Quién Dice que es Fácil?
Por Rubén O. Flores
Palacio de las Tullerías, 15 de Enero de 1853
Señora condesa:
Hace mucho tiempo que amo a su hija y que deseo hacerla mi esposa. Hoy acudo a vos para pediros su mano. Nadie es más capaz que ella de hacer mi felicidad, ni más digna de llevar una corona. Si aceptáis, os ruego no divulgar este proyecto antes de que hayamos tomado nuestras disposiciones. Recibid, señora, la seguridad de mi amistad sincera.
Napoleón.
Con esta misiva con membrete imperial, Mocquart, secretario particular de Napoleón III, anunciaba a la condesa de Montijo, su intención de casarse con su hija Eugenia.
El 18 de Enero Napoleón convocó a sus ministros para informarles de su decisión. La mayoría mostró reserva y hubo otros que formularon sus reparos en cuanto a la boda. La insistencia de los reparos versaba sobre la conveniencia de una alianza matrimonial que implicase beneficios políticos a Francia. La boda del emperador generó gran controver-sia. Las cortes extranjeras murmuraban, la familia Bonaparte no ocultó su desacuerdo con aquel enlace y el viejo rey Jerónimo, al enterarse que la prometida no era de clase real, montó en cólera.
Por su parte Alejandro Dumas hijo, célebre autor de La Dama de las Camelias expresó el sentir popular con grandilocuencia escribiendo: “La joven y hermosa condesa de Montijo, graciosa, libre, elegida por su gracia y su belleza por el jefe de la nación más grande del mundo para ocupar a su lado el primer trono del universo, hacía palidecer de repente la importancia hereditaria y consabida de todas las otras princesas de Europa. Era el triunfo del amor sobre los prejuicios, de la hermosura sobre la tradición, de los sentimientos sobre la política. Era el advenimiento de la libertad, incluso de la fantasía, en los dogmas rígidos y consagrados de la monarquía.”
Incomprendida y muchas veces criticada por sus acciones, Eugenia fue una mujer como miles en todo el mundo en que los prejuicios y malentendidos, detrás de un París monumental y trastocado por la inestable política europea, fueron la constante.
Muchos años antes, en otro imperio nacía una mujer cuya belleza y carácter ganaron el corazón de otro rey, el de Asuero rey de Persia. Dios combinó en ella el valor, la inteligencia y una humildad abierta a recibir consejo, propio de personas con grandes valores e ideales. A eso sumó la constante preocupación por los demás antes que por su propia seguridad. Aquella mujer fue Ester. Usted puede leer esta hermosa historia en la Biblia y encontrar que muchísimas veces en esta tierra las cosas no son tan fáciles como pretendemos que lo sean. Como dice el doctor Barton. B. Bruce en su comentario a este libro:
“Atesoramos seguridad, aun cuando sabemos que la seguridad en esta vida no tiene garantías. Las posesiones las podemos perder, la belleza desaparece, las relaciones se pueden romper, la muerte es inevitable. La verdadera seguridad, entonces, debe encontrarse más allá de esta vida. Sólo cuando nuestra seguridad descansa en Dios y en su inalterable naturaleza podremos enfrentarnos los desafíos que la vida sin duda nos traerá. . [Amán, segundo después del rey de Persia, había complotado contra el judío Mardoqueo primo de Ester y contra el pueblo de Israel] La belleza de Ester y su carácter ganaron el corazón del rey Asuero y la hizo su reina. Aun en esa posición de privilegio, sin embargo, arriesgaría su vida al intentar ver al rey cuando no había sido requerida su presencia. No había garantía de que siquiera el rey aceptara verla. Aunque era reina, todavía no estaba segura. Pero, con precaución y con valor, decidió arriesgar su vida al acercarse al rey en nombre de su pueblo.
Trazó sus planes con cuidado. Les pidió a los judíos que ayunaran y oraran con ella antes de ir a ver al rey. Luego, en el día escogido fue ante él, y el rey le pidió que se acercara y hablara. Pero en lugar de emitir su petición directamente, lo invitó a él y a Amán a un banquete. Asuero fue lo suficientemente astuto como para darse cuenta de que ella tenía algo en mente. Sin embargo, ella sugirió la importancia del asunto al insistir que asistieran a un segundo banquete.
Mientras tanto, Dios estaba trabajando detrás del escenario. Hizo que una noche, ya tarde, Asuero leyera los registros históricos del reino y descubriera que Mardoqueo había salvado su vida con anterioridad. No perdió tiempo en honrar a Mardoqueo por ese hecho. Durante el segundo banquete, Ester le contó al rey acerca del complot de Amán en contra de los judíos, y Amán fue condenado. Hay una justicia inflexible en la muerte de Amán en la misma horca que este había construido para Mardoqueo, y no deja de llamar la atención que el día en el cual los judíos iban a ser muertos llegara a ser el día cuando los enemigos murieron. El riesgo que corrió Ester confirmó que Dios era la fuente de su seguridad.
¿Cuánta de su seguridad yace en sus posesiones, posición o reputación? Dios no lo ha colocado en su posición presente para su propio beneficio. Lo colocó ahí para que lo sirva. Como en el caso de Ester, puede que esto involucre arriesgar su seguridad. ¿Está dispuesto a permitir que Dios sea su seguridad máxima?”.
¿Quién asegura que puede decidir su propio destino?, ¿No será que al tomar nuestras decisiones bajo la tutela de Dios marcamos el rumbo que Él especifica para cada uno de nosotros?
Nadie dice que es fácil, hasta el mismo Jesús enseñó a sus discípulos que en el mundo tendrían aflicción pero que confiaran en Él que había vencido al mundo. Tengamos presente que existen miles de mujeres y hombres que se unen por amor, como otros a los que el amor no llega de la misma forma pero que aceptan su destino poniendo todo de sí de la misma manera que Cristo puso su vida por aquellos que no vieron con sus propios ojos la cruz ni le vieron a Él personalmente pero por los cuales murió y se sacrificó por amor.
La historia de Napoleón III y Eugenia de Montijo tuvo muchos contratiempos y aun distanciamientos, pero el amor todo lo enfrentó. Se podría recordar aquí una frase del apóstol San Pablo cuando luego de pasar por diferentes y fuertes circunstancias escribió: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4:13) El exilio que debieron pasar Luís y Eugenia les unió nuevamente e hizo resurgir la confianza y la ternura. “Tus cartas son para mí un dulcísimo consuelo. . .no me dices nada de tus sufrimientos, de los peligros que has corrido. Todo el mundo hace elogio de tu valor y de tu firmeza en momentos difíciles. No me extraña”, escribía Luís Napoleón. ¿Habrá recordado aquellas palabras escritas en la carta que envió a la madre de Eugenia muchos años antes? “. . .nadie es más capaz que ella de hacer mi felicidad. . .”
Por su parte Eugenia le respondía afectuosamente: “Cuanto más se aclare el círculo que nos rodea, tanto más nos estrecharemos nosotros, y juntas nuestras manos, esperaremos los decretos de Dios. De las pasadas grandezas, nada queda de lo que nos separaba. Estamos unidos, cien veces más unidos,. . .”. El sí de ella a Luis no provino de una pasión incontrolable hacia el Emperador, pero el amor triunfó al pasar los años.
Dios obra en la vida de las personas, Eugenia y Luís fueron dos a quienes el amor ha unido. Ester y Asuero fueron otras dos a quienes no los unió el amor sino Dios para llevar adelante un destino que ni ellos mismos tenían pensado, la salvación de todo el pueblo de Israel.
Si tu matrimonio no resulta todo lo fácil de llevar adelante como lo habías supuesto al casarte, piensa por un momento que, si te has unido bajo la tutela y has puesto tu amor en Sus manos, Él tiene para ti un propósito que tu no conoces. Ten confianza y apresura tus pasos al cobijo de la oración y pon tu vida y la de tu familia en sus preciosas manos y confía que no serás defraudada. Recuerda que su Palabra dice: “Dios cumplirá su propósito en mí” (Salmo 138:8)
¿No es verdad que Dios sigue teniendo el control?
El Señor Todopoderoso te bendiga y te guarde.