Examinando la causa de nuestra ira
Por Dr. Larry Crabb *
(Segunda parte)
Una rápida mirada a lo que se encuentra bajo la superficie de nuestra ira es suficiente para poder ver que mucha de la rabia que sentimos cuando nos sucede algo malo es el resultado de nuestro egocentrismo. De la manera que dijimos antes, cuando estamos airados, llegamos a preocuparnos menos por el bienestar de las otras personas y tratamos de protegernos más a nosotros mismos.
Si permitimos que se desarrolle esta falta de preocupación por las personas cuando estamos airados, podemos llegar al punto de sentir gusto al pensar que otros están sufriendo. De allí en adelante, no es necesario dar un gran paso para que torzamos nuestro entendimiento de la justicia y lleguemos a creer que ellos merecen el mal que están sufriendo.
Puede ser que no deseemos que un carro los atropelle o que pierdan el trabajo (pensamientos que a veces cruzan nuestra mente), pero a menudo nos sentimos extrañamente satisfechos con el sufrimiento por el cual están atravesando debido al trato egoísta que les damos. Después de todo ellos se lo merecen por las maldades que nos han hecho.
Alejandro y Juanita vinieron a pedirme consejo. Juanita había tenido un enredo amoroso hacia cuatro años. Ella se arrepintió, le rogó a Alejandro que la aceptara de nuevo, e hizo todo lo posible para ser una esposa idónea.
En mi primera sesión con ellos, Juanita dijo: "Me parece que cuanto mas hago para satisfacerle, lo más desagradable se pone. No puedo soportar esta situación por más tiempo. Cuando me siento desanimada, Alejandro parece contento por un tiempo y me deja en paz. Pero cuando empiezo a sentirme otra vez bien, sus insultos aumentan hasta hacerme llorar. Francamente estoy cansada de este círculo vicioso".
Alejandro estaba sentado, inconmovible a pesar de la angustia de Juanita. Cuando le pregunté cómo se sentía, el contestó: "Es difícil entender por qué la debo tratar bien después de todo lo que ha hecho".
Cuando estamos airados de esta manera, cuando nos sentimos como Alejandro se sentía respecto a su esposa, sentimos que Dios está de nuestra parte. Nos unimos a Dios (realmente lo reemplazamos) para tomar venganza.
Pero, aún peor, nuestra indignación por los pecados de otros nos enceguece y no vemos ninguna falta personal. Alejandro no podía darse cuenta cómo su egoísmo estaba contribuyendo a fomentar sus problemas matrimoniales. En estas condiciones, nos negamos a nosotros mismos el gozo de la gracia y vivimos como hombres y mujeres naturales, incapaces de amar significativamente.
La mayoría de nosotros, sin embargo, no permitimos que las cosas lleguen a tal grado. Tratamos el asunto de la ira más rápidamente y de una manera directa. Evitamos expresarla, perdonamos, y nos comportamos de una manera civilizada y hasta a veces hablamos en un tono amable, y a menudo inmediatamente nos felicitamos por nuestros "buenos modales".
Los esfuerzos morales como éstos puede ser que no hagan desaparecer la ira; aun con frecuencia lo único que hacen es cubrirla con un manto de cortesía que tiene solamente unas rasgaduras a través de las cuales nuestra ira se escapa en pequeñas dosis que desvían nuestra ira personal únicamente hacia nosotros y la alejan de los demás.
Y esto frecuentemente ocurre en medio de "buenas" personas. Piense de las semanas pasadas. Recuerde cuando se sentía disgustado con su esposa, tal vez momentáneamente. Dése cuenta de que lo que usted dijo o lo que hizo fue con la intención de causarle dolor o con el propósito de tener el control sobre alguien. Recuerde cuando usted:
· Le recordó a su esposo durante una cena con algunos amigos que el pastel de manzana no le estaba permitido en la dieta que debía guardar para bajar el nivel de colesterol.
· Lanzó una mirada despreciativa a su esposa por el comentario tan estúpido que acababa de hacer en el estudio bíblico.
· Corrigió, en un tono de superioridad, a su esposo el error que cometió al mencionar a sus amigos la fecha de las vacaciones del año pasado.
· Escuchó a su esposa empezar una frase en el momento que usted empezaba a leer la parte favorita del periódico, conscientemente no le puso atención y, unos momentos más tarde, con irritación le preguntó: "¿Qué decías?".
· Se quedó sentado cuando escuchó que la puerta del garaje se abrió, y sabía que su esposa había llegado con el carro lleno de bolsas de víveres, y que solamente usted se levantó cuando ella entraba cargando dos bolsas llenas al mismo tiempo que gritaba: "¿Te vas a quedar sentado ahí? Hay seis bolsas más en el baúl del carro".
Durante cada una de estas interacciones, la devoción por la felicidad del compañero fue dejada a un lado en favor de una más fuerte preocupación por uno mismo. En cada uno de los casos, la energía del egocentrismo estaba fluyendo, alimentando la ira y dirigiendo las expresiones de ésta.
La ira, como lo hemos dicho antes, es algo difícil de admitir pero fácil de excusar. ¿Por qué será que algo que tanto estorba la manera en que amamos a nuestro compañero es tan difícil de reconocer? Y mucho más importante, ¿por qué nuestra ira, y las cosas que hacemos para herir a los demás cuando estamos airados, a menudo nos parecen razonables y raras veces nos hacen sentir verdaderamente culpables?
Los pensamientos llenos de resentimiento deberían producir un sentido de culpa, pero más a menudo tomamos nuestra amargura, no como el producto de un defecto en nosotros, sino como la interacción entre nuestras delicadas sensibilidades y los fracasos de otras personas. Pensamos que otros deben ser redargüidos mientras que nuestras almas heridas reciben sanidad. ¿Por qué es tan difícil ver que el interés en si mismo, aun cuando hayamos sido ofendidos, es algo malo, algo tan malo que de hecho merecemos no un tratamiento amable sino el más terrible de los juicios?
Algunos argumentan que no hay nada por lo cual uno debe sentirse culpable, especialmente cuando nos airamos y nos levantamos en defensa de nosotros mismos,. Cuando una esposa admite haber tenido un enredo amoroso, en la manera como Juanita lo hizo, su esposo con mucha razón se siente herido y airado. En la mayoría de los casos, durante el período de reconciliación, es necesario que le diga a ella honestamente lo que siente. Y una preocupación para evitar futuras heridas es algo completamente normal. Pero cuando la actitud de Alejandro refleja que su máxima prioridad es recuperarse del golpe recibido, entonces lo más seguro es que él esté equivocadamente egocentrado.
Otros sugieren que nuestra ira es realmente ira santa en contra del pecado, la misma clase de ira que Dios siente. Tal vez realmente sea correcto el airarnos con nuestra pareja: "Nunca me apoya cuando disciplino los niños". "Odio tener que ir de compras con él. Siempre voltea la cabeza para mirar las mujeres bonitas". Tal vez nuestra ira sea legítima porque nuestro cónyuge está claramente equivocado.
Pero esa respuesta no es suficiente. Llamar nuestra ira como algo justo es ser pretenciosos. La ira de Dios nunca viola su carácter perfecto de santidad y amor. Cuando El está airado nunca pervierte la justicia; nunca experimenta un placer sádico al ver que otros sufren, aun cuando se lo merezcan; y nunca compromete o reduce su dedicación al bienestar de las personas.
La ira con que somos más familiares, la natural y mala, señala una falta en nuestro carácter que sencillamente no se encuentra en el carácter de Dios, una falta que impide que nos llevemos bien los unos con los otros.
CRÉDITOS BIBLIOGRÁFICOS
* Dr. Larry Crabb, Psicólogo, profesor de Biblia, consejero matrimonial, autor de numerosos libros. www.newwayministries.org/
* Artículo tomado de su libro “Hombres y Mujeres disfrutando la diferencia”. Capítulo tres, págs. 68 a 72. Editorial UNILIT, Miami, U.S.A. 1993, Impreso en Colombia.