La mujer felpudo
Por Harry F. Tashman *
A modo de introducción:
Tal vez el lector de este artículo podrá pensar que, dada la antigüedad del libro de referencia y los cambios producidos en más de 30 años en la sociedad, la situación del matrimonio que el autor muestra, no tiene mayor incidencia en la vida matrimonial actual. Sin embargo, dado que hemos encontrado problemas similares a lo largo de nuestro ministerio con los matrimonios, me pareció importante extraer al menos algunas páginas que pueden ser de utilidad a cientos de parejas en estas o parecidas condiciones. Si el lector sabe de alguien a quien pueda serle útil, recomendamos asistir a un profesional, pero también integrar en su vida toda la sabiduría que puede encontrar en la Palabra de Dios y permitir al Señor ser una parte importante en el camino de vuelta a encontrar la salud matrimonial de la pareja. (Rubén O. Flores)
Hace muchos años, cuando yo trabajaba como médico en el departamento de recepción de las salas psiquiátricas del Hospital Bellevue, se presentó una pareja en el consultorio de recepción:
-- Quiero que internen a mi esposo -declaró la mujer.
La expresión de su marido no mostraba la excitación y la desorganización que se encuentra habitualmente en los pacientes que están tan trastornados como para justificar su hospitalización. Le pregunté qué le parecía que lo internaran.
-- Por mí, está bien -contestó, encogiéndose de hombros, y aparentemente no tenía nada más que decir.
Me volví a la esposa:
-- ¿Por qué habría que internarlo como enfermo mental?
-- Porque me pega -respondió ella con naturalidad.
-- ¿Es verdad? -le pregunté al esposo. -- Él asintió con la cabeza.
-- ¿Cuánto hace que están casados? -pregunté.
-- Quince años -contestó la esposa-
-- ¿Desde cuándo le pega?
-- Desde que nos casamos, -me dijo.
-- ¿Por qué no lo hizo hospitalizar antes?
-- Su respuesta fue brusca e impaciente:
-- ¿Tengo que contestar a eso?
Le dije que tendría que explicar qué había sucedido que hiciera necesario hospitalizarlo ahora, en lugar de quince años antes o en algún momento intermedio. Al oír esto, ella se levantó, me miró con desdén y salió majestuosamente del consultorio seguida de su esposo.
Nunca volví a verlos; pero desde entonces he encontrado muchas situaciones en las que un consorte hace victima al otro de crueldades, brutalidades y agresiones, físicas o mentales. En los tribunales es menos común oír hablar de crueldad física que de crueldad mental. Ordinariamente, a una mujer la humillaría demasiado admitir en público que ha aceptado por un largo tiempo que su esposo la vejara físicamente.
¿Por qué, en primer lugar, se sometió ella a los malos tratos? Muy a menudo ella sabe instintivamente que permitir al esposo incurrir en eso producirá en él un grado de sentimiento de culpa suficiente para hacerlo adherirse a ella, O, para expresarlo de otro modo, para que ella pueda, aunque pasivamente, “aferrarse a él". Cuando ella llega al punto en que ya no quiere retenerlo, se rebela contra ese tratamiento, y se dirige a los tribunales, iniciando una acción de divorcio o de otra clase, tal vez con el pretexto de crueldad mental.
Por supuesto, se puede herir a otra persona mediante una mirada despectiva, una "mirada matadora” una expresión de burla sarcástica en los labios, un tono de repugnancia, palabras/agresivas o humillantes. Y en el plano físico, se puede empujar, morder, arañar, pellizcar abofetear, dar puntapiés o puñetazos. Es difícil decir qué nivel de conducta es a la postre más perjudicial para el bienestar total de la víctima, Según la interpretación psicoanalítica, la necesidad de mostrarse cruel o dañino con otra persona está arraigada en impulsos originalmente sexuales, que no pueden descargarse como tales debido a la ansiedad, la vergüenza y el sentimiento de culpa, y a los que, en consecuencia, hay que reprimir.
Sólo pueden volver a surgir en una forma disfrazada. En lugar de ser expresiones afectuosas y creadoras, se los desahoga de modo opuesto, como odio y destrucción.
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Hombres y mujeres que pasan por experiencias penosas y no son capaces de expresar sus reacciones negativas, se ven obligados a ocultar sus sentimientos dentro de sí. Careciendo de salida, estos sentimientos se almacenan, siendo tal vez expresados más tarde como desaprobación o menoscabo de sí mismo, como un daño parcial o total contra sí mismo, o en la forma más sutil de enfermedad psicosomática o estados de ánimo melancólicos, que pueden llegar a un grado trágico de depresión. Para evitar esas lesiones masoquistas, el individuo se hace sádico infligiéndolas a alguna otra persona.
El sádico, por ejemplo, a menudo busca para sí una compañera que es o tiene que ser masoquista. Necesita una mujer de esa clase para su desahogo y alivio. Cuando se encuentran dos personas de tal tipo, el cortejo comienza habitualmente con un relato de calamidades que una parte hace a la otra. El sádico habla de sus aflicciones, problemas, pesares y desesperaciones; la otra parte mima, apacigua, y se hace la confidente de aquél. Él llega a necesitarla cada vez más, a medida que ella se hace experta en extraer
sus lamentaciones acumuladas, aliviando su presión interior. Pero la compañera masoquista tiene su propio modo de enfrentar este asalto. Al final, descubre maneras y métodos sutiles de defenderse exitosa y devastadoramente contra las exigencias destructoras del esposo.
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Los seres humanos pueden huir del prójimo en la vida, evitar al otro como si intentaran absorberlos o destruirlos. La triste verdad es que en el nivel inconsciente luchan de ese modo unos contra otros. Por supuesto, esto conduce en última instancia a extrañamientos, amarguras y odios, que el analista comprueba están apenas cubiertos por las convenciones sociales y las protestas hipercríticas. Cuando estas actitudes infortunadas e inconscientes, derivan de experiencias del lejano pasado, se introducen en el presente y echan a perder relaciones que de otra manera serían sanas y felices, lo único necesario para eliminarlas es traerlas ante la atención consciente del paciente, mediante el análisis hábil. Entonces aquél queda en libertad de vivir en el presente, de modo realista y apropiado.
*Créditos bibliográficos:
Harry F. Tashman: Conocido psicoanalista norteamericano, especializado en problemas de neurosis familiar mediante una experiencia de 30 años de análisis de hombres y mujeres cuya vida matrimonial ha sido severamente perturbada o quebrantada.
“Psicopatología sexual del matrimonio”, extracto del capítulo 1. Ediciones Home S.A.E.
Editado por University Publisher Incorporated, N.Y. Impreso en talleres gráficos de Sebastián Amorrortu e hijos S.A. Buenos Aires 1969