EL AVIVAMIENTO COMIENZA EN EL HOGAR
Por
David Hormachea [1]
Por mucho tiempo viví convencido de que el avivamiento era la sensación
de alegría, unidad y adoración que incluía momentos de éxtasis y abrazos
entre los hermanos y que llegaba a la congregación como producto de la oración
y el ayuno. Esas eran mis
apreciaciones, pero no eran verdaderas convicciones basadas en un estudio
profundo de las Escrituras.
Si declaro que el gran avivamiento no comienza de las rodillas sino en la
familia, seguramente provocaré más de un cuestionamiento.
Más conflictivo sonaría si declaro que este mover de Dios en mi vida no
se inicia en la oración sino en mi corazón.
Pero mientras más estudio la Biblia, más me convenzo de la
responsabilidad personal que tenemos de volver a tener pasión por cumplir el
propósito de Dios.
Existen muchas ideas acerca de qué es un avivamiento, cómo podemos
lograrlo y por qué y cuándo lo necesitamos.
Algunos creen que ocurre un avivamiento cuando existe un mayor deseo de
adorar, alabar y orar o cuando existen más expresiones emocionales en nuestras
reuniones congregacionales.
Por supuesto, me uno al llamado a que busquemos un avivamiento.
Lo necesitamos. Pero mi
consejo es que se investigue bien dónde comienza éste.
Para salir de la interrogante quisiera recurrir a relatos bíblicos que
describen cómo se generan los avivamientos.
La necesidad de un avivamiento
Un avivamiento es la respuesta humilde y decidida del hombre al llamado de Dios para volver a cumplir de corazón el propósito de Dios, dada nuestra tendencia pecaminosa de vivir ignorando su voluntad.
No hay duda, necesitamos un avivamiento.
Necesitamos volver a tener pasión por Dios y su Palabra en vez de
depender de ideas, pensamientos, y experiencias personales de bien intencionados
siervos de Dios.
Habían pasado los días maravillosos de avivamiento durante el reinado
de Josías (2 Re 22:1-23.30). Se había acabado el corto período de reformas
espirituales y existían días tenebrosos en el reinado de Joacim (2 Re
23.35-37). En poco tiempo, las deplorables condiciones existentes durante el
reinado de Manasés nuevamente se habían hecho presentes en Judá.
Habacuc 1:2-4 nos presenta al profeta sorprendido porque Dios no ejecuta
su disciplina. Él se preguntaba lo que muchos se preguntan hoy: ¿Por qué Dios
no hace algo para detener la corrupción y el pecado?
El profeta se llenó de temor cuando Dios le contestó que usaría a los
crueles caldeos para ejecutar la disciplina sobre Judá (1:5-11).
Entonces, el profeta cuestiona a Dios por utilizar como sus instrumentos
de juicio a una nación más pecadora que Judá.
Poco antes de la cautividad en Babilonia, los pecados que Josías había
combatido habían vuelto a ser parte de la sociedad. Se detuvo la reforma que
había estado realizando
Josías.
Nuevamente volvió la apatía, una vez más el pueblo prefería
satisfacer sus gustos y pasiones en vez de someterse a Dios.
Los hijos de Dios estaban adormecidos, y en vez de vivir por la fe
estaban actuando con el mismo orgullo de aquellos cuya alma no era recta (2:4).
Habacuc entrega un mensaje claro. Dios es el Soberano. Él es quien
merece adoración. El profeta exhorta al pueblo a dejar de pecar y aceptar la
disciplina porque Dios no es indiferente al pecado. El clamor de Habacuc es: «Señor aviva tu obra en medio de
los tiempos, en medio de los tiempos hazla conocer; en la ira acuérdate de la
misericordia» (3:2).
Cuando hay pecado y caminamos fuera del propósito de Dios, él ejecuta
su disciplina para que despertemos los adormecidos.
No habría necesidad de un avivamiento si no hubiera adormecimiento.
El
letargo es el resultado de un proceso. Por
el descuido, la despreocupación, por no nutrirse apropiadamente, la persona va
perdiendo la fuerza hasta que se siente aletargada y deja de funcionar
normalmente. La persona queda más
vulnerable pues sus defensas han descendido y cualquier virus puede afectarle.
A una persona adormecida:
1.
La dominan sus debilidades.
* Sus pasiones, sus gustos la
dominan, es más tolerante con el pecado.
2. Deja de ver la vida como
Dios la ve.
*
Quiere hacer encajar a Dios en sus planes, en vez de hacer serios esfuerzos por
estar en el propósito de Dios.
* Cambia
sus prioridades. No ordena su vida
conforme a lo que Dios quiere, sino conforme a sus propios deseos.
Pone en primer lugar lo que más le gusta y le apasiona, no
necesariamente lo que es mejor y lo que Dios quiere.
3. Se convierte en religiosa.
La
persona deja de tomar a Dios en serio. Está
contenta con un Salvador, pero en la práctica no lo tiene como Señor, es
decir, no es su máxima autoridad.
* Rutina en vez de desafíos.
Su vida se desarrolla en medio de la rutina.
Asiste al templo sin un desafío mayor.
Participa de la cena del Señor sin arrepentirse genuinamente.
Lee la Biblia como leyera el horóscopo y no como la única regla de fe y
conducta.
·
Exhibición en vez de adoración. La
persona ora para impresionar. Ora
porque le toca el tumo de orar. Se
presentan espectáculos eclesiásticos
en vez de adoración proveniente de corazones limpios.
* Obligación en vez de devoción. La
persona asiste para quedar bien. Ofrenda
porque lo manipulan. Cumple con una
responsabilidad porque lleva un título.
Ese
estado anormal nos debe mover a pedirle a Dios que Él avive a su pueblo a vivir
por la fe, y a anhelar con pasión vivir en el propósito de Dios.
Esto hace que Dios nos envíe a sus profetas para que recordemos el amor
que Él nos tiene, su bendición para quien se arrepienta, y el juicio y la
destrucción para quien se rebele.
Tristemente
los ciclos que vivimos en el siglo XXI no son diferentes de los que vivía el
pueblo de Dios antes del cautiverio babilónico.
Cuando había adormecimiento, la palabra profética anunciaba juicio para
la desobediencia y bendición para quien prefiriera el arrepentimiento. Entonces, llegaba el avivamiento.
Así
como el adormecimiento es resultado de un proceso, también el avivamiento lo
es:
1.
Reconocimiento de la situación caótica
En
la historia bíblica notamos que en las temporadas de desobediencia todos los
sectores de la sociedad se veían afectados y toda la nación sufría las
consecuencias. Pero, sólo unos pocos reconocían ese estado y lo
presentaban ante Dios.
2.
Predicación relevante de la Palabra
Dios
nos envía a predicar un mensaje que no puede ser cambiado: el juicio de
Dios para el desobediente, bendición y avivamiento para el obediente.
La declaración profética anunciaba el perdón y el juicio.
3. Humillación
Dios
le declaró a Salomón (2 Cro 7.14) que cuando Su juicio cayera sobre la nación,
su respuesta debía ser solamente una: la humillación.
Eso es exactamente lo que debemos hacer si queremos tener un gran
avivamiento en la iglesia de hoy. Humillarse es admitir nuestras debilidades en
forma específica, es reconocer que necesitamos ayuda, es bajar nuestras
defensas, dejar nuestro orgullo.
4.
Consagración
Es separarse con un propósito santo. Es querer conocer mejor la voluntad de Dios. Es buscar los medios de gracia y relacionarse con la Fuente de Poder.
5. Cambio
Después
de reconocer nuestra falta y buscar a Dios como fuente de poder,
es imprescindible la
determinación de realizar cambios y así revertir el proceso.
Quiero
detenerme para confirmar la declaración que hice al inicio: El avivamiento
comienza en el corazón y no con la
oración. Para humillarnos
debemos admitir con toda sinceridad cuáles son nuestras áreas de debilidad.
Admita su debilidad, pero para ello debe hacer una seria evaluación.
Espero que Dios lo motive a usted a hacerlo al leer este artículo.
Por muchos años fui fuerte en la predicación, en mi servicio, en mi
dedicación a la obra, pero mi más grande y terrible área de debilidad estaba
allí guardada en lo profundo de mi corazón.
No era sólo yo quien tenía conocimiento de ella, también mi esposa ...
y mi Dios.
Participaba con dedicación en todas las reuniones de oración, lloraba
con sensibilidad, alababa con alegría y entusiasmo y adoraba con gran emoción.
Podía levantar manos con devoción y casi volar con cara de santo en
medio de la congregación; y juzgando sólo por la apariencia, muchos deben
haber llegado a pensar que yo era una persona avivada. Sin embargo, en mi casa había quedado mi esposa, herida e
ignorada por un marido sobre-involucrado en la obra y con complejo de redentor
del mundo. Pero Dios tiene
maravillosas formas para enseñamos.
La
más grande lección sobre el verdadero avivamiento la aprendí cuando vivíamos
lo que parecía, pero no era, un avivamiento.
En una temporada de lágrimas, de renovación de la himnología, de
oraciones en la montaña y horas de vigilia en medio de abrazos con todos los
hermanos, había algo que estaba ausente. Yo
era un excelente ministro, pero un mal esposo.
La iglesia era mi refugio, sobre todo después de las peleas con mi
esposa, a quien muchas veces califiqué de poco espiritual porque reaccionaba
confrontándome al luchar con su gran rival, la iglesia.
Ella, preocupada por sus cuatro hijos y sin recibir el apoyo de su
esposo, no podía, ni debía aceptar que la iglesia le robara a su marido.
En una ocasión, después de una discusión con mi esposa me fui a mi
refugio, mi iglesia. Había una de
esas reuniones muy emocionantes. Durante
la reunión se me ocurrió doblar las rodillas y me puse a leer la Biblia: «Vosotros
maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a
vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que
vuestras oraciones no tengan estorbo.» (1 Pe 3.7) Este pasaje verdaderamente
traspasó mi alma. Me decía: «David,
debes vivir con ella.» No vivía con ella.
Vivía en la iglesia. «Si tú no comes con ella, no paseas con ella, no
haces planes con ella, si no te diviertes con ella, si no oras con ella, si sólo
duermes con ella y tienes relaciones sexuales con ella, no vives con ella».
El versículo continúa. Dice
que debemos vivir«sabiamente». No
había escapatoria. «David, tienes que vivir con Nancy sabiamente».
La
espada seguía enterrándose lentamente en mi corazón «avivado».
Vivir «sabiamente» es dar honor a la esposa.
No hay otra opción. Debemos
darle el respeto y la honra que se merece a la mujer más importante del mundo.
¿Sabía usted que no existe otra persona más importante en este mundo que su cónyuge?
Después de darle a Dios la honra que Él merece, el mayor respeto no
debe ser para las hermanas de la iglesia que nos admiran (¡claro!, ¡es que no
viven con uno!), debe ser para nuestro cónyuge.
No honramos a nuestra esposa cuando las opiniones de otras personas son
más importantes que las de ella. No
la honramos cuando con la misma boca que alabamos a Dios o predicamos Su Palabra
la insultamos o la herimos con palabras corrompidas, y peor aun, cuando
utilizamos las mismas manos que hemos levantado a Dios para la violencia doméstica.
No vive con sabiduría quien trata a su esposa como si fuera otro hombre.
Ella es el vaso más frágil. Ella
merece nuestra ternura, nuestro romanticismo.
Ella debe ser tratada con cariño y respeto, especialmente en nuestras
relaciones íntimas. La deshonramos
cuando la utilizamos como un instrumento de satisfacción de nuestras
necesidades. Vivir con sabiduría
significa que debemos comprender cuáles son sus necesidades físicas,
emocionales y espirituales porque ella no es un ser inferior sino «coheredera
de la gracia de la vida».
Mi segunda afirmación declara que el avivamiento
no comienza de rodillas sino en la familia. Podemos
tener los mejores cultos de oración y los más emocionantes cultos de alabanza,
pero lamentablemente puede existir un estorbo para que mi consagración sea
aceptada por Dios.
Una de las puñaladas más fuertes que recibí de la Palabra de Dios fue cuando entendí que Pedro me decía: «David, si no vives con tu esposa con sabiduría, entendiendo y satisfaciendo sus necesidades, y si no la tratas con respeto y amor, tus oraciones no pasarán del techo del templo.» El Espíritu de Dios me recordó los siguientes impactantes versículos: «Si alguno dice que ama a Dios y aborrece a su hermano, el tal es un mentiroso.» 1 Jn. 4:20) Y, «Maridos, amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas.» (Col 3.19) Sin embargo, el Espíritu de Dios todavía no terminaba con el orgullo de este «pastor avivado». No sé cuánto tiempo pasé orando mientras todos cantaban emocionados. Una puñalada más traspasó mi corazón: «Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.» (Mt. 5.22-24).
¿Qué
cree que fui motivado a hacer? Lo
mismo que le pido que haga usted si quiere ser parte de un gran avivamiento (2
Cr 7.14).
1.
Humillación:
“Si
se humillare mi pueblo . . .”
Tuve
que reconocer que como esposo no estaba viviendo con sabiduría. Tuve que
reconocer las áreas de mi debilidad: No dedicar tiempo a pasear con mi esposa,
no apoyarla en los quehaceres domésticos, escuchar a todas las hermanas de la
iglesia pero no a ella, tener relaciones sexuales pensando en mi satisfacción
en vez de pensar en ella, ser un buen proveedor para las necesidades físicas
pero ignorar sus necesidades emocionales y espirituales, dedicar poco tiempo a
los hijos y mucho tiempo al templo.
2.
Consagración:
“.
. .y oraren, y buscaren mi rostro. . .”
Tuve que
declararle a Dios, sin justificarme, cuáles eran mis faltas, para buscar el
perdón de mis pecados de incomprensión y falta de respeto. Yo había estado
haciendo todo lo contrario de lo que pide el apóstol Pedro. En mi confesión me
comunico con Dios sobre mi pecado. Santiago nos aconseja a nosotros, los
ofensores, que busquemos el perdón para que la relación vuelva a ser saludable
( Stg. 5:16). Entonces, mi confesión debía incluir a mi esposa para sanar la
relación conyugal y no tener nada que me impidiera acercarme y presentar mi
ofrenda a Dios.
3.
Cambio:
“.
. .y se convirtieren de sus malos caminos . . .”
Es convertirse en
otro. Es hacer lo opuesto de lo que estábamos haciendo y vivir con la esposa
sabiamente. Es poner en la agenda tiempo con la familia, no sólo para comer
juntos sino para pasear juntos, planear la vida juntos, tomar vacaciones juntos,
adorar juntos, y todo realizarlo con sabiduría.
Nuestro cambio debe
incluir un compromiso diario para darle a la esposa la honra que se merece. El
cambio exige que respetemos sus puntos de vista, sus opiniones. Es cambiar el
sistema de palabras hirientes o acciones violentas. Esto no es fácil, sobre
todo cuando nos hemos acostumbrado a no respetarla.
El cambio incluye que
tengamos relaciones íntimas con honra. Hebreos 13:14 nos exhorta a que la
relación sexual esté libre de impurezas y que el matrimonio y la relación íntima
sea tenida en la más alta honra. En la relación sexual es donde más se
necesita abandonar el egoísmo y nuestra sola satisfacción. Dios diseñó a la
mujer de tal forma que ella necesita las caricias y ternura de un hombre amoroso
para sentirse unida no sólo física sino emocionalmente a su marido. Por eso el
apóstol Pedro nos ordena tratarla con dignidad y respeto como a vaso frágil,
como coherederas de la gracia de la vida.
Uno de los grandes
impedimentos para relacionarnos saludablemente con Dios es la relación conyugal
enfermiza. Dios no acepta nuestra devoción cuando en nuestro matrimonio tenemos
una mala relación. El gran avivamiento no comenzará al tener buenas oraciones
y ayunos formales, pues no comienza en la reuniones emocionales sino en el
reconocimiento de nuestras faltas, la confesión de nuestros pecados y en el
cambio de comportamiento que nos permita tener relaciones conyugales saludables.
Usted y yo podemos
ser instrumentos de bendición para nuestra familia, congregación y país.
NOTA:
David
Hormachea es chileno Es pastor y consejero Junto a Charles Swindoll ministra en
el programa de radio “Visión Para Vivir”. Preside De regreso al Hogar que
distribuye sus conferencias en casetes, discos compactos y videocintas. Además
es escritor de varios libros. Este artículo ha sido tomado de la revista
Apuntes Pastorales Volumen 19 Número 1. Editado por Desarrollo Cristiano
Internacional. Agosto de 2001
Agradecemos a la Editorial permitir el uso de tan importante contenido.
Rubén
Oscar Flores.
[1] David Hormachea, “Apuntes Pastorales”, Editado por Desarrollo Cristiano Internacional Vol. 19- Núm. 1, Agosto 2001.