Aprende a escuchar a tu esposa
Por Gustavo Carballeda*


Un poco de historia

Mi abuela, una española de pura cepa, nacida en Castilla la Vieja, hoy Castilla y León, tenía muchos dichos que, sin duda, habían encontrado su origen en la Palabra de Dios. Ella siempre decía: Niño, “¿por qué crees tú que Dios te ha dado dos oídos y una sola boca? La Biblia dice: "Es una necedad y una vergüenza responder antes de escuchar", (Proverbios 18:13).

Festejo cada día, junto a mi esposa, un matrimonio feliz y actualmente experimentamos plenamente dicho misterio. Pero no siempre fue así. Los que alguna vez participaron de algún taller para matrimonios que dictamos en las iglesias, han escuchado nuestro testimonio personal, y conocen "la interna" sucedida cuando cumplimos trece años de casados. Nuestro matrimonio se acababa irremediablemente. Y uno de los motivos sobresalientes que nos guió a ese casi final fue el no saber escuchar.

Predisponiendo nuestro corazón a escuchar

Los seres humanos tenemos la tendencia a tomar posiciones muy rígidas sobre determinados temas, arriesgándonos a terminar siendo soberbios o necios en nuestros pensamientos. Pero Dios nos dice: "El necio no tiene deseos de aprender; sólo le importa presumir de lo que sabe. " (Proverbios 18:2).

Esto era lo que nos había sucedido, en especial a mí. Por mi temperamento, siempre fui controlador, y no aceptaba, bajo ningún concepto que mi esposa pudiese diferir en lo que a mí me parecía correcto. Después de todo, yo tenía razón y no prestaba atención a sus pedidos de atención, o a sus pedidos de ser escuchada. Pero cuidado. No es que no me sentaba a oír lo que ella me quería decir. Yo la oía. Pero no la escuchaba.

Hay una inmensa diferencia entre ambas acciones. Más allá de la definición que pueda dar cualquier diccionario, creo que uno oye con los oídos, pero uno escucha con el corazón.

Escuchando profundísima, amabilísima y tiernísimamente

Un día, me enfrenté con la terrible realidad de que mi esposa se había separado tanto de mí en este oír sin escuchar, que se presentaba como última alternativa, el divorcio. Pero yo la amaba. Y creo que ella también me amaba, porque el amor nunca deja de ser. Pero su corazón se había cerrado de tal manera que continuar en esta situación era tan angustiante para ella, que no quería ni oír hablar de una reconciliación. La puerta se había cerrado. Y tuve terror de perderla realmente. Me di cuenta cabal de cómo había desestimado el grito silencioso de sus palabras oídas por mí pero no escuchadas.

Recién entonces incliné mi alma al Señor y le rogué humildemente por una nueva oportunidad para mi matrimonio, predisponiéndome a escuchar lo que mi esposa tenía para decirme. Y Dios realizó el milagro. Hoy mi matrimonio brilla con luces de neón y despide fuegos artificiales (definiéndolo graciosamente), en lugar de ofrecer una luz titilante y mortecina.

Receta de Dios para el corazón sordo.

Dios diagnosticó uno de mis males: tenía el corazón sordo. Mis oídos oían. Mi corazón, no escuchaba. Y me extendió la receta que, junto con otros remedios que no nos ocupan hoy en este artículo, hizo que mi matrimonio resucitara.

El remedio para el problema: aprender a escuchar.

Oír no significa escuchar. Para escuchar, predisponemos todo nuestro ser a tratar de comprender lo que la otra persona realmente nos quiere trasmitir. Un principio de oro en el arte de escuchar, es que no debemos evaluar la importancia de lo que la otra persona nos quiere trasmitir desde nuestra opinión de lo que es importante. Si para ella es importante, para mí debe ser importante. Si no lo interpreto así, nuevamente estoy desestimando su necesidad.

Sucede también que, en reglas generales, y sabiendo que hay honrosas excepciones, el hombre tiende a hablar menos que la mujer. Y es una característica respetable. El inconveniente surge cuando el hombre se comporta como si no tuviese ni siquiera una sola boca. El silencio es el asesino de los matrimonios. Se instala solapadamente, a tal punto que a veces ni detectamos que está ganando terreno en nuestra pareja, y es un arma mortal que utiliza el adversario para corromper el origen de la familia.

Dios nos exhorta en Eclesiastés 3:7b: “Un momento para callar, y un momento para hablar". El compartir nuestras emociones con nuestra esposa, crea vínculos, establece nexos, liga los corazones. Cuando nosotros hablamos, escuchamos la necesidad que ella tiene de escucharnos, de participar activamente en nuestras circunstancias. De no ser así, provocamos el terrible sentimiento de no ser tomada en cuenta, de ser considerada poco digna para ser tenida en consideración.

Resumiendo. . .

Mi matrimonio fue restaurado para Gloria de Dios cuando acepté escuchar lo que mí esposa quería compartir. Para mi sorpresa, no era tanto lo que ella tenía para decirme, pero el que se sintiera profundamente respetada en mi posición de oyente, cambió totalmente el ángulo de nuestra pareja. También me permitió exponer mis propias necesidades de cambio de actitudes que tanto me estorbaban de ella. Y otra vez, para mi sorpresa, se mostró altamente receptiva a cambiar en mi beneficio.

Escuchar con el corazón. Escuchar tiernísimamente. Escuchar otorgando importancia. Hablar para ser escuchado. Son remedios que Dios nos regala. Ni siquiera debemos comprarlos con descuento. Los obtenemos gratis. La forma de administración y la posología: cuanto más, mejor.

Entonces, ¿qué esperamos?


Créditos: 
Gustavo Carballeda 
Tomado de:
El Expositor Bautista. Año XC Nº 9, págs. 12-13. Editado por C.E.B.A. Septiembre de 1999. Buenos Aires, Argentina