Hay parentescos que todavía no tienen nombre
El nuevo rostro de la familia
Por Rubén O. Flores
Encontré en una publicación una reflexión sobre las familias modernas que me causó gracia pero también tristeza:
"¿Cómo se llama la nueva esposa del padre de la madre? ¿Y el medio hermano del marido de la madre? ¿Y el tío del hijo de la mujer del padre? Hay parentescos que todavía no tienen nombre, aunque en la práctica las relaciones existen y los nuevos vínculos van ganando espacio en los álbumes familiares. Hijos extramatrimoniales; parejas que deciden no tenerlos; mujeres solteras que quieren tener hijos y criarlos solas; padres separados que conviven con ellos los fines de semana; hogares donde las mujeres son las principales proveedoras económicas; parejas que traen al nuevo hogar a sus hijos de matrimonios anterio-res; hijos que sostienen económicamente a padres no tan mayores. Todos son ejemplos de un mismo fenómeno: familias que, por diversos motivos, escapan del modelo tradicional."
Podríamos agregar en estos tiempos un parentesco más,
¿Cómo se llama el hijo del hombre que se casó con mi tío?
Creo que algunas familias de nuestros días extrañamos aquellos tiempos en que cada miembro tenía su espacio, su lugar y sabía ciertamente de dónde y de quien provenía.
Recuerdo que el tiempo en mi niñez parecía no pasar nunca. Las tardes calurosas de mi Rafaela natal (ciudad-o departamento- de la provincia de Santa Fe) pasaban aburridas y aletargas mientras los mayores dormían su consabida siesta. Yo me escabullía mientras tanto al altillo de la casa de mi abuelo, en donde vivíamos con mis padres y tíos. Me bastaba con buscar en un baúl viejo algún montón de fotos, con la complicidad de alguno de mis primos, revolvíamos y encontrábamos cosas que él guardaba celosamente, las mirábamos para viajar mentalmente por lugares que no conocíamos y fantasear acerca de quiénes éramos y qué hacíamos allí.
Al abuelo se lo llamaba "El papá" y tenía la particularidad de ordenar a toda la familia lo que se debía hacer, era "el anciano", digo anciano en el sentido de "autoridad" tal como ocurre todavía en algunos lugares.
También recuerdo que a los novios se los presentaba primero al "papá" y él daba el OK, después de algunos años de "conversaciones" de los novios en el living de la casa y de la aprobación familiar se nos reunía a todos para confirmar formalmente el noviazgo con un par de anillos y un compromiso ante la familia y amigos íntimos.
También me acuerdo de los manteles y sábanas bordados a mano que mi tía Filomena, Filo para todos, bordaba con exquisito buen gusto. Los caldos de gallina no eran Light ni en cubitos sino de la pobre "Juanita", la gallina con nombre que a todos nos parecía como de la familia y que finalmente, a instancias de la necesi-dad, terminó en la olla familiar. La miel se extraía de los panales que mi tío Miguel (Lito) tenía en el fondo del jardín. Cada fin de año cuando nos reuníamos todos, hijos, nietos, novios y novias, allá en Rafaela, mi abuela servía a los mayores una copita de guindado casero que mi padre saboreaba con deleite. Cuando todos se levantaban de su descanso, los más chicos esperábamos el mate cocido con leche (una infusión a base de yerba mate) para poder saborear los escones, unas riquísimas masitas cocinadas al horno de barro que mi abuela Ana servía mientras nosotros no podíamos esperar a que se enfriaran para poder saborearlos.
Me daba gusto y me sentía orgulloso de pertenecer a aquel clan familiar. Teníamos una historia, un árbol genealógico que me daba la posibilidad de continuarlo, y de cierto, continúa hasta nuestros días con Daniel, el mayor hoy de 43 años y Eduardo, el menor y pastor que continúa el ministerio. Siempre pensé en que pertenecía a un grupo de personas unidas por un apellido de relevancia. Si bien los mayores tenían sus diferencias, en la práctica nos sentíamos orgullosos de pertenecer a una comunidad en la que se nos respetaba como una "familia de bien". Aún hoy, después de casi cien años se nos reconoce y respeta en Rafaela.
Los abuelos ya no están, mis padres tampoco y mis nietos están creciendo en un mundo que cada día tergiversa más y más los preceptor familiares divinos. Gracias a Dios mis hijos y nietos están en el camino correcto pero, ¿qué de las familias a nuestro alrededor? ¿Y qué de la Palabra de Dios en cuanto a la familia?
Leemos en la carta que el apóstol Pablo escribió a la iglesia de Éfeso en el capítulo 3 versos 14 y 15 lo siguiente:
"Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra".
Cuando leí este pasaje me di cuenta de qué era lo que sirvió en mi niñez para poder crecer como persona de bien. Teníamos un orden familiar, y si bien ninguno se había entregado a Jesucristo, todos teníamos una identidad como seres componentes de una familia dentro de una comunidad.
La Biblia nos enseña acerca de una identidad familiar aún más profunda que la que viví cuando niño. Esa identidad proviene de Dios como Padre de nuestro Señor Jesucristo. Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo son en sí mismos como una familia divina. Veamos esto, Pablo hace mención de un punto importante, la familia toma su verdadero sentido cuando Dios entra a formar parte de ella. También vemos que presenta a Jesucristo como la nueva meta y elemento dinámico de la vida, de la conducta humana en particular y de la conducta familiar dentro de un contexto como comunidad.
Entiendo que el rostro de la familia ha cambiado cuando lo hizo primeramente el significado del amor.
Un autor y filósofo argentino escribió lo siguiente:
"Hoy el amor gana proyección como bandera de reivindicaciones sectoriales y materia renovada de debate público. Allí están para probarlo los homosexuales y aun los travestis, las iglesias y los políticos. Voces hasta hace poco inéditas vienen a sumarse a las tradicionales, y hasta logran predominar sobre ellas en la concepción de lo amoroso; tanto en el espectáculo y las artes como en el campo de los derechos humanos y en la reconfiguración de los temas sociales." Y mas adelante agrega. . ."Es obvio que la institución del matrimonio se ha visto desacralizada por buena parte de las parejas heterosexuales. Y ello, curiosa-mente, en la misma medida en que muchas parejas homosexuales la reivindican como un derecho y un ideal."
Diríamos entonces que es obvio el alejamiento cada vez más de los preceptos divinos, decimos creer en Dios pero no aceptamos su autoridad, nos declaramos cristianos pero nos da igual cualquier tipo de familia, necesitamos ser incluidos en una comunidad pero no queremos perder nuestra individualidad. Decimos de-fender el concepto de familia pero los cambios sociales más recientes han provocado una verdadera crisis en dicho concepto. Hoy se prioriza la realización personal antes que la del matrimonio como un equipo con una meta divina, la de dejar padre y madre y unirse a fin de procrear y formar una familia según el concepto de Dios, lo cual creo, genera una expectativa de felicidad mucho mayor que la del individualismo.
De hecho, entiendo en este sentido como real y prioritario, lo escrito por el apóstol Pablo a los filipenses
en su capítulo 3 verso 12 al 16:
"No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. 13Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, 14prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. 15Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. 16Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa."
Finalmente, creo oportuno resaltar el verso 16 que dice: "Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa".
La pregunta que surge en mi mente es: ¿A qué hemos llegado los cristianos? Sin lugar a dudas estamos en tiempos finales, la tergiversación de la doctrina apostólica y los cambios en las legislaciones vigentes en algunos países nos muestran que ahora más que nunca tenemos un desafío por delante. Aclaro, lo que decimos y creemos no tiene que ver con la bondad o maldad de las personas que han elegido ese otro modo de vida sino de valores morales que han surgido de las enseñanzas de la Biblia a la que decimos profesar.
Volvamos a mostrar al mundo lo que realmente significa una familia cristiana, no con el nuevo rostro que quieren mostrarnos como un nuevo modelo emergente dejando de lado las estructuras tradicionales y mandamientos divinos, sino como aquella que ha tomado nombre de quien la fundó y la preserva desde el principio de los tiempos, nuestro Dios ". . . Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra.
Dios nos bendiga y siga dándonos fuerzas para ser elementos leudantes en el seno de nuestra comunidad, una levadura que cambie la masa en la que el mundo quiere introducirnos. Defendamos el derecho de nuestros hijos y nietos a tener su historia, sus recuerdos de familia y su árbol genealógico, pero no como lo quiere el mundo sino como Dios lo ha prescrito.
En el amor de Cristo.
Rubén O. Flores