Mi marido no me habla
Por Rubén O. Flores*
Encontré en un libro de Cecil Osborne una caricatura en la que un marido malhumorado leyendo el periódico, le dice a su esposa que permanece en pie ante él: “¿Es necesario que intentemos salvar nuestro matrimonio, ahora que estoy leyendo la página deportiva?” La verdad es que hemos escuchado con mi esposa tantas veces el clamor de las mujeres que sufren este problema que ya se está haciendo una cuestión cotidiana. Las parejas se están sumergiendo días tras día en una falta de comunicación tremenda, la mayor parte de las veces provocada por el cansancio del trabajo, del estrés diario, de las malas contestaciones de la gente en la calle y de la presión ejercida por el cumplimiento laboral. Vez tras vez escuchamos la misma frase: “pastor, mi marido no me habla”.
Cuenta Osborne de una esposa madura y nada quejosa en su trato conyugal que dijo lo siguiente:
“Mi marido regresa a casa del trabajo, pone en marcha la televisión y la mira hasta la hora de cenar. Durante la cena no parece escuchar lo que digo. No me responde. Después de la cena lee la página deportiva, y luego vuelve a mirar la televisión hasta la hora de la cama. Nunca salimos a ningún sitio, a menos que yo haga los planes y le anime. Me da la sensación de que yo tengo la responsabilidad de la casa, de los niños, del presupuesto y de todos los planes para el futuro. El trae a casa el dinero, me lo entrega, y a continuación se retira de la vida.”
Terminamos de mantener una conversación en mi consultorio con una esposa cuyo marido le recrimina la falta de palabras amorosas, pero por su parte él tampoco sabe qué decirle y comenta: “es que después de tantos años de casados ya nos hemos dicho todo”. Tengo que reconocer que, como hombre, yo era muy parecido. Es que los hombres tendemos a ocuparnos de cuestiones prácticas, tratamos las situaciones en términos de ideas, hechos y opiniones. Por su parte la mujer se encuentra mucho más en contacto con sus sentimientos, por lo tanto no le es difícil expresarlos.
Hemos trabajado en “Encuentros Matrimoniales” durante unos 7 u 8 años. En ese tiempo muchas mujeres expresaron el mismo problema y otras tantas veces los maridos respondieron lo mismo: “¡Es que no sé qué decirle!”.
¿Imposible hacer que los hombres cambien? Sabemos que para Dios nada es imposible de manera que con un poco de esfuerzo de parte nuestra podemos lograr que nuestro matrimonio llegue a ser aquello para lo cual Dios lo creó.
Recuerdo que cuando éramos novios con Marta nos sentábamos en un banco de la plaza por la noche, al salir de nuestros trabajos y, bajo los frondosos árboles conversábamos horas. Después de casados semejantes charlas dejaron de existir casi por completo. ¿Qué ocurrió? Creo, humildemente, que vale más la experiencia del doctor Osborne que la mía, por lo tanto, como para conocernos un poco más trascribo lo que él cuenta de un matrimonio que atendió en su consultorio:
* A veces mi mujer me despierta a sacudidas y me dice: “¡Hablame!”
* “¿Qué te hable? ¿De qué?
* “De lo que sea. Pero hablame.
* “Es que no tengo nada que decir.
* “¿Cómo te encuentras?
* “¿Qué como me encuentro? Cansado. Tengo sueño. Un poco enfadado porque no me dejas tranquilo.
* “Bueno, ya es algo. Dime más. ¿Qué es lo que sientes en realidad?
Al fin explicó, hablando por su insistencia reconoció que había estado sintiendo un poco de ansiedad por la posibilidad de quedarse sin empleo. Ella se sintió feliz de que se lo dijera y de este modo poder compartir su vida. Un par de días después ella volvió a insistir en saber qué sentía. Por fin, un poco irritado por su insistencia, reconoció que tenía miedo de la gente. Durante una hora estuvieron hablando de este tema.
--¿Qué es lo que hace –me preguntó—que las mujeres quieren buscar en nuestros más íntimos secretos? ¿Qué es lo que quieren?
--Quieren conocer a sus maridos—le respondí--
--Tu mujer tenía la sensación de que en realidad no te conocía. Tú solo le decías lo que le parecía bien, y te guardabas tus temores y ansiedades. Ella lo intuía y quería que tú te abrieras con ella.
--Pero yo no quería molestarla con mis preocupaciones personales—dijo el marido.
--¿No querrás en realidad decir que no querías que ella descubriera que tenías miedo?
--Sí, creo que era eso. Yo necesitaba preservar la imagen de varón fuerte, silencioso y completamente competente. Me parece que sentía que sería vulnerable si le revelaba a ella mi debilidad.
--¿Y como se lo tomó cuando le hablaste del miedo que tenías?
--Le gustó mucho.
Como podemos ver, nuestro caso personal, y tal vez el tuyo, no es el único. Tal como dije antes, durante el noviazgo conversábamos mucho con Marta, pero después de algún tiempo de casados parece que las cosas no funcionaron igual. Nuestra comunicación se cortó y a mí me ocurrió tal cual lo del ejemplo anterior. Creía que si le comentaba a mi esposa mi inexperiencia en llevar adelante un matrimonio (estoy hablando de mis propios temores) no obtendría de ella la seguridad de que yo llevaría adelante el hogar y por lo tanto fracasaría. Gracias a unos amigos conocí el amor de Cristo y Él comenzó, no solo a cambiar mi vida, sino también a mi familia.
Hoy podemos aconsejar a otros que Dios puede hacer que la pareja se conecte, se reconozcan como dos seres humanos diferentes creados por el Señor y, sobre todo, que Él puede hacer de un descalabro de comunicación, un hermoso aprendizaje en cuanto al amor y al diálogo.
De hombre a hombre, te animo a abrir tu corazón a quien Dios puso a tu lado, al comienzo la experiencia es algo extraña, pero a medida que continúes haciéndolo verás qué bueno es saber que hay alguien, además de Dios, que te conoce íntimamente de tal modo que puede, no solo ayudarte con la prosecución de tu hogar, sino íntimamente, en lo más profundo de tu corazón.
Dios te bendiga.
Rubén O. Flores
CRÉDITOS BIBLIOGRÁFICOS.
Cecil G. Osborne. “Psicología del matrimonio”. Editorial Logoi, 1974, Impreso en España.