Mi hijo de 30 años no quiere irse de casa
Por Lucía Solís Tolosa*
Salir a pelear la vida fuera del nido comporta sufrimientos, incertidumbre y, muchas veces, soledad
No son casos aislados sino un verdadero fenómeno social. Los jóvenes no tienen prisa por irse de casa hasta cumplir los 30 años... y a veces esperan aún más. ¿Qué pasa? ¿No quieren asumir responsabilidades? ¿0 los adultos no los dejarnos? ¿Les falta libertad o les sobra?
La generación de quienes tuvimos 20 años entre mediados de los años sesenta y setenta -- la del París del 68, la de Woodstock, la del post-Concilio, la del compromiso y la no violencia-- teníamos prisa por irnos de casa. Primero, la ansiedad por conocer el mundo y juntarnos con otra gente igual a nosotros nos impulsó a tomar la mochila y salir a recorrer nuevas geografías, tan lejanas como nos lo permitían la audacia y el bolsillo. Luego, también de acuerdo con las posibilidades económicas y a veces a despecho de ellas, tratamos de irnos a vivir solos.
"Vivir solos" era una manera de decir, porque lo más común era hacerlo entre varios, o bien casados muy jóvenes, antes de los 25 años; incluso casados y continuando con nuestros estudios. Muchos teníamos nuestro primer hijo enseguida, lo cual no implicaba necesariamente que nos sintiéramos atados: era frecuente que nuestros bebés compartieran la trashumancia y la precariedad de nuestras vidas.
Esa independencia nos faltaba como el aire y no nos importaba contar las monedas para sostenerla. Esperábamos la solidaridad mucho más de nuestros compañeros que de nuestros mayores, ya que con ellos estaba candente el muy mentado "conflicto generacional". Si bien éste es un modelo muy de clase media, lo cierto es que también tenía vigencia en las clases más bajas. Todavía podíamos buscar un trabajo y encontrarlo, y había ideales fuertemente atractivos, numerosas ofertas de participación y actividades colectivas más o menos gratuitas y accesibles.
Los hijos de aquellos tiempos
Mayo del 68 fue un símbolo: los grandes movimientos de jóvenes inconformistas de París se propagaron como reguero de pólvora. La misma efervescencia pero con contenidos que variaban según los países. Los jóvenes nos sentíamos obligados a enfrentar lo establecido, a protestar, a rebelarnos, a ser diferentes de lo que habíamos sido. El contenido político, el compromiso con los pobres fue un matiz latinoamericano; en España se expresó en el antifranquismo; en los Estados Unidos, el pacifismo contra la guerra de Vietnam o el apoyo a Martin Luther King. Aquí o allá, estábamos dispuestos a reaccionar y a actuar colectivamente.
Una vez más es necesario señalar que vivíamos en nuestros países, a nuestra manera y de acuerdo a nuestras circunstancias, una "onda" internacional. Los jóvenes de otros países sentían básicamente lo mismo, adaptando sus actitudes a las circunstancias propias.
Y también es otra "onda" internacional la que montan nuestros hijos que no tienen prisa alguna por irse de casa y, menos aun, por casarse.
En efecto, los "chicos", varones y mujeres, nuestros hijos que hoy tienen entre 20 y 35 años, no piensan en casarse antes de los 30, y prolongan su estadía en casa lo más que pueden. Cuando en 1985 se celebró el Año Internacional de la juventud, se hicieron numerosos estudios que ya detectaron el fenómeno; otros posteriores lo confirmaron. Las investigaciones más recientes establecen ya algunas diferencias notables con la generación que le sigue, la que tiene de 12 a 22 o 25 años. Lo cierto es que nuestros jóvenes no se apresuran a formar su propio hogar. ¿Se sienten cómodos en el de sus padres? ¿A qué se debe esa conducta?
Los factores del cambio
Algunos sociólogos piensan que nuestra generación se sentía compelida a salir de casa por cuatro factores principales. El primero: el económico, ya que las posibilidades reales de mejorar el nivel de nuestros padres, o la relativa pobreza en muchos casos, nos alentaban a tentar vivir por nuestra cuenta. El segundo: la falta de libertad que nos constreñía, ya que sentíamos en mayor o menor medida el autoritarismo generalmente vigente. En casi todos los países occidentales, fue recién en la década del 70 que la mayoría de edad pasó a los 18 años y no a los 21, como hasta entonces. Un subcapítulo dentro de éste era la "libertad sexual", verdadera bandera de la generación. El tercero: la ansiedad de conocer un mundo que el cine y la mejor educación nos habían aproximado. El cuarto: la búsqueda de afectos; en casa había más frialdad, no se sentía el calor de ese amor idealista que construíamos entre nuestros pares.
¿Cómo cambiaron estos factores de una generación a otra? En lo económico, ya no hay la certeza de poder mejorar; más bien se perciben que muchas puertas se cerraron. Pero no es ése el motivo principal, puesto que está probado que muchos jóvenes, aún con buenos ingresos, no se van de casa.
En cuanto a la libertad, nuestros hijos fueron criados con tal dosis de ella, que algunas encuestas detectaron que un buen porcentaje de ellos preferiría estar más contenidos, tener normas más claras; cambiarían un poco de libertad por algo de autoridad que les brindara mayor seguridad y amparo. El sexo, si bien se toma con mayor naturalidad, ha producido una cierta saturación y una buena dosis de miedo por el SIDA. Lo determinante es que ya no sienten la necesidad de irse de casa para tener relaciones sexuales.
El tercer punto es crucial: ésta es la generación que incorporó la televisión en su adolescencia o preadolescencia; está multi-informada, tiene el mundo en casa. Vieron en directo el derrumbe del Muro de Berlín (ya es un lugar común) y la Guerra del Golfo. Se representa el mundo como un lugar difícil de ser vivido, lleno de peligros: sociales, ecológicos, nucleares (en Europa, sobre todo). Lo conoce en vivo y en directo desde la pantalla, pero no se desvive por estar allí. Finalmente, la afectividad familiar ha cambiado: hoy hay más demostraciones entre padres e hijos, y más calorcito adentro que en el mundo fuertemente marcado por la competitividad.
Otra explicación posible es el individualismo ambiental que impone la búsqueda del mayor placer posible. Salir a pelear la vida fuera del nido comporta sufrimientos, incertidumbre y, muchas veces, soledad. Quedarse en casa es asegurarse una compañía, aunque cueste algunas fricciones; siempre se puede contar con el cariño de la familia. Y, según dicen las encuestas, la familia es uno de los valores que siguen sólidamente en pie, a pesar o quizá por las rupturas que muchos están sufriendo en carne propia.
El espacio no nos permite analizar otros factores que ciertamente influyeron, como el hecho de que el trabajo de la madre cambia la dinámica del hogar y la percepción del mundo. 0 la disminución de las pasiones en las vivencias, o el desmoronamiento de ideales que importaban mucho a nuestra generación, o el desencanto por la política, o la fuerza de la generación activa, que sigue siendo la nuestra.
Habría mucho más para decir: este mundo es otro mundo. Lo importante es saber que los nuestros no son los únicos "chicos" que se quedaron en casa, y que los que lo hacen no necesariamente son irresponsables.
CRÉDITOS BIBLIOGRÁFICOS:
Lucía Solís Tolosa es licenciada en Filosofía. En el año en que se editó esta revista ejercía como profesora en la Universidad Nacional de Salta, Argentina.
Tomado de la revista “Vida Feliz”, año 99 Nº 12 págs. 6-9. Editada por Casa Editora Sudamericana. Diciembre de 1998