Buscando sentido a la vida
Lucas 15:11-24.
Había un hombre que tenía dos hijos y el más joven de ellos dijo a su padre “Dame la parte de la propiedad que me corresponde.” Eso era como decir: “Por favor, ¡dame la parte de la herencia que me tocará cuando te mueras!”
El anciano padre miró en los ojos de su hijo y vio el largo alcance de su petición. Sus ojos decían: «Padre, mi vida aquí es un tedio completo. Nunca podré realizarme si permanezco aquí. Tengo que encontrarme a mí mismo.”
El padre pensó: “Nunca puede ser mi hijo por la fuerza. Un hijo forzado no es hijo de ninguna manera. El ha preferido tener otras cosas que tenerme a mí. Siente que lo harán el hombre que quiere ser, de modo que debe tener estas cosas.”
Con lágrimas que corrían por sus mejillas, dio al joven su parte.
El joven estaba excitado. “El futuro tiene tremendas posibilidades para mí. ¡La vida ha de ser diferente! ¡Voy a ser un hombre realizado “¡Voy a ser libre!”
De modo que lo reunió todo unos pocos días después y se fue a un país lejano. La distancia no era tanta en kilómetros, sino en relación. El hijo había decidido que sería bueno si el padre estuviera muerto y lo trata de esa manera. Quería vivir su vida completamente aparte del padre, disfrutando egoístamente de sus dones y de su dinero.
Así es que comenzó a vivir y buscar sentido a la vida. “Esta vez lo voy a encontrar”, decía feliz.
Pero por alguna razón, la vida se negó a ser exactamente lo que él quería que fuese. De manera que comenzó a buscar reemplazantes. Usó el dinero como tal. Usó la música ruidosa como tal. Usó la amistad como tal. Y descubrió que cada vez necesitaba más reemplazantes.
En forma creciente, sintió que la vida era un pequeño vacío. Así fue como tuvo que buscar medios y formas de llenarla. Fue por eso que malgastó su dinero. No estaba procurando ser malo. Todo lo que quería era una vida llena de sentido, realidad y alegría. Por lo tanto, iba a usar todo lo que tenía a fin de obtener lo que quería.
Gastó todo recurso que tenía: todo el amor que tenía, todas las emociones que tenía, todas las amistades que tenía. Gastó todo lo que le pareció que le convertía en hombre. Recorrió a la carrera todo el circuito de la vida y vació por completo su banco humano. Vació el sexo, vació el deseo, vació el apetito.
Cuando lo hubo gastado todo, surgió una gran hambre en aquella tierra. “¡Que terrible coincidencia!”, pensó.
Justamente cuando se necesita apelar a los dones, encontrar el control, ¡uno se da cuenta y descubre que hay hambre en todos los departamentos de la vida! ¿Autocontrol? Vacío. ¿Deseo? Se ha ido, ha enloquecido. “¿Cómo me he vaciado yo mismo?”, te preguntas. “Eso nunca fue mi plan”
Cuanto más lejos iba el hijo de su padre, más lejos iba de sí mismo y del sentido de su vida. Estaba confundido, hambriento, cansado, agobiado, solitario y sacudido. Estaba desnudo, sintiéndose culpable y la distancia del padre le parecía insuperable.
El joven pensó que podía ganarse la vida, de modo que fue y se acercó a uno de los terratenientes. Pero le faltaban habilidades para muchas empresas útiles de modo que el hombre le dijo que no lo precisaba. Como quien se va hundiendo y trata de aferrarse a cualquier cosa, el joven clamó desesperado: “¡Ayúdeme!”
“Bueno, ve al valle y cuida de mis cerdos”, dijo el hombre.
Allí estaba aquel que una vez había sido un respetable joven, junto a los cerdos, que se revolcaban en el barro y disfrutaban con ello, comiendo hasta hartarse.
Todo alrededor era silencio absoluto. No había música. No había comodidad. No había prosperidad. No había hogar, No había padre. No había vida.
¿Qué había pasado? Dejó el hogar para disfrutar de la vida, pero ahora la vida estaba burlándose de él. Había dejado el hogar para buscar la libertad, pero ahora era esclavo absoluto de las circunstancias.
Los cerdos estaban teniendo una fiesta con gusanos, sus algarrobos y todo lo demás. Y mientras tanto, el hambre estaba realmente mordiéndole. Comenzó a odiar el hecho de que era un ser humano y no un puerco.
¿Por qué odiamos la vida? Porque cuando estamos lejos del Padre, la vida puede ser una carga tal que lleguemos a achicarla.
“¡Quisiera ser un puerco!” decimos.
¿Se había encontrado el muchacho a sí mismo al fin? ¿Había encontrado finalmente el sentido de la vida? ¿Estaba realizándose en su humanidad?
Difícilmente.
¿Qué le quedaba? Apenas sí harapos y estremecimientos, suciedad y soledad.
Ya sabemos que cuanto más cosas aferramos, más vacíos nos sentimos. Eso fue cierto en mi propia vida una vez y fue la razón por la cual casi intenté suicidarme a la edad de diecinueve años.
Por supuesto, sabemos que Jesús que nos dejó la historia del hijo pródigo, es el mismo que dijo: EI que ama su vida —como este joven— La perderá. (Juan 12:25).
En este punto, Jesús dijo que el joven “volvió en sí”. No era sólo que recuperó el sentido; había algo más que le movió. Era el recuerdo de un amor de padre.
Era el amor que le llevaba esperanza en una situación desesperada. Y fue este amor lo que impulsó al hijo a dar un paso muy simple. Dijo: “Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado.”
Eso era todo. Planeó explicar a su padre que no merecía ser un hijo, sino simplemente un peón del campo, un esclavo, porque sabía que aun así eso sería mucho mejor que morir en el país apartado.
¿Hemos pensado en lo duro que habría sido el viaje de regreso para el hijo? Cada paso era pesado. “Cómo voy a presentarme?”, se preguntaba. “Salí rico y aquí estoy quebrantando y muerto de hambre.” Probablemente el diablo le dijo: “No vayas! No puedes humillarte. Quédate aquí y muere.” Pero esa era una voz terrible. No debía escucharla.
Recordemos que el amor dice: “¡Ven!”
Cuando todavía estaba a cierta distancia, su padre le vio y tuvo compasión y corrió y le abrazó. Echó sus brazos alrededor del joven malgastador, con sus señales de disipación, sus heridas y su suciedad.
Y el errabundo, en los brazos del amor, comenzó su confesión —éste es el verdadero lugar para el arrepentimiento— en los brazos de Dios. “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado tu hijo.”
Pero el padre apenas sí escuchaba la confesión. No le interesaban tanto las palabras; era el hijo lo que le interesaba.
El padre ya estaba dirigiéndose a sus siervos:
“Traed rápido el mejor vestido y ponédselo. Y poned un anillo en su mano y zapatos en sus pies. Traed el becerro gordo y matadlo y comamos y estemos alegres, porque este mi hijo estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado.”
Dios es el padre de esta historia que espera darte la bienvenida en su hogar.
CREDITOS BIBLIOGRÁFICOS
Obispo Festo Kivengere: “Amor sin límites”, cap. 1, Págs. 10-15. Editorial Clie, 1977. Impreso en España.