Cuando golpea la crisis
Fracasar no siempre es fracasar
Por Samuel O. Libert
"Algunos fracasan porque no realizan su vocación. Otros lo hacen porque no la descubren.
Y también hay quienes fracasan precisamente en su vocación”
El fracaso es una experiencia íntima. Generalmente, no deseamos que otros conozcan nuestra derrota y procuramos conservar el secreto. Sólo los seres más allegados reciben alguna vez la dolorosa confidencia en que reconocemos nuestro fracaso. Y eso ocurre porque el fracaso constituye una experiencia doblemente dolorosa.
En primer lugar porque la sola conciencia de] fracaso nos deprime. Nos sentimos aplastados por la adversidad, descorazonados, tristes. A veces nos acusamos a nosotros mismos con toda dureza, autoimputándonos ineficiencia, descuido e inercia. Otras veces nos sentimos incomprendidos y culpamos a los que nos rodean.
En segundo lugar es doloroso porque el fracaso nos duele mucho más cuando nuestras relaciones se enteran. Si nuestra derrota fue pública, o si nuestro secreto se conoce, entonces nos sentimos tan avergonzados que quisiéramos que nos tragara el abismo. Por eso el fracaso es una experiencia harto desagradable. Tanto lo es que a todos nos interesa evitarla. En realidad, es un trance que nuestra naturaleza repudia con todo el vigor de la razón y el instinto. Como decíamos arriba, algunos fracasan porque no realizan su vocación. Otros porque no descubren su vocación. Pero también hay quienes fracasan precisamente en su vocación. Por supuesto, hay distintas clases de fracaso y por sobre todas las cosas... ¡no siempre fracasar es «fracasar»!
LOS ACCIDENTALES
El fracaso accidental es una peripecia común en casi todas las aventuras de la vida. Es una derrota pasajera, como el intento fallido de un atleta que una y dos veces fracasa al arrojar el disco, hasta lograr en el tercer esfuerzo la marca deseada. Estos «pequeños fracasos» son casi siempre alternativas inevitables de la vida cotidiana. Unas veces nos afectan más que otras, porque la magnitud que les atribuimos guarda relación con nuestros estados de ánimo.
En primer lugar, están los tropiezos sencillos y comunes. Un tropiezo es un estorbo en el camino. A veces perdemos el equilibrio porque nuestros pies tropiezan en una pequeña piedra en el camino; no la habíamos visto. Lo mismo nos pasa en otros aspectos. Una palabra mal interpretada, una equivocación al citar un conocido versículo bíblico, un error histórico cuando predicamos, etcétera, son cosas que producen una ocasional y breve sensación de fracaso. Lo mismo ocurre cuando nos equivocarnos en una responsabilidad musical (por ej., en la dirección del canto), o sufrimos un contratiempo al confundir a una persona con otra. Estos tropiezos se olvidan prontamente y rara vez dejan cicatrices.
En segundo lugar, hay fracasos accidentales que son más constructivos. Una cosa es tropezar con una raíz que no habíamos visto y otra cosa es encontrarnos con un río, una montaña o un precipicio, sin poder continuar. En un recodo de] camino surge una dificultad que parece insalvable. Para llegar a la meta hay que rehacer lo andado. Hay que empezar de nuevo y buscar otro pasadizo. El fracaso se transforma así en un reto a la perseverancia. Hay científicos (por ej., los investigadores que procuran hallar fórmulas para vencer el cáncer, o el SIDA) que fracasan muchísimas veces en sus experimentos, esperando que su constancia resulte alguna vez en la victoria. Todos hemos admirado a los alpinistas que insistieron sin éxito en múltiples tentativas de conquistar una cumbre jamás hollada por el hombre, hasta que finalmente esa montaña fue vencida y ellos lograron el triunfo.
En tercer lugar, también están los fracasos accidentales que no lo son tanto como parecen. Por ejemplo, este es el caso del joven que no aprueba un examen a causa de su negligencia. Tales fracasos por irresponsabilidad podrían responder a una «tendencia al fracaso», una búsqueda inconsciente de algún tipo de derrota.
FRACASOS REALES
El fracaso real, o «fracaso propiamente dicho», es una experiencia trascendental que se extiende a diversos aspectos de la vida y da origen a muchos conflictos. El fracaso adquiere así una suerte de dinamismo propio que actúa hacia adentro sobre la vida psíquica, y hacia afuera sobre nuestras relaciones con el mundo exterior. Desde luego, ambas expresiones («hacia adentro» y «hacía afuera») son figuradas, pues se trata de manifestaciones de una misma crisis. Un fracaso de esta naturaleza puede afectar la integración de la personalidad, modificar las actitudes y alterar el curso total de la existencia. Sin duda hay fracasos que son imputables a nuestras fallas, y hay otros determinados por causas ajenas a nosotros mimos.
En la categoría de fracasos reales se cuentan los relativos a la vida familiar o sentimental. Un hogar destrozado, una infancia desdichada, un romance malogrado y otros hechos semejantes. Todos ellos ponen notas de dolor que hieren a través de los años y a veces engendran otras derrotas: alcoholismo, drogadicción, suicidios, etcétera, como fruto de su terrible poder depresivo. Si tal persona está desprovista de los recursos ofrecidos por la fe cristiana se deslizará por un tobogán de fracasos sucesivos. ¡Hasta hay cristianos que sucumben ante la adversidad por no haber desarrollado sanamente los mecanismos de defensa propios de la fe!
Al comienzo de este artículo hemos aludido a tres clases de personalidades fracasadas:
1) Los que no pueden realizar su vocación: Son los que a causa de dificultades económicas, desastres personales, enfermedades, conflictos familiares, etcétera, interrumpen su carrera o directamente no la inician, por eso nunca alcanzan la meta que se habían propuesto;
2) Los que no descubren su vocación: Son los que por falta de asesoramiento idóneo (¿y falta de oración, tal vez?) están desorientados. Entre ellos se encuentran los que siguen -ciegamente- los objetivos supuestamente vocacionales que les han indicado sus padres y maestros, sin investigar dentro de sí mismos sus condiciones. Cuando los mayores deciden que «este niño será pastor», «esta niña será pianista», caprichosa o emocionalmente, escriben así las primeras páginas de una historia de fracasos en terrenos a los que no fueron llamados. Así hay muchos que marchan en el párrafo siguiente;
3) Los que fracasan en su «vocación»: Hay graduados universitarios, ministros religiosos, etcétera, ¡que no encuentran placer alguno en el ejercicio de sus vocaciones! Unos por voluntad paterna, otros por afán de lucro, hasta el punto de crearles múltiples conflictos. Tal vez es que no estén en su verdadera vocación sino en una actividad aceptable a los ojos de otros. Nunca es tarde para analizar qué sucede con nosotros, buscando formas realísticas y prácticas de reorientar nuestras vidas. El lograrlo tal vez no sea tan fácil, pero la inmovilidad y la desidia -<porque ya es demasiado tarde>- puede ser un engañoso disfraz de la apatía. En algunos casos suele ser prudente acudir a un especialista (por ejemplo, a un psicólogo o a un psiquiatra, de preferencia evangélico; o tal vez a otro pastor), para solucionar problemas inconscientes.
FRACASOS EN LA VIDA CRISTIANA
«A Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús» (2 Co. 2.14). Un cristiano normal, por el solo hecho de permanecer fiel, disfruta siempre esta experiencia propia de una vida victoriosa (Sal. 1.3). Entonces, si un creyente fracasa en su vida cristiana, es un creyente anormal --o tal vez no sea un verdadero cristiano-. Desde luego, un creyente tiene caídas eventuales, pero cuando estas son frecuentes y los buenos frutos no se ven por ningún lado, entonces sí estamos ante un cristiano fracasado.
Veamos tres aspectos del fracaso en la vida cristiana:
En primer lugar, el fracaso en la vida interior. Por ejemplo, la pérdida del gozo y la paz, las que son evidencia del fruto del espíritu. Recordemos simplemente que el verdadero gozo es «en el Señor» (Fil. 4.4) y que la verdadera paz es «de Dios» (Fil. 4.7 y Col. 3.15). El alejamiento de Dios significará, pues, la pérdida del gozo y de la paz, síntoma de una deficiente relación con el Señor y del fracaso en la vida interior.
En segundo lugar, el fracaso en la vida de servicio. Un cristiano cuya vida interior es deficiente carecerá también de las virtudes adecuadas para ser útil en su iglesia. La utilidad de una vida de servicio es medida por el Señor conforme a los frutos perdurables. En Juan 15.16 leemos: “Os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca”. Un torbellino de acción no siempre es sinónimo de servicio cristiano ni de genuino éxito. Según la Biblia el único fundamento sobre el cual edificamos es el Señor Jesucristo (1 Co. 3.10-15). Si El no está en la base, toda tarea que se emprenda está destinada a fracasar, aunque esté adornada con el resplandor de una eficacia ilusoria o de convincentes prácticas, vocabulario y rutinas religiosas.
En tercer lugar, el fracaso en el testimonio personal ante el mundo. El fracaso de nuestra vida interior y de nuestro servicio cristiano tendrá como corolario un testimonio deficiente, que producirá víctimas entre nuestros familiares y nuestras relaciones en general. Jesús dijo «vosotros sois la luz de] mundo» (Mt. 5.14). Deberíamos iluminar al pueblo, pero nuestra vida en sombras puede dejarlo en tinieblas. Este, para muchos, sería el peor de los fracasos.
LOS NECESARIOS Y APARENTES
Hay fracasos necesarios, -o fracasos aparentes---, por los que no debemos sentirnos culpables. Cuando nuestra misión ha sido cumplida fielmente -y sin lograr los resultados personalmente esperados- no puede imputársenos responsabilidad alguna. Un cirujano no es culpable si, a pesar de sus conocimientos sus solícitos cuidados y sus muchos recursos técnicos, el enfermo fallece en el quirófano. No podemos culpar a Jeremías porque el pueblo haya mantenido su idolatría a pesar de su ministerio profético. Ni podemos hacer responsable a Jesús por su aparente fracaso al intentar reunir a los hijos de Jerusalén «como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas» (Lc. 13.34). Esta clase de fracasos ya se menciona en el Antiguo Testamento: «Si tú amonestares al impío, y él no se convirtiere de su impiedad y de su mal camino, él morirá por su maldad, pero tú habrás librado tu alma» (Ez. 3.19). Indudablemente, estos son «fracasos relativos», de naturaleza absolutamente distinta a los demás casos mencionados previamente. Pero cabe recordar que ni el riesgo, ni aun siquiera la certeza- de fracasar de esa manera pueden excusarnos del deber moral de asumir con fidelidad todas las responsabilidades propias de nuestra verdadera vocación.
ANALIZANDO EL FRACASO
Lo digo de nuevo: es indispensable reconocer la existencia del fracaso. Si hemos fracasado, nada ganaremos con pretender demostrar y convencernos de lo contrario. Los que no admiten sus fracasos viven, quizás, en procura de satisfacciones para su vanidad y huyen de toda confesión que pueda humillarlos. Podría repetir con el poeta Walt Whitman: «Me celebro y me canto a mí mismo.
Si no reconocernos la derrota, es posible que una de las causas del fracaso sea el orgullo. Ante todo fracaso -¡y ante todo éxito!- es necesario un honesto auto examen; hacer nuestra la oración del salmista: «Examíname oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno» (Sal. 139.23, 24). Detrás de muchos fracasos puede estar Satanás sumamente empeñado en hacernos morder el polvo de la derrota. A ello se debe la recomendación apostólica en 1 Pedro 5.8, 9.
No vamos a resumir en este artículo las teorías sicológicas sobre el fracaso porque no tenemos ese propósito. Vulgarmente se pretende que «el fracaso es lo opuesto al éxito», pero esa premisa, tomada muy simplemente, podría llevamos a conclusiones falsas. Es peligroso caer en engañosos juegos de antítesis y llegar a creer, por ejemplo, que la actividad es sinónimo de éxito y que la pasividad es sinónimo de fracaso. No siempre todos los activos son triunfadores ni los más tranquilos fracasan. A veces se consumen las energías en actividades tan inútiles, tan absurdas, que denuncian -como ya dijimos- una “tendencia al fracaso”, una inconsciente voluntad de fracasar cuya señal es el derroche de esfuerzos. Esa actividad puede ilustrarse con los versos de Edgar Allan Poe en su poema Un sueño dentro de un sueño:
«De pie ante el rugir de la costa embravecida, y teniendo en la mano granos de arena dorada:
¡Qué pocos!...
Sin embargo, ¡como se escurren entre mis dedos hacia Las profundidades!
Mientras lloro, mientras lloro, ¡oh Dios!, ¿No los podré sujetar, estrechándolos más? ... »
Así los esfuerzos desorientados se pierden sin sentido, sin propósito, sin frutos, como se consumen inútilmente las energías del que aprieta fuertemente entre sus dedos un puñado de arena. Parece una «búsqueda del fracaso», un extraño deseo de fracasar que se anida en el inconsciente para eludir las responsabilidades y vicisitudes propias de la lucha en pos del verdadero éxito. Esa tendencia confunde a sus víctimas, llevándolas a encauzar sus energías por rumbos improductivos. Tal, por ejemplo, el caso del que empieza muchas cosas sin terminar ninguna, del que mucho abarca y poco aprieta, del que se esfuerza para hacer tantas cosas al mismo tiempo que finalmente fracasa en todas, ¡a pesar de su arrolladora actividad! Es para reflexionar.
Por causa del pecado, la humanidad lleva en su seno el germen de la autodestrucción. Sin ir más lejos, ¡las cumbres más altas de nuestra civilización mantienen bombas nucleares en sus entrañas!
LA BIBLIA Y SUS FRACASADOS
En la Biblia hay incontables fórmulas para todos los conflictos del espíritu humano. Es necesario que los cristianos aprendan a redescubrir en ella los valores allí revelados, para afrontar con sabiduría los riesgos del fracaso. Años atrás, un poeta anónimo suplicaba a Dios que le diera una canción para los seres fracasados:
«Rompe Tú con la gris monotonía que se extiende a lo largo del camino...
Los días son largos y la carga pesa; desfilan ante mi rostros cansados: ¡parecen tan hambrientos y angustiados!
¡Pon alas de canción a su tristeza!»
Y la Biblia tiene esa canción de esperanza para los que fracasan. Ofrece una respuesta al mismo poeta que había rogado al Señor: ¡Dame el quitar del alma fatigada la pena que la abruma con su peso! La Escritura es voz de esperanza para el hombre frustrado. Es un diagnóstico celestial, con el tratamiento divino para los males del espíritu.
Finalmente, hay fracasos según los hombres, y hay fracasos según Dios. Pablo fracasó según los hombres, pero triunfó según Dios: «Cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo» (Fil. 3.7, 8).
Fracasar no siempre es «fracasar».
*CRÉDITOS:
Tomado de la revista “Apuntes Pastorales”, Vol. X – Nº 6, págs. 40-44, 1993
Editado por Desarrollo Cristiano Internacional, San José de Costa Rica.