A Jesús también le pasó
Bajo presion
Por Max Lucado 


Un día en la vida de Cristo

Puede llamarse un tapiz de problemas, un cuadro ruidoso en el cual los hilos dorados del triunfo se mezclan con los hilos negros desgastados de la tragedia.
Puede llamarse una sinfonía de emociones, una orquesta de extremos desde el amanecer hasta el atardecer. Un momento con exuberancia y el próximo con dolor. En una página la orquesta prorrumpe en adoración y en la próxima Jesús toca sólo una balada.
De todas maneras puede llamarse real. Jesús experimenta más stress que cualquier otro día de su vida, con la excepción de su crucifixión. Antes de que la mañana se convierta en atardecer tiene motivo para llorar... correr... gritar... alabar .. y dudar.
De la calma al caos. De la paz a la perplejidad. En momentos se le daría vuelta su mundo.

Sin embargo, en el tapiz hay un hilo que brilla. En la sinfonía hay una canción que está por encima de todas. En la historia hay una lección que reconforta. Lo ha escuchado antes pero puede ser que lo haya olvidado. Mire bien. Escuche atentamente. Recuerde:

Jesús sabe cómo usted se siente.

Si alguna vez ha tenido un día en el cual ha sido bombardeado por demandas, si alguna vez ha viajado en la montaña rusa de la pena y la celebración, si alguna vez se preguntó si Dios en los cielos puede sentir como usted siente en la tierra, entonces ... lea y relea acerca de este día en la vida de Cristo, tan lleno de presiones.

Tome aliento, Jesús sabe como se siente.

Noticias Impactantes

Comienza la mañana escuchando la noticia de la muerte de Juan el Bautista: su primo, predecesor, compañero en la obra y amigo. Está muerto el hombre que más cercanamente llegó a conocer a Jesús.
Imagine que perdió a la persona que lo conoce más que ninguna otra, y sentirá lo que estaba sintiendo Jesús. Reflexione sobre el horror de que se le diga que acaban de asesinar a su amigo más querido, y podrá darse cuenta de su tristeza. Considere su reacción si se le dijera que su mejor amigo fue decapitado recién por un monarca incestuoso que buscaba agradar a la gente, y verá como comenzó el día para Cristo. Su mundo parece estar de patas para arriba.
Sin embargo, los emisarios traían más que solamente noticias tristes; traían una advertencia: "El mismo Herodes que le quitó la cabeza a Juan tiene interés en Él". Escuche cómo presenta Lucas la locura del monarca: "Herodes dijo: "¿Quién pues es éste de quien escucho tales cosas?'Y trató de verlo". Algo me dice que Herodes quería más que una visita social.
Siendo que a Juan lo mataron y la propia vida de Jesús estaba bajo amenaza, escoge alejarse por un tiempo. "Cuando Jesús escuchó lo que había pasado se alejó en un bote a un lugar solitario".
Pero antes de que se pueda ir, llegan sus discípulos. El evangelio de Marcos dice que los "apóstoles se juntaron alrededor de Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado". Vuelven contentísimos. Jesús los había comisionado a proclamar el evangelio y autenticarlo con milagros. "Salieron y predicaron que la gente tenía que arrepentirse. Echaron fuera muchos demonios y ungieron a muchos enfermos con aceite y se sanaron.

¿Puede imaginarse la alegría? ¿Puede llegar a imaginarse la escena? Una reunión de doce amigos. Una reunión de discípulos con su maestro. Un retorno a casa con montones de testimonios:

*Pedro describiendo un hombre cojo que sanó.

* Juan contando de una multitud a la cual enseñó.

* Andrés hablando de la liberación de un epiléptico.

* Santiago relatando a Jesús cómo las multitudes lo seguían por todos lados donde él iba.

* Mateo diciendo que una mujer ciega se sanó.

Recuerde, estos discípulos eran hombres comunes. No eran oradores, estudiosos, reyes ni santos. Eran pescadores, un recaudador de impuestos, obreros comunes que por el poder de Dios habían impactado a una nación. ¿La emoción? Exuberancia. En unos momentos el corazón de Jesús va de un lamento fúnebre a una marcha triunfal.
Y mire quién sigue a los discípulos para localizar a Jesús. ¡Como cinco mil hombres más mujeres y niños! Ríos de gente salen como cascada de las colinas y los pueblos. Algunos estudiosos estiman que puede haber habido hasta veinticinco mil personas en esa multitud. Lo rodean a Jesús, cada uno con un deseo: encontrar al hombre que había dado poder a los discípulos.
Lo que había sido una mañana tranquila ahora está llena de actividad. "Tanta gente iba y venía que no tenían tiempo ni de comer".

He tenido gente demandando mi atención. Sé lo que es tener media docena de chicos queriendo cosas distintas todos a la vez. Sé lo que se siente al recibir una llamada con dos personas más esperando impacientemente en otra línea. Hasta sé lo que es el estar rodeado por una docena de personas cada una haciendo un pedido distinto.
¿Pero veinticinco mil? Es más que lo que tienen muchas ciudades. Con razón los discípulos no podían comer. ¡Me sorprende que pudieran respirar siquiera!

Stress

La mañana por cierto ha sido inesperada. Primero Jesús se entristece por la muerte de un familiar y amigo querido. Luego su vida es amenazada. Después celebra el retorno de sus seguidores. Luego es casi sofocado por un mar de gente. Pena... peligro... júbilo... caos.

¿Comienza a ver por qué llamo a éste el segundo día de más stress de la vida de Jesús? Y falta mucho para que termine.

Jesús decide llevar a los discípulos a un lugar tranquilo donde pueden descansar y reflexionar. Da una orden en voz alta por encima del ruido de la multitud. Vengan solos conmigo a un lugar tranquilo donde puedan descansar". Los trece se abren paso hasta la playa y se suben a un bote.
Y por unos pocos preciosos momentos el mundo está nuevamente en quietud. El bochinche de la multitud llega a ser distante y el único ruido es el golpeteo del agua contra el bote. El corazón de Jesús está cargado por la pena, pero a la vez más liviano por el gozo. Mira como sus seguidores intercambian historias de victoria. Luego levanta la vista y ve en el horizonte Tiberias, la ciudad construida por Herodes, el asesino de Juan el Bautista. Gozo mezclado con indignación hacen que cierre los puños y se le nublen los ojos.
¿Quién cuestionaría su deseo de alejarse de la gente? Necesita estar solo por unas horas. Sólo un respiro. Sólo un retiro. Un tiempo para orar, para pensar y para llorar. Un tiempo sin multitudes ni demandas. Un fogón rodeado de amigos. Un atardecer con sus seres queridos. La gente puede esperar hasta mañana.
Sin embargo la gente tiene otra idea. Las multitudes se enteraron y lo siguieron. Comenzaron a caminar; es una caminata de diez kilómetros alrededor de la punta noreste del Mar de Galilea. Cuando Jesús llegó a Betsaida, su retiro deseado se trans-formó justamente en lo opuesto.

¡Sorpresa!

Agregue a la lista de pena, peligro, alegría y caos la palabra interrupción. Los planes de Jesús fueron interrumpidos. Lo que él tiene en mente para su día y lo que la gente tiene en mente para su día son dos agendas distintas. Lo que Jesús busca y lo que obtiene no es lo mismo.

¿Le resulta familiar?

¿Se acuerda cuando buscó una noche de descanso y tuvo un bebé con cólico? ¿Recuerda cuando buscó ponerse al día con el trabajo en la oficina y quedó aún más atrasado? ¿Se acuerda cuando quiso usar su sábado para estar tranquilo y terminó arreglándole algo a su vecino?

Tome ánimo, amigo. A Jesús también le pasó.

En realidad éste sería un buen momento para hacer una pausa y digerir el mensaje central de este capítulo.

Jesús sabe cómo se siente.

Piense sobre esto y úselo la próxima vez que su mundo va de la calma al caos.
Su pulso se aceleró. Sus ojos están cansados. Su corazón está pesado. Ha tenido que bajarse de la cama con dolor de garganta. No lo han dejado dormir hasta tarde y se ha levantado temprano. 

Él sabe cómo se siente.

A lo mejor le cuesta creer eso. Probablemente cree que Jesús sabe lo que es soportar tragedias pesadas. Sin duda está convencido que Jesús conoce la tristeza y ha luchado con el temor. La mayoría de la gente acepta eso. ¿Pero puede Dios simpatizar con los problemas y dolores de cabeza de mi vida y de su vida?
Por alguna razón esto es más difícil de creer. Tal vez sea por eso que porciones de este día están registradas en todos los evangelios. Ningún otro evento, excepto la crucifixión, es relatado por los cuatro evangelistas. Ni el bautismo de Jesús, ni su tentación, ni siquiera su nacimiento. Pero los cuatro escritores de los evangelios dan crónica de este día. Es como si Mateo, Marcos, Lucas y Juan supieran que usted se preguntaría si Dios lo entiende. Y proclaman su respuesta los cuatro en armonía:

"Jesús sabe cómo se siente".

Hace poco un amigo estaba tratando de enseñar a su hijo de seis años cómo embocar la pelota en el baloncesto. El niño tomaba la pelota y la tiraba con todas sus fuerzas pero siempre se quedaba corto. Entonces tiraba el padre la pelota y decía algo así como: "Hazlo de esta manera, hijo. Es fácil".
El niño lo intentaría nuevamente pero no lo lograría. Mi amigo tomaría la pelota y la embocaría animando a su hijo a tirar un poquito más fuerte.
Luego de varios infructuosos minutos, el niño respondió a su padre: "Sí, pero es fácil para ti allá arriba. No sabes lo difícil que es desde aquí abajo".
Usted y yo nunca podemos decir eso acerca de Dios. De los muchos mensajes que nos enseñó Jesús aquel día acerca del stress, el primero es éste: 

"Dios sabe cómo se siente".

Lea como J. B, Phillips traduce Hebreos 4:15: "Porque no tenemos un sumo sacerdote superhumano para quien nuestras debilidades son ininteligibles, Él mismo ha compartido de lleno toda nuestra experiencia de tentación, excepto que Él nunca pecó".
El escritor a los hebreos insiste casi hasta la redundancia. Es como si anticipara nuestras objeciones. Es como si supiera que le vamos a decir a Dios lo que el hijo de mi amigo le dijo a él: "Dios, es fácil para ti allá arriba. No sabes lo difícil que es desde acá abajo". Así que valientemente proclama la habilidad de Jesús de entender Mire otra vez las palabras.
El mismo: no un ángel ni un embajador o emisario sino Jesús mismo, compartió de lleno todo esto. No parcialmente ni casi. No bastante; ¡todo! Jesús compartió todo.
Cada dolor, cada stress y esfuerzo. Sin excepciones ni sustitutos. ¿Por qué? Para poder simpatizar con nuestras debilidades.

Un político se pone un sombrero y entra a la fábrica como si fuera uno de los empleados. Uno dedicado a la obra social va a las villas de emergencia y pasa una noche en la calle con los que no tienen hogar. Un general va al comedor donde se hallan los soldados rasos y se sienta como si fuera uno de ellos.
Los tres quieren comunicar el mismo mensaje: "Yo me identifico con usted y lo puedo entender". Sin embargo hay un problema. Los empleados de la fábrica saben que el político se sacará el sombrero protector cuando se hayan ido los que lo están filmando. Los desamparados saben que el obrero social estará en una cama calentita a la noche siguiente. Y los soldados saben perfectamente que por cada vez que come con ellos el general, docenas de otras veces él come con los oficiales.
Por más que lo intenten, estos profesionales no pueden entender realmente, aunque sea su deseo. Su participación es parcial. Pero la participación de Jesús fue completa. El escritor a los hebreos dice en forma doblemente clara que Jesús compartió de lleno toda nuestra experiencia".

Cada página de los evangelios insiste en este principio crucial: 

Dios sabe como se siente. 

Desde el funeral hasta la frustración de un horario con demanda... Jesús entiende. Cuando le dice a Dios que ha llegado a su límite, Él sabe lo que usted quiere decir. Cuando usted menea, la cabeza frente a lo imposible de lograr, El menea también la suya. Cuando sus planes son interrumpidos por gente que tiene otros planes, Él simpatiza. El ha estado allí. 

Sabe como se siente.

Antes de volver a la crónica de este día lleno de stress en la vida de Jesús, permítame llevarlo a otro día mucho más reciente en un lugar más cercano.

El ejemplo

15 de febrero de 1921. Ciudad de Nueva York. La sala de operaciones del Hospital Especial Kane. Un médico está operando un apéndice.
En muchos sentidos los eventos anteriores a la operación son rutinarios. El paciente se ha quejado de severo dolor abdominal. El diagnóstico es seguro: un apéndice inflamado. La cirugía está a cargo del Dr. Evan O'Neill Kane. En su distinguida carrera médica de treinta y siete años, ha operado casi cuatro mil apéndices, esta cirugía será de rutina, excepto por dos cosas. Primero, el uso de anestesia local en cirugía mayor. El Dr. Kane está en contra del uso de anestesia general en ciertos casos por los problemas que puede acarrear; sostiene que la anestesia local es mucho más segura. Muchos de sus colegas están de acuerdo en forma teórica, pero para estar de acuerdo en forma práctica, tendrán que ver la aplicación de tal teoría.

El Dr. Kane busca un voluntario, un paciente dispuesto a que lo intervengan bajo anestesia local. No se encuentra fácilmente un voluntario. A muchos les da no sé qué el pensar en estar despierto durante su propia operación. Otros tienen temor que pase demasiado pronto el efecto de la anestesia.
Pero eventualmente el Dr. Kane encuentra un candidato. La operación ocurre en la mañana del martes, 15 de febrero.
Se lleva al paciente a la sala de operaciones. Se le aplica una anestesia local. Como lo ha hecho miles de veces el Dr. Kane corta los tejidos superficiales y localiza el apéndice. Lo saca con destreza y concluye la operación. Mientras tanto el paciente sólo se queja de un pequeño malestar.
Al voluntario se lo lleva a una sala del hospital. Se recupera rápidamente y dos días más tarde se le da de alta.
El Dr. Kane ha comprobado su teoría. Gracias a que un voluntario valiente estaba dispuesto, Kane demostró que una anestesia local era una alternativa posible y aun preferible.

Pero yo dije que había dos cosas que hacían única esta operación. Ya mencioné la primera: el uso de anestesia local. La segunda es el paciente. El candidato con mucho coraje para enfrentar la cirugía ejecutada por el Dr. Kane, fue el propio Dr. Kane.
Para comprobar su teoría el Dr. Kane ¡se operó a sí mismo!
Fue sabio. El doctor se convirtió en un paciente para convencer a los pacientes que podían confiar en él.

He compartido esta historia con varios profesionales de la medicina. Cada uno me ha dado la misma respuesta: ceño fruncido, una sonrisa sospechosa y las palabras de duda: "Eso es difícil de creer".

Quizá sea así. Pero la historia del médico que fue su propio paciente no es nada comparada con la historia del Dios que se hizo humano. Pero Jesús sí lo hizo. Para que usted y yo creamos que el Sanador conoce nuestras dolencias se hizo voluntariamente uno de nosotros. Se puso en nuestro lugar. Sufrió nuestros dolores y sintió nuestros temores.

¿Rechazo? Él lo sintió. ¿Tentación? Él la conoció. ¿Soledad? Él la experimentó. ¿La muerte? Él la probó. ¿Y stress? Él podría escribir un libro "best-seller" sobre eso.
¿Por qué lo hizo? Una razón. Para que cuando usted tenga dolor, acuda a Él, su Padre y Sanador y le permita que lo sane.

Créditos:

Revista Rhema, año IX Nº 44, 1993, págs. 3-7. Buenos Aires- Argentina.