Tus vacas gritan más fuerte
Por Osvaldo Ripoll
Los Directivos de "Contacto" me invitaron a escribir una columna, que muestre una faceta distinta de los Evangélicos. Veamos:
Lo que no me aclararon es desde que punto de vista debía ilustrar y a que faceta se referían. Tampoco sé porque soy el indicado para tan ciclópea responsabilidad, no quisiera correr el riesgo de ser poco objetivo o que sin querer me envuelva un halo místico en lo que quiero decir.
Sé positivamente que al colocarme sobre un "estrado" periodístico para identificarme con una idea, automáticamente me convierto en una especie de «Rambo evangélico" (permítanme el caprichoso término, si?
En esta edición quisiera hablar sobre un síndrome que acaso sea (se me ocurre) un mal que va mucho más allá de ser apocalíptico.
En fin, como ya estoy en esto me gustaría hablar de aquel hermano que en su léxico o su forma de hablar denota una total entrega y consagración al Señor, pero que su comportamiento difiere enormemente de sus palabras. Un dramaturgo inglés, escribió la siguiente alegoría:
“Dos personajes se encuentran en una concurrida esquina, uno es cristiano y el otro «simpatizante" del evangelio, el primero trata de incentivar a su interlocutor para que este conozca la profundidad de vivir el evangelio, haciendo hincapié y proponiéndose como ejemplo. Luego de un monólogo que se extendió durante casi 20 minutos, le preguntó a su amigo que respuesta tenía a tal discurso, a lo que obtuvo, «Me gustaría responderte, pero tu vida y tu forma de ser hablan tan fuerte que no me han dejado escuchar lo que me has dicho". Y hasta aquí la alegoría. Esto me trae a la memoria aquel pasaje histórico del libro de Samuel, cuando Dios le había ordenado a Saúl ( a través de su Siervo) que destruyese todo un pueblo por oponerse a sus designios.
Saúl se apresuró a cumplir con el legado, pero al llegar a la ciudad, vio algunos animales que no quiso eliminar (...) y Saúl perdonó a lo mejor de las ovejas y del ganado mayor, de los animales engordados y de todo lo bueno no lo quiso destruir (...)". 1 Samuel 15:9).
El tema es que cuando se le preguntó a Saúl si había cumplido con su misión él respondió: "He cumplido totalmente", pero un gran alboroto emergía del corral de nuestro rey en cuestión: las vacas y las ovejas que el les había perdonado la vida.
Puedo imaginarme a Saúl tratando de excusarse y afirmar haber cumplido, a toda voz, mientras que Samuel le dice pasivamente: "Quisiera oír tu explicación... ¿Pero que es este balido de ovejas y bramido de vacas que gritan más fuerte que tus palabras?”, no había explicación lógica. Los hechos estaban totalmente al descubierto más allá de lo que Saúl podía decir.
A diario se ven casos similares al del personaje de la alegoría o de este histórico rey. Es bueno predicar el evangelio (no lo pongo en tela de juicio por el contrario) ¡ay de mi si no anunciare el evangelio! (1Cor. 9:16).
Pero es necesarios saber compatibilizar y encontrar el equilibrio justo entre lo que hablamos y nuestra vida personal. De nada sirven los banales discursos o la excelente exégesis sino van acompañados de nuestro testimonio. Me gustaría que alguien, alguna vez, comentara: «Osvaldo me habló del evangelio, y a decir verdad no entendí mucho, pero su forma de ser y de vivir han hecho que me interese por conocer a Jesucristo". Entonces sabré que estoy predicando como corresponde, sin vender una imagen falsa.
· CRÉDITOS BIBLIOGRÁFICOS
· Tomado de “CONTACTO con Jesús”, pág. 6 Año II – Nº VI – Editado por Ministerio “Caudal de Vida” y ALFA Producciones- República Argentina