Hijos que siguen al Señor
por Esteban Sywulka*


De---tal palo, tal astilla", reza el viejo refrán. Cuántas veces al ver a un joven hemos dicho, "¡Es la imagen exacta de su padre!" Los hijos casi siempre tienen la dicha, o la desdicha, de reflejar la semejanza física de sus progenitores. Pero no sólo es asunto de los ojos o la nariz. La forma de hablar, de reír, los gestos, son muchas veces una imitación inconciente de los padres.

Desafortunadamente, la astilla no siempre resulta de la misma manera cuando se trata de la vida espiritual. Todos conocemos casos de padres muy consagrados al Señor y a su obra, con hijos que se han descarrilado. Es aún más triste, y más notorio, cuando se trata de un pastor o misionero.

¿Es posible que un pastor tenga hijos rebeldes?

¿Es posible que un pastor que está constantemente ayudando a la gente, enseñando, aconsejando, orando, tenga hijos rebeldes? ¿Que haya luz en la iglesia y tinieblas en la casa? Sucede cada día. Y aunque estos casos son una minoría, cada uno es una tragedia. Hace poco un amigo, veterano pastor especializado en la consejería, me contó cómo su hija de 16 años se había casado secretamente con un joven no cristiano. "Fue la experiencia más dura de toda mi vida”-- me dijo.

La Biblia, tristemente, nos da más ejemplos negativos que positivos. Grandes hombres de Dios como Noé, Isaac, Samuel y Ezequías vieron cómo sus hijos se desviaron de los caminos de Jehová. Absalón asesinó a su hermano y después trató de matar a su propio padre, David. Estas historias nos enseñan con claridad que es posible ser un éxito como líder espiritual y un fracaso en el hogar. Es posible ganar un reino y perder a los hijos.

¿Qué puede hacer un pastor para que sus hijos sigan fieles al Señor? Hay unos principios básicos que se deben aplicar y unos errores que evitar. Pero siempre hay que recordar que los hijos de pastores, también son humanos. Nacen con la naturaleza pecaminosa, y al fin y al cabo tienen que tomar sus propias decisiones. Hay muchas familias donde los hermanos, según se ve, han tenido la misma educación y disciplina, el mismo cariño, y uno decide seguir el camino bueno y otro el malo.

Principios básicos

Para el delicado proceso de criar a los hijos en la disciplina y amonestación del Señor, el primer principio es la oración. Debe empezar, como en el caso de Ana y Samuel, aún antes de la concepción, y seguir toda la vida. Tengo unos amigos a quienes el Señor ha bendecido con ocho hijos. Recuerdo cómo la señora me dijo hace años que cada vez que tuvo que castigar a uno de sus hijos, oraba por él - y también por el niño o la niña que sería un día su cónyuge, ¡y por la mamá de tal persona para que le diera la disciplina y el amor necesarios! Parece que tuvo su efecto. Los hijos se han casado felizmente Y casi todos están ya en la obra.

El segundo principio es sencillamente amar a los hijos. Tal vez parece ser algo que se da por sentado. ¿No aman todos los padres a sus hijos, a lo menos, todos los creyentes? Posiblemente así sea, pero hay que entender qué es el amor. Se han escrito libros enteros sobre el tema, pero para resumir brevemente: el amor tiene que mostrarse. Se expresa con caricias, abrazos, besos. Se muestra dándoles lo que necesitan, tanto de cariño y atención como de lo material. Y hay veces cuando el amor es el no de lo que quieren, o es insistir en que hagan lo que no quieren hacer.

El tercer principio es una amplificación del segundo. Hay que dedicarles a los hijos el tiempo y la atención necesarios. Todos estamos ocupados. Todos tenemos muchas demandas sobre nuestro tiempo y energías. Lo que hay que entender, y a veces cuesta mucho, es que la familia es también parte de nuestro ministerio. Tiene un justo reclamo a nuestra, atención.

Hace poco oí de un joven pastor que al tomar cargo de una nueva iglesia se puso la tarea de visitar a toda la membresía. Después de unas semanas de arduos esfuerzos anunció desde el púlpito que creía ,haber llegado a todos los hogares, pero si alguien había quedado olvidado y quería una visita, que se le indicara. ¡La única persona que levantó la mano fue la esposa del mismo pastor!

Se ha dicho que para un predicador, el orden de prioridades tiene que ser: antes de todo, su relación con Dios; segundo, su familia; tercero, la obra. Es mas fácil decirlo que ponerlo en práctica, especialmente cuando justamente al momento de salir a pasear con la familia, alguien llega buscando al pastor. Habrá casos de emergencia, pero la gran mayoría de las veces la persona o el problema puede esperar.

Apartar espacios para la familia

Un sistema muy práctico es apartar de una vez en la agenda espacios regulares para la familia. Si nos quieren comprometer para otra actividad, sencillamente se dice; "Siento mucho, pero ya tengo un compromiso para esa hora". Y si el compromiso es jugar fútbol con el hijo o llevarle al campo, hay que guardarlo tan celosamente como si fuera con el presidente de la república.

El padre cristiano provee a los hijos en lo material, en lo espiritual y en lo social.

Se cuenta que Susana Wesley dedicó una hora semana] exclusivamente para cada uno de sus 17 hijos. El fruto de ese esfuerzo en sus hijos, Juan y Charles, permanece hasta el día de hoy. Dios les usó para traer un gran avivamiento, y además nos dejaron una cantidad de himnos que todavía cantamos,

Enseñar a los hijos requiere tiempo. Pero la enseñanza formal es poca comparada con lo que aprenden observándonos. Cada vez que jugamos con ellos, que les leemos un libro, que los llevamos a un partido deportivo o a un paseo, que charlamos y escuchamos, les estamos diciendo, "Tu eres importante. Tienes valor para mí. Eres alguien especial.” Y ellos responden con confianza, con respeto, con amor.

El cuarto principio es aplicar una disciplina consistente, justa y moderada. Proverbios nos habla mucho de la vara. El gran error de Samuel y David, entre otros, fue la falta de amonestación y castigo, de llamarles la atención a sus hijos. Pero Efesios nos advierte también que no debemos provocar ira a los hijos. Una disciplina inconsistente o demasiado severa, un legalismo estricto, producen este efecto. Cada vez que castigamos a los hijos o les ponemos reglas de conducta, debemos preguntarnos. ¿Estoy haciendo esto porque es necesario, merecido, justo? ¿0 lo estoy haciendo porque tengo que guardar mi imagen como pastor, por lo que la gente va a pensar de mi?

Recuerde: usted escogió ser pastor, sabiendo algo de las dificultades y penas así como de los galardones. Pero sus hijos no pudieron escoger ser o no hijos de pastor.

El quinto principio es mantener abiertas las líneas de comunicación. Esto se hace escuchando a los hijos y animándoles a expresar sus ideas, sus goces, sus penas y dudas. Hay que estar compartiendo constantemente los unos con los otros. Y hay que respetar las inevitables diferencias de opinión, y saber cómo discutir calmadamente aún cuando creemos que el otro está equivocado.

El sexto principio es involucrar a los hijos en la obra, hasta donde sea posible. Tengo un amigo que es pastor en Guatemala. Sus tres hijos tienen ministerio como evangelistas y sus dos hijas son esposas de pastores. Seguramente esto se debe en gran parte a que desde pequeños empezaron ayudando en la iglesia. Formaron con su papá un conjunto musical. Salieron en giras. Enseñaron a los niños más chiquitos en la escuela dominical.

Entre los recuerdos más gratos de mi niñez pienso en las conferencias de iglesias a donde llegábamos como familia, durmiendo en el piso, compartiendo la comida sencilla de los hermanos. Y en especial, los viajes cuando pude acompañar, yo solito, a mi papá. Me sentía parte del ministerio.

No hay que forzar a los hijos, pero sí hay que darles la oportunidad de colaborar desde pequeños en el trabajo de sus padres, y de su Padre.

Finalmente, habiendo hecho todo lo posible para enseñar y guiar a los hijos en el camino recto, tenemos sencillamente que dejarles en la mano de Dios, El es capaz de obrar aún en medio de nuestras imperfecciones. Nos ha prestado los hijos, pero después de todo, son de él. 


CRÉDITOS BIBLIOGRÁFICOS
Tomado de “Continente Nuevo”, Nº 11, págs. 5-6. Editado por Cruzada Cultural de la Familia, A.C. 1982.