Lágrimas de hombre
Por Tim Madigan
En ocasiones, un simple villancico...puede cambiar la vida de una persona.
Cierta tarde, poco más de una semana antes de la Navidad, mi esposa, mis dos hijos y yo nos dirigíamos en nuestra camioneta a hacer unas diligencias cuando de pronto una vocecilla proveniente del asiento trasero me hizo prestar atención.
--Papá –dijo Patrick, mi hijo de cinco años-- ¿por qué nunca te he visto llorar?
Me lo preguntó así, a bocajarro. Sorprendido, respondí en tono poco convincente que a veces lloraba, cuando él no me veía, pero el niño había puesto el dedo en la llaga. Ése era precisamente el mayor obstáculo que me impedía hallar paz y felicidad; el foso lleno de dragones que me apartaba de la expresión más plena y humana de dicha, tristeza e ira. En pocas palabras, no podía llorar.
Desde luego, no soy el único hombre a quien le ocurre esto. A los varones se nos enseña que el estoicismo es señal de fortaleza, y nos pasamos la vida aparentando que nada nos perturba, aunque por dentro se nos esté desgarrando el alma.
Durante casi toda mi vida adulta he luchado contra la depresión. Los médicos consideran que mi mal principalmente fisiológico y me han recetado fármacos, pero sé que también se debe a muchos años de tragarme la rabia, la tristeza e incluso la alegría.
Aunque parezca extraño, en este mundo donde el machismo impera, a los hombres les resulta menos difícil desahogar sus penas embriagándose y deprimiéndose que llorando. Ojalá que nuestros hijos no aprendan a hacer lo mismo.
Así pues, al día siguiente, cuando Patrick y yo íbamos solos en la camioneta después de jugar en el parque, le agradecí su curiosidad. Le expliqué que las lágrimas son buenas, tanto para los niños como para las niñas y que el llanto es algo que inventó Dios para curarnos de la tristeza.
--Me da gusto que puedas llorar cuando estás triste –agregué--. A veces a los papás les cuesta más trabajo demostrar lo que sienten. Espero hacerlo mejor algún día.
Patrick asintió con la cabeza. A decir verdad, tenía yo pocas esperanzas, pero en esos días de Navidad, rogué por que pudiera llegar a dar rienda suelta a mis sentimientos.
“Me gustaría saber si Patrick podría cantar una estrofa de un villancico durante el oficio de Nochebuena”, decía un mensaje que el director del coro infantil de la iglesia nos dejó en la contestadota telefónica.
Mi esposa, Catherine, y yo casi gritamos de la emoción: ¡iba a ser el primer solo de nuestro hijo!
Catherine le planteó con taco el asunto a Patrick; le recordó lo bien que cantaba y le dijo que se iba a divertir mucho. Él, poco convencido, sólo frunció el entrecejo.
-Mamá -alegó---, ya sabes que cuando tengo que hacer algo importante me pongo muy nervioso. Le aseguramos que a los adultos nos pasa lo mismo, pero dejamos que él tomara la decisión.
--Está bien -nos dijo después de deliberar unos minutos--. Lo voy a hacer.
Desde muy pequeño, Patrick mostró una pasión excepcional por la música. A los cuatro años ya era capaz de tocar el piano varios compases de la obertura de Las valquirias, de Wagner.
Durante la semana siguiente practicó varias veces su estrofa con Catherine. El ensayo en la iglesia salió muy bien. Con todo, no puede evitar imaginarme a mí mismo a los cinco años, cantando ante cientos de personas. Cuando llegó la Nochebuena, mis expectativas eran más modestas.
Catherine, nuestra hija Melanie, y yo tomamos asiento con los demás feligreses. La iglesia se hallaba en penumbras, y un reflector iluminaba a Patrick, que estaba solo frente al micrófono. Iba vestido de blanco y con alas de ángel.
El niño fue entonando cada nota pausadamente, con aplomo, hasta inundar el recinto con su voz. Parecía un ángel de verdad, un auténtico hacedor de milagros.
Esa noche había algo etéreo en la voz de Patrick, una belleza tan profunda que tocaba todas las fibras del alma. Al escucharlo, una gruesas lágrimas me arrasaron los ojos.
Mi hijo terminó de cantar y la gente prorrumpió en aplausos. Mientras Catherine se enjugaba las lágrimas, Melanie sollozaba a mi lado
Después del oficio fui a felicitar a Patrick pero él tenía cosas más urgentes que hacer.
--Mamá—anunció--, tengo que ir al baño.
Entonces el pastor se acercó a desearme feliz Navidad, pero la emoción me impidó responder. Fuera de la iglesia, muchas personas me felicitaron.
Encontré a mi hijo cuando salía del baño.
--Patrick, necesito hablarte de algo –le dije, sonriendo.
Le tomé la mano y lo llevé hasta un cuarto donde podíamos conversar a solas. Me arrodillé para verlo de cerca y admiré su rostro lozano, sus grandes ojos azules, las pecas de su nariz, y el hoyuelo que se le formaba en una mejilla.
Se quedó mirando con curiosidad mis ojos llorosos.
--Patrick, ¡Recuerdas cuando me preguntaste por qué nunca me habías visto llorar? – Asintió con la cabeza--. Pues mira; estoy llorando.
--¿Por qué papá?
--Tu voz me conmovió tanto que me hizo llorar.
El niño sonrió lleno de orgullo y se lanzó a mis brazos. Apoyado en mi hombro, dijo:
--A veces la vida es tan bonita que tienes que llorar.
Nuestro momento de unión acabó muy pronto. En casa, junto al arbolito, unos tesoros insospechados aguardaban a mi hijo, pero yo aún no me sentía listo para dejarme embargar por el espíritu navideño. Le di a Catherine las llaves de la camioneta y emprendí la caminata de kilómetro y medio a casa.
La noche era fría y vigorizante. Atravesé un parque y contemplé la luna llena, que parecía estar posada en los tejados de un vecindario iluminado con lucecillas de colores. Mientras caminaba, vi venir un coche que avanzaba lentamente por la calle; era una familia que había salido a disfrutar el hermoso espectáculo de las luces navideñas. Alguien bajó el vidrio de una ventanilla.
--¡Feliz Navidad! – me dijo una voz de niño.
--¡Feliz Navidad! – le deseé también, y entonces las lágrimas volvieron a arrasarme los ojos.
CRÉDITOS BIBLIOGRÁFICOS
Tomado de Reader´s Digest. Tríptico Navideño, págs. 13-15. Tomo CXVI, Núm. 697. Diciembre de 1998. Editada por Reader´s Digest Argentina, S.A