La salud emocional de la familia del pastor
Por Daniel Pedro Rota*
Detectando y aliviando las tensiones que padecemos según las personalidades que tengamos
CADA VEZ QUE medito en cómo Dios ha pensado en nosotros al crearnos me siento maravillado. El nos concibió para vivir en la paciencia, la calma y la fe. La paciencia edifica, la tensión derrumba. «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Jn.10.10). La tensión nos enferma y afecta nuestro entorno. Por eso debemos atacarla de raíz.
Frecuentemente ocurren cosas que producen tensión a algún miembro de la familia. Es que nos sentimos como si nuestros organismos y emociones se sometieran a un esfuerzo, a una presión. Por ejemplo, si presionamos por un momento nuestro brazo, este se inflama. Lo mismo sucede cuando tomamos una banda elástica y la enroscamos fuertemente alrededor de uno de nuestros dedos. A los pocos segundos la presión sanguínea se concentra. Luego, tendremos un dedo inflamado. Del mismo modo se «inflaman» nuestras emociones si las sometimos a constante presión.
Las tensiones en nuestra vida pueden ser eventuales o permanentes.
La tensión eventual o episódica puede ser breve. En este caso es una reacción de alarma, una respuesta normal del organismo frente a situaciones difíciles. Aparece repentinamente por un estímulo externo -cierto evento- y generalmente no produce enfermedades.
Las causas de esto pueden ser de lo más variadas: una discusión, un accidente, la entrega de un mensaje clave en un sepelio o casamiento. Un examen en el colegio de alguno de nuestros hijos, la visita de un miembro conflictivo de la congregación, etcétera.
Sin darnos cuenta, la tensión se inicia en segundos. El corazón comienza a latir más rápido y hasta puede llegar el punto de tener necesidad imperiosa de evacuación intestinal y sudoración. El organismo responde entonces poniéndose alerta, para tener reflejos más rápidos y enfrentar la situación de una mejor manera. Es su respuesta natural ante cualquier exigencia. En general, esto no produce ningún tipo de alteración individual o familiar. Es normal.
Las tensiones episódicas también pueden ser prolongadas por que la circunstancia o la causa que la produce tiene una mayor duración. Por ejemplo, la enfermedad de un ser querido, los problemas económicos, problemas en la obra de la iglesia, etcétera, nos afectan y tensionan.
Por supuesto la reacción será distinta de acuerdo a la personalidad de cada uno. En rasgos generales, estas tensiones producen trastornos del sueño -cuesta conciliar el sueño o se despierta durante la noche--- hay cefaleas (dolor de cabeza) por contracción de los músculos de la nuca al estar tensos por mucho tiempo, o trastornos de la alimentación -aumento o disminución de la ingesta-, etcétera. La tensión episódica desaparece cuando desaparece la causa que la originó.
Hay otro tipo de tensión que es la más peligrosa, es la permanente. Este tipo se diferencia de las otras en que no está dada por factores externos, y a lo largo del tiempo puede ser una de las causas de las llamadas enfermedades de adaptación -hipertensión, úlcera, trastornos cardiovasculares, trastornos sexuales y otros. Muchas veces se tiende a buscar el origen de esta tensión en nuestro entorno, en la iglesia, en nuestra pareja, o en la relación que tenemos con nuestros hijos. Entonces luchamos equivocadamente para cambiar esos factores externos, cuando en realidad el problema está en nosotros mismos. Generalmente la tensión permanente tiene su raíz en personalidades inseguras, sobre exigentes, competitivas o carenciadas. Si nos damos cuenta de ello podremos solucionarla mejor.
LA PERSONALIDAD INSEGURA
Es aquella que suele sentir que no está capacitada para la tarea que está realizando, o que la tarea es mucha. Escucha una voz interior que le dice: «tú no puedes, tú no sabes».
Esto crea gran tensión en su vida. Frente a cada nueva situación le cuesta tomar decisiones y utiliza frecuentemente postergatorios --- «Querría hacer esto», «Me gustaría iniciar tal o cual cosa», «Quizás comience mañana». Dios nos ha dado tareas para cumplir, y junto a ellas nos dará también la sabiduría para poder hacerlas. Por eso no debemos subestimarnos. 2 Corintios 3.5 nos dice que nos hace ministros competentes. También es importante transmitir esta seguridad a nuestra esposa e hijos frente a todas las tareas que tienen en la casa, los estudios, etcétera.
Esto nos llama a no estar detenidos postergando tareas que deberíamos hacer. Recordemos que la postergación es una frecuente causa de ansiedad y tensión. El Señor nos está diciendo como a Arquipo: «Mira que cumplas el ministerio que recibiste en el Señor».
LA PERSONALIDAD SOBREEXIGENTE
La persona con esta característica necesita hacer todo de una manera perfecta para sentirse bien. Se esfuerza en cumplir tareas o roles que otros esperan de él y aun imagina otras cosas que «cree» que se esperan de él o ella. De esta forma, cuando las cosas no salen como querría, pasa del perfeccionismo al pesimismo. Se pone metas altas, y hasta a veces inalcanzables. Asume -y crea- obligaciones y compromisos difíciles de asumir. Escucha una voz interior que le dice: «Todo lo que hagas nunca es suficiente». Siente que siempre falta algo más.
Dios no nos está pidiendo perfección en lo que hacemos sino fidelidad. Filipenses 4.6, 7 nos dice que no debemos estar afanosos por nada y que la paz de Dios es la que debe guardar nuestros pensamientos y corazones.
LA PERSONALIDAD CARENCIADA
Es la correspondiente a los hiperactivos. Se llena de cosas para sentirse bien y contenta, pero en realidad estas cosas nunca llegan a satisfacerlo. Hay una búsqueda inmadura de la felicidad y una tensión constante por la búsqueda de esa felicidad. Colosenses 2.10 nos dice que estamos completos en Cristo. En El lo tenemos todo, y el gozo pleno lo encontramos en su presencia (Sal. 16.11). Si su problema es la hiperactividad, usted necesita descanso, tiempo libre para disfrutaren familia, y tomar vacaciones completas.
Las pequeñas salidas de dos o tres días en realidad no ayudan a suprimir las tensiones; sólo distraen. Por ejemplo, un análisis de sangre nos puede hablar acerca del dosaje de adrenalina en la sangre. Si ese dosaje es alto, pues estamos bajo tensión. Esta sustancia -la adrenalina- no baja en uno o dos días de vacaciones, sino que tarda en llegar a límites normales en no menos de tres días. Y esto sin contar los dos primeros días de las vacaciones en que uno se acomoda, discute con la esposa sobre distintos temas de cómo llevar este descanso, etcétera. El organismo se va distensionando lentamente y lo ideal serían períodos más largos de descanso. Mi consejo es que una vacación que realmente reponga nuestro organismo no debe ser menor a quince días. Todo tiempo menor es mera distracción.
LA PERSONALIDAD CONTETITIVA
El competitivo es inquieto e impaciente. Se relaciona con otros a nivel de competencia, aun con su propia familia. Si el marido le ayuda a limpiar el piso de la cocina a la esposa, luego le dice: «¿Viste que me quedó más lindo que cuando lo haces tú?». La vida para esta persona es rivalidad, lucha, enfrentamiento y defensa de su posición. Percibe que aun su familia puede ser un obstáculo a los fines que persigue y se siente frustrado si no logra sus metas.
No se compare con otros. Dios tiene un propósito para su vida que no puede compararse con ninguna otra persona. Si usted es un pastor de una iglesia de cincuenta miembros, no se compare con el que tiene cien. Sea fiel al Señor con sus cincuenta. Si tiene cien, no se compare con el que tiene quinientos; sea fiel al sus cien. Quizás el Señor le conceda ver crecimiento en su membresía, o quizás el Señor le conceda pastorear para El a alguien que luego sea un pastor de 5.000, lo que sin su tarea y fidelidad previa no se podría lograr.
Querido colega, cómo se dará cuenta , usted puede ser el responsable de su propia tensión. Su congregación y su familia lo necesitan tranquilo, cuidándose usted, cuidará mejor de ellos.
CRÉDITOS BIBLIOGRÁFICOS:
Daniel Pedro Rota es psicólogo, profesor y pastor en la ciudad de Buenos Aires.
Tomado de la revista “Apuntes Pastorales” Volumen XI Nº 1 págs. 24-26. Editada por Desarrollo Cristiano Internacional, Costa Rica, Julio de 1993.