El verdadero problema
Por Dr. Larry Crabb * (Primera parte)
“Aquel día de ira. Aquel terrible día, cuando el cielo y la tierra pasarán; ¿Cómo se sostendrá el pecador? ¿Cómo se enfrentará a aquel terrible día?
Sir Walter Scout
El doctor Larry Crabb ha pasado revista a muchos matrimonios que están teniendo las mismas dificultades que tuvimos nosotros al principio de nuestro matrimonio. Ha identificado al verdadero culpable - el Yo que traemos al altar -. Nos hace notar que el egoísmo está erosionando nuestro capital matrimonial. "Es el pecado que nos asedia que obstruye la vida en común". A menos que identifiquemos nuestras faltas, especialmente la ira, y la reemplacemos con el perdón, el déficit aumentará inexorablemente.
Howard y Jeanne Hendricks
Centro de Liderazgo Cristiano Seminario Teológico de Dallas
Dentro de seis semanas cumpliría veintidós años de edad. Dentro de tres semanas me convertiría en esposo. Para lo primero estaba preparado; para lo segundo, precisamente era por eso que me encontraba en aquella casa.
Estaba sentado en una antigua silla forrada de terciopelo en la sala de la casa del pastor. Muy cerca de mí estaba Raquel, mi hermosa futura esposa. Hubiera sido muy difícil siquiera deslizar un pequeño libro entre los dos.
Al otro lado de la sala, en sillas separadas tres metros una de la otra, estaban sentados el predicador y su esposa, ambos en sus años setentas. Ella asentía con su cabeza cubierta de cabello plateado, sonreía y escuchaba y se mecía mientras sus manos movían con un ritmo rápido la lana y las agujas de tejer. El se encontraba relajado en un antiguo sillón, muy ocupado tomando notas en un viejo cuaderno.
Cuando discutíamos los detalles de la ceremonia nupcial, de pronto me di cuenta de que estaba observando esa vieja pareja, a él no como predicador y a ella no como la esposa del predicador, los estaba mirando simplemente como marido y mujer. De repente una idea cruzó mi mente. Esas dos personas, sentadas en sillas separadas por más de tres metros, demostraban más amor con una simple mirada a los ojos que todo el que mi prometida y yo pudimos expresar a pesar de estar sentados tan juntos, a pesar de todas nuestras sonrisas y las palabras cariñosas que nos susurrábamos.
Todavía recuerdo haber pensado: “¿Cómo haremos para llegar de aquí hasta allá, desde donde nos encontrábamos en nuestro anhelante y joven amor hasta alcanzar esa madurez amorosa”.
El matrimonio es un escenario en el cual el verdadero amor, la clase de amor que el apóstol Pablo describe como la más grande de las virtudes, puede ser representado para que el mundo lo vea: la clase de amor que nos capacita para soportar lo equivocado con paciencia, para resistir la maldad con convicción, para disfrutar las cosas buenas con gusto, para dar abundantemente de nosotros mismos con humildad, y para nutrir el alma de otros con amor y paciencia.
Cuando todas estas virtudes están presentes, no solamente cada uno de los miembros del matrimonio recibe bendiciones incomparables, sino a veces una pareja de jóvenes aprendices prontos a tomar su lugar en este escenario pueden vislumbrar lo que la relación matrimonial pudiera ser, una vislumbre que no les permitirá conformarse con nada menos. Pero querer es una cosa; llevarlo a la realidad es algo diferente.
¿CUÁLES OBSTÁCULOS ENCONTRAMOS EN EL CAMINO?
¿Por qué serán tan pocos los que se encuentran en este camino que disfrutan la clase de amor que el predicador y i esposa compartían el uno con el otro aunque había una distancia de tres metros entre ellos?
La mayoría de nosotros queremos ser más amorosos y pacientes, pero uno se siente como si estuviera luchando en contra de una fuerza que nos arrastra en la dirección opuesta. Y, como una arena movediza, esa fuerza generalmente gana. Hay algo que nos aprisiona y no nos suelta.
Antes sugerí que el tomamos la libertad de expresar todos lo podemos, pero a veces puede conducirnos no a la intimidad, sino a una arrogante independencia. Y los esfuerzos para hacer lo correcto sin entender lo egoístas que son nuestros motivos conducen no a una relación cercana, sino a una rígida cortesía.
Ni el modelo tradicional, ni el igualitario para el entendimiento bíblico del matrimonio muestran suficientemente el egocentrismo como nuestro problema básico.
La substitución que hacen los igualitarios de un sistema de jerarquías por una relación de mutua libertad puede conducir a un interés malsano en desarrollarse y liberarse uno mismo, y por consiguiente fortalecer el egocentrismo. Por otra parte la atención que dedican los tradicionalistas en generar papeles específicos para el esposo y la esposa puede conducir a una obediencia moralista que esconde propósitos egocéntricos tras el buen comportamiento.
Necesitamos salirnos del debate sobre el liderazgo y la sumisión para exponer claramente la insidiosa y penetrante dedicación a nosotros mismos que viola el amor. Una vez que se reconoce el egocentrismo como el verdadero culpable y la dedicación a otros como el más alto ideal, entonces podemos preguntarnos si un matrimonio en el cual cada pareja se dedica uno al otro reflejará la libertad que predican los igualitarios o si reflejará el orden jerárquico
Primero que todo, tenemos que concentrarnos en el verdadero problema: egocentrismo. Y nada pone de manifiesto tan claramente el egocentrismo como la ira.
LA EXPERIENCIA DE LA IRA
Cada uno sabe lo que es sentir ira contra otra persona y cuando estamos airados, realmente no nos importa el bienestar de la persona en contra de la cual va dirigida nuestra ira. Ira, a lo menos la clase de ira con la que estamos familiarizados, es algo incompatible con el amor.
Pero a menudo dos observaciones acerca de la experiencia de la ira escapan a nuestra atención.
Primero, podemos estar airados sin saberlo. A veces los padres están profundamente resentidos a causa de sus hijos, pero esconden su resentimiento tras excesivas muestras de cariño y moderaciones disciplinadas. Un hijo no deseado, por ejemplo, puede hacer que un padre luche terriblemente con la amargura; esto puede dar paso a un sentido de culpabilidad sobre la amargura que solamente se puede manejar reprimiéndola. Aun los hijos que han sido planeados bienvenidos, cuando no llenan las expectativas, pueden provocar disgusto e ira que a menudo los padres enmascaran con fuertes pero falsas declaraciones de amor diciendo: "Te amamos tal como eres". La ira puede estar presente aunque se niegue.
La segunda cosa acerca de la ira es que a veces damos por sentado con aterradora facilidad que nuestra ira es justificada. Sin pensarlo, vemos la ira como algo razonable, natural, justificada por 1as circunstancias, y por lo tanto completamente aceptable. Aun ira que desea el daño de otro, la clase de ira que raramente los buenos cristianos admiten sentir, puede parecer apropiada.
Estaba aconsejando a Dennis, un ejecutivo de alto nivel empleado por una compañía de consultores. Dennis me dijo lo atribulado que se sentía a causa de las tensiones en su matrimonio. El y su esposa Marcia, raramente se mostraban afecto. La mayor parte del tiempo, Marcia parecía disgustada. Dennis estaba dispuesto a hacer todo lo posible para aliviar las tensiones.
En una de las primeras sesiones de consejería Dennis mencionó de pasada un enigmático sueño que una y otra vez se le presentaba. En el sueño Marcia, quien en la vida real es una persona sana, estaba muriendo de cáncer. El se veía inclinado al lado de su cama, haciendo todo lo posible para brindarle apoyo y cariño. Sin embargo ella ni siquiera lo miraba. Ella permanecía mirando al cielo raso, sin responder a sus expresiones de amor. Dennis había tenido este sueño varias veces durante los últimos años.
Después de varias sesiones Dennis manifestó cómo Marcia había descuidado su figura y su mente. Había subido unas treinta libras de peso desde que se casaron, y fumaba cigarrillos y hablaba por teléfono la mayor parte del día. Poco a poco llegó a ser claro que él, un excelente profesional quien hacía ejercicio regularmente en un club de salud, veía a Marcia como una compañera gorda, aburrida e indisciplinada a quien se sentía atado por el resto de su vida. Debido a que el era cristiano y no creía en el divorcio, solamente la muerte de ella podía proporcionarle una aceptable salida de su esclavitud. Pero en lugar de hacer frente a la ira que sentía contra ella y a la manera egoísta en que el enfrentaba la vida, Dennis continuaba creyendo que era un hombre paciente que hacía lo mejor teniendo en cuenta las circunstancias. Suponer que se es paciente en lugar de reconocer la ira preservaba el buen concepto que tenía de sí mismo. Pero su sueño le había traicionado.
Después de reflexionar sobre el sueño y mirarse de una manera más honesta, de repente un día me miró intensamente y dijo abruptamente: “La odio”. Ahora estaba airado y lo sabía. Pero la siguiente frase no fue “Oh, ¡que ingrato soy! ¿Cómo escaparé del juicio por odiar a mi esposa, la única mujer en el mundo a quien he prometido amar?”. Lo que él dijo fue: “Ella no era descuidada cuando la conocí. Se preocupaba por su apariencia, tenía una linda figura, y le gustaba leer y conversar sobre temas interesantes. Realmente no puedo entender lo que le ha pasado”.
No parecía más preocupado por el odio que sentía contra su esposa que un amigo mío por la impaciencia que sentía contra un mecánico cuando su carro no arrancaba. Para ambos hombres culpan a otro antes que a sí mismos parecía lo más natural.
“¡USTED ME CAUSA IRA!”
Cuando admitimos que sentimos ira, automáticamente tratamos de justificarla en la manera que lo hizo Dennis, interpretando las acciones de los demás como una causa justa. Dennis sentía que tenía el derecho de sentirse airado porque Marcia había engordado y había dejado de leer. Encontrar una explicación a la ira buscando sus raíces fuera de nosotros es algo instintivo como lo es tratar de buscar aire cuando sentimos la falta de oxígeno. Aceptar la culpa es algo que nos sofoca; echar la culpa sobre otros es algo que nos permite respirar. Por lo tanto, naturalmente estamos dispuestos a echar la culpa a otro, sin ni siquiera pensarlo.
La ira es una emoción demasiado reveladora para que sea manejada ya sea negando su intensidad o encontrando la causa en otro. La ira nos dice algo acerca de nosotros mismos que merece atención, algo que tenemos que exponer y cambiar antes de poder seguir el camino que conduce al amor maduro. Para ver claramente lo que evita que nos llevemos bien con los demás, miremos más detenidamente lo que sucede en nosotros cuando estamos airados.
CRÉDITOS BIBLIOGRÁFICOS
1. Dr. Larry Crabb, Psicólogo, profesor de Biblia, consejero matrimonial, autor de numerosos libros. www.newwayministries.org/
· Artículo tomado de su libro “Hombres y Mujeres disfrutando la diferencia”. Primera Parte, págs. 63 a 68. Editorial UNILIT, Miami, U.S.A. 1993, Impreso en Colombia.