolor, pero no un descanso por haberlo visto sufrir sino porque no había habido amor en su matrimonio el cual en realidad le había sido una carga más que un motivo de felicidad.

Creo que, como el caso de esta señora hay muchos en el mundo, sin embargo, hay miles que han demostrado lo contrario, que el amor en una pareja sí puede existir a pesar de todo contratiempo y que el matrimonio es una realidad instituida por el Señor para que los seres humanos podamos saborear el verdadero sentido del amor creado por Él.
Uno de estos ejemplos es el de Ana María de Jesús Ribeiro da Silva, la guerrera de Laguna, o como la llamaron algunos, la "gaúcha" de Laguna. La habían casado sus padres con Manuel Duarte, un hombre con oficio de zapatero. Una persona indolente, dada al alcohol cuya vida no le daba a Anita ningún incentivo para continuar una vida matrimonial. Sin embargo la situación no duraría mucho tiempo más. Eran días bravos en Brasil. Su ciudad, capital del Estado de Santa Catalina, había sido tomada por los farraposos (harapientos), como llamaban a los revolucionarios que unos años antes se habían levantado contra el emperador Pedro II y proclamado la República de Río Grande do Sul. 
Corría el año de 1839, Julio no iba a ser un mes más de los tantos que había sufrido Anita, sino el mes que cambiaría la vida de aquella hermosa muchacha de 18 años que caminaba por la orilla de la playa buscando cada día la paz que su matrimonio no le había dado. Pensaba si tal vez aquellas olas podrían traerle una nueva vida, esa vida que ella creía merecer como cualquier muchacha de su pueblo y que ansiaba tan imperiosamente. 
Mientras tanto, en otro lugar, marinos subían y bajaban pertrechos de varios barcos que habían anclado en el puerto. Desde uno de ellos, un hombre rubio de ojos azules de unos treinta años, espiaba con su catalejo la figura alta, fuerte, de un andar altivo y ojos vivaces que escudriñaban pensativos el horizonte desde la playa. El hombre, que no era otro que el famoso Giuseppe Garibaldi, quedó flechado de inmediato por aquella joven. Laguna estaba en poder de los republicanos, y el esposo de Ana, enrolado por los imperiales, había huido con el resto de las tropas. Por su parte, ella, cuyas simpatías estaban del lado de los alzados contra Pedro II, y a pesar de los recientes recuerdos de su matrimonio, se sentía libre por partida doble, libre de su marido y libre del gobierno imperial. Garibaldi, en tanto, había tenido que romper sus ataduras sentimentales porque la sobrina del presidente Bento Goncalves, presa por las circunstancias en la estancia de La Barra, era un imposible para él. 
Flechado por la belleza de la muchacha de 19 hermosos años, averiguó donde podía ubicar a Anita y en cuanto pudo bajó del barco y se presentó en la casa. Alto y fornido combatiente, con poncho y chambergo que contrastaban con su pinta de gringo rubio de ojos celestes, avanzó, impresionado por aquellos ojos que le robaron el corazón. 
"Nos quedamos estáticos y silenciosos los dos -contó después en sus memorias-, mirándonos como dos personas que no se ven por primera vez. Finalmente la saludé y le dije: 'Usted debe ser mía'." 
Anita, como toda mujer vehemente y fogosa no hizo esperar mucho al italiano. No se tiene certeza si él la raptó o juntos fugaron pero lo cierto es que el zapatero Duarte quedó sólo como un mal recuerdo. Sin tomar en cuenta el estado matrimonial de Anita, vivieron un tiempo en la ciudad hasta que las murmuraciones arreciaron de tal forma que finalmente debieron instalarse en uno de los barcos. La Itaparica, nave insignia de las fuerzas insurgentes, les acogió entre saludos de la tripulación, olor a pólvora, preparativos de combate y canciones de guerra. 
El 15 de Noviembre de 1839 comenzó la verdadera vida de la heroína que selló la historia de Laguna, porque ese día se libró la célebre batalla naval de Laguna. La nave imperial Andorinha, de mayor envergadura que la Itaparica, se acercaba preparada para el ataque. Garibaldi ordenó a Anita que bajara a tierra mientras él se preparaba calculando que el combate no sería nada liviano. Ella, como se puede esperar de una mujer con su naturaleza, decidió ocultarse por un rato y cuando la batalla arreciaba saltó a cargar las armas y a ayudar en todo lo que fuese posible a los marineros. En un momento, cuando comenzaron a faltar armas y municiones, tomó una falúa (embarcación ligera, alargada y estrecha) y efectuó como una docena de viajes para transportar lo necesario. 
Así, entre gritos, insultos y ayees de los heridos, Anita se va convirtiendo en la leyenda de la "guerrera gaúcha". Garibaldi trata de mirarla en cuanta ocasión puede, la ve luchar a brazo partido, acompañar a los heridos, consolar a los que sufren y desplegar un coraje a toda prueba. La admiración del italiano va creciendo a cada momento junto con el respeto y la admiración de los insurgentes y aun de sus enemigos. También sucede lo mismo en el corazón de aquel gringo aguerrido para quien desde esos días, a su amor por Anita se agrega también la admiración hacia esa tremenda compañera de batalla. 
Si bien al comienzo de aquella batalla parecía haber victoria, finalmente deben unirse al ejército de tierra y esconderse en medio de la selva. Ella luchará codo a codo con "su hombre" en Santa Victoria, en Natal y Curitabanos. Giuseppe comenta de ella que es: "la reina de mi alma, que estaba tan interesada como yo en los asuntos del pueblo". Pero no todo es pasión y suerte. En un combate particularmente cruento Anita cae del caballo derribado por el enemigo y es hecha prisionera por el comandante imperial Melo Albuquerque. Piensa que su amado Giuseppe también cayó en combate y solicita al comandante enemigo que le facilite un caballo para buscar el cadáver de su hombre, pero el amado no está entre los muertos sino con los vivos. Esto provoca en ella dos sentimientos distintos, uno de alegría por saberlo vivo y otro de temor por pensar que pueden utilizarla a ella para atraerlo a él a la muerte. Sin miedo alguno y con la valentía que la caracterizaba, sustrae un caballo y huye rápidamente a todo galope. Una huída que sus contemporáneos calificarían de espectacular y que se muestra fielmente en la telenovela "Siete Mujeres".
Sin descanso y a través de la selva, después de ocho largos días casi sin alimento y embarazada, logra llegar milagrosamente al lugar en el que se encuentran las tropas de Garibaldi. Su primer hijo Menotti, nace el 16 de septiembre de 1840, en Mostradas, en la región de Laguna Dos Patos con una pequeña deformación craneana, quizá producto de su caída del caballo. Cuentan que el único pañal del bebe es una bufanda paterna. Es apresada varias veces pero siempre logra escapar. En esta ocasión e inmediatamente después de haber parido logra, una vez más, fugarse a caballo con el niño. Más tarde Giuseppe contaría: -"Sólo el coraje de Anita logró salvar a nuestro hijo".- 
La Revolución Farroupilha (Revolución de los Harapientos) dura unos 10 años. Garibaldi lucha a las órdenes de Bento Goncalves unos 6 años y tras una dispensa de éste último, la pareja parte en 1841 hacia Montevideo.

Siempre digo que no existe la pareja perfecta, no lo fueron Adán y Eva tras haber permitido que Satanás les tentara e hiciera caer en el Huerto del Edén, tampoco lo seremos nosotros hasta estar en la presencia del Señor. Pero sí existe ese amor del cual habla el autor de Cantares a lo largo del libro. Después de nuestros 45 años de matrimonio con mi amada esposa, podemos llegar a decir que estamos acercándonos a la felicidad matrimonial teniendo en cuenta lo que dice el apóstol San Pablo: 12Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; 13soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. 14Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto." (Colosenses 3:12-14).
Continuando con esta hermosa historia nos encontramos con que el gallardo italiano, fornido y varonil, así como despertaba no pocas pasiones entre las damas de la región, también lo hacía con Anita quien tuvo más de un ataque de celos a causa de las escapadas de su hombre. Se dice que en una ocasión lo encontró "in fraganti" y armada con dos pistolas juró matarlos, a él con una y a la amante con la otra. Sin embargo, a pesar de semejantes deslices jura y asegura amar a Anita negándose a renunciar a su amada gaúcha. A la muerte del zapatero Duarte la pareja finalmente se presenta delante de Dios y contrae nupcias el 26 de marzo de 1842 en la iglesia de San Francisco de Asís, en Montevideo. Luego de su primer hijo, Menotti, nace Rosita, que muere de difteria antes de cumplir dos añitos, luego vendrían Teresita y Riciotti.
Algunos años más tarde Anita con sus tres hijos viaja a Italia. Allí encuentra que los piamonteses solicitan que Garibaldi les ayude en su lucha contra los austriacos. Ella prepara entonces el regreso del esposo a su tierra natal justamente en un momento en que el país está dividido y en guerra contra españoles y franceses. Garibaldi inicia así la segunda etapa de sus luchas y de su vida. Una vez más Anita demuestra su entereza y coraje, se enfunda en una camisa roja, un sombrero gaucho, sable, pistola y con un embarazo de cinco meses, lucha junto a su compañero, esposo, amigo y amante combatiendo contra los franceses frente a las mismas puertas de Roma.
Garibaldi es derrotado tres veces, en ésta última se ve obligado, junto a su amada Anita, a huir y refugiarse en la pequeña república de San Marino. Como debe abrirse camino luego a la ciudad de Ravena, insiste con denuedo a su mujer que descanse y espere el parto en el refugio sanmarinense. Ella se niega, no puede abandonarlo como muchos de sus soldados. Considera que él está pasando por momentos graves y debe acompañarlo ya que le quedan sólo unos pocos combatientes fieles.
Si creemos que Anita descansará estamos equivocados. Giuseppe cuenta: --"La consideración de que yo me adentraba en una existencia terrible, llena de sufrimientos, privaciones y peligros, en medio de incontables enemigos, solo influyó positivamente en la valerosa mujer... En la primera casa que alcanzamos se hizo cortar el pelo, vistió ropas de hombre y montó a caballo."-- El esfuerzo, sobrehumano para una mujer cuyos últimos años han sido de desgastes y rudezas, será el último. Perseguidos a tiro limpio por los austriacos en cuanto abandonan los muros de San Marino, emprenden una dura travesía por los pantanos del norte de Ravena. La fiebre la consume, y deciden hacer un alto en una playa, cerca ya de la ciudad. Se logra, incluso, amparados en la oscuridad de la noche, que un médico la auxilie en el trance difícil, pero su suerte está echada. Un lugareño pregunta a Garibaldi: --"¿No podríamos dejar a su mujer?"-- La respuesta es tajante: --"¡Usted no sabe lo que esta mujer ha hecho por mí!". 
Finalmente y ante tanta presión, Anita fallece a la siete de la noche del 4 de agosto de 1849 a la edad de 28 años en Mandriole. Giuseppe, sin tener en cuenta que los austriacos estaban a un paso, grita entre sollozos: --"¡No está muerta!"--. El enemigo se aproxima y el valiente italiano debe forzosamente que escapar. Entierran precariamente el cuerpo de la amada Anita en medio de la arena y huyen. Dicen que unos perros descubren la precaria sepultura y tratan de desenterrar el cuerpo pero son sus enemigos, deslumbrados por la fiereza de aquella joven desgastada por sus hazañas en tres guerras, quienes le dan una digna sepultura. 
Giuseppe no logra reponerse de aquel día en que, en la arena de aquella playa, dejó enterrado su corazón. Solo diez años después de haberla perdido, Garibaldi se animó a casarse de nuevo, pero sólo por apenas 24 horas ya que su flamante esposa tenía un amante. Volvería a hacerlo tres años antes de su deceso. Él, que sobrevivió a su amada poco más de tres décadas, anciano y desengañado de las veleidades de la política, no ocultaría que aquel día aciago, en aquellas arenas, le había sido arrebatado el corazón. 
En Laguna, una estatua y la casa convertida en pequeño museo recuerdan a su principal heroína, Anita, la "guerrera gaucha".
¿Qué podemos agregar a semejante historia?
Creo que la exhortación del apóstol San Pablo es suficiente para recordarnos que los derechos de los cónyuges también implican responsabilidades por ambas partes para llevar al éxito a un matrimonio. Él escribió lo siguiente:
18Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. 19Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas."
Si es que deseamos vivir una vida matrimonial sin contratiempos, veremos que eso es imposible. Pero si nos esforzamos en la comunicación y comprensión de que, como seres humanos imperfectos caminamos en pos de la perfección que es Cristo Jesús, podremos, sin escatimar esfuerzo alguno, llegar a lograr un matrimonio, no perfecto pero sí coherente.
Dijo Dios a Josué: "Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente, no temas ni desmayes porque yo, tu Dios, estaré contigo donde quiera que vayas" (Josué 1: 9) 
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Dios bendiga tu vida, matrimonio y familia.
Rubén O. Flores