Por qué hay tantas reglas, papá?
Por Rubén O. Flores


Sucedió hace miles de años en la ciudad de Jerusalén. El apasionamiento sensual, tal como puede suceder para algunos jóvenes en nuestros días, se hizo pesado para Amnón, uno de los hijos del rey David. Los sentimientos amorosos por su media hermana Tamar eran imposibles de contener, su pasión sensual había llegado al máximo esclavizándolo hasta no medir las consecuencias de sus acciones. Incitado por su primo y amigo Jonadab urdió un plan para acostarse y mantener relaciones con Tamar.
La joven, como todas las hijas solteras, era tenida en una rigurosa separación de la com-pañía de los varones. No se permitía que las vieran los extraños, ni aun los parientes, sin la presencia de testigos. Sin embargo, el plan se llevó a cabo y la violación se consumó. 

Como sucede muchas veces cuando existe una situación semejante, las personas, agitadas por violentas pasiones, pasan del amor al odio en un santiamén. La presencia de Tamar, el mirar sus ojos llenos de lágrimas y tristeza y el recuerdo de la atrocidad co-metida, llenaron de vergüenza a Amnón quien llamando a su criado la hace despedir de la casa. 
El doctor Bruce B. Barton en su comentario sobre este pasaje comenta: 
“El amor y la lujuria son muy diferentes. Después de que Amnón violó a su media hermana, su «amor» se volvió odio. Si bien él decía estar enamorado, realmente estaba sujeto a la lujuria. El amor es paciente, la lujuria requiere de una satisfacción sexual inmediata. El amor es benigno, la lujuria es cruel. El amor no busca lo suyo, la lujuria sí. Usted puede leer acerca de las carac-terísticas del verdadero amor en 1 Corintios 13. La lujuria puede parecer amor al principio, pero cuando se expresa físicamente produce amargura y odio hacia la otra persona. Si usted no puede esperar, lo que siente no es ver-dadero amor.( )

Usted puede leer esta historia y su final, en el segundo libro del profeta Samuel capí-tulo 13 versos del 1 al 19. 

Por su parte la doctora Laura Schlessinger dice: ( ) 
“Es generalmente durante la transición a la edad adulta cuando muchas personas intentan hacer una vida que no tenga las restricciones que le planteaban las reglas aparentemente abrumadoras de sus familias, sus religiones o su sociedad. Una variación interesante es la que practican algunas personas que deciden congelar sus valores para poder resucitarlos en otro momento. 

Cuenta la doctora Schlessinger que conoció a Zack, un joven de veinte años ex miembro de una iglesia, quien se apartó un tiempo para poder beber y tener relaciones con la que era su novia desde hacía dos años. Su plan, como el de Amnón parecía fun-cionar ya que estaba bebiendo y manteniendo relaciones sexuales con ella. Sin embargo, esa situación le llenaba de culpa. 
Si leemos el relato completo de la situación de Amnón y Tamar parece una copia de la vida de Zack. Este muchacho no pensaba casarse con ella porque, según pretextaba, la chica no era “cristiana” y él quería casarse algún día con una joven que lo fuera. Po-dríamos preguntarnos si él era realmente cristiano. Según su pensamiento, como el de muchos jóvenes cristianos de hoy, podía hasta entonces, mantener este estilo de vida y más adelante volver a su iglesia y continuar con una vida de consagración.

Una joven que conozco y a quien estamos discipulando con mi esposa, planteó, en su momento, la misma objeción que Zack. – Ocurre pastor que si volviera a la congrega-ción debería dejar la vida que llevo --. Repito una y otra vez, -El sexo no es malo, lo malo es la manera en que se lo promueve y practica. La doctora Schlessinger preguntó a Zack por que creía él que su iglesia sostenía esas reglas de las relaciones matrimoniales.
El joven respondió: “para no tener hijos fuera del matrimonio y para que el sexo sea algo especial”.
Mi pregunta, en este caso como en tantos otros, ¿Es la iglesia la que fija ciertas re-glas de conducta o es la Palabra de Dios la que nos enseña a vivir siguiendo ciertas nor-mas morales? 
¿Zack debía pagar un precio para vivir bajo normas de conducta como las que pide Dios? Es evidente que para vivir como vivía este joven el precio no se paga de inmediato sino después de algún tiempo de practicar esa vida. Creo que todo el mundo sabe que la bebida y el placer momentáneo proporcionan una satisfacción que se esfuma a los pocos minutos tal como le sucedió a Amnón, pero la diferencia entre el placer momentáneo y la felicidad que perdura está en las palabras del predicador cuando dice: 

10No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer algu-no, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena. 11Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé pa-ra hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol. (Eclesiastés 2:10-11)

Termino con un párrafo interesante de la doctora Schlessinger:

¿Es que acaso no podemos tener placer y felicidad al mismo tiempo? ¡Sí, es posible!, pero sucede que el momento y el contexto son importantes. ¿Es necesario que nos lancemos a nadar sólo porque estamos cerca del agua? ¿Qué sucede si aún no sabemos hacerlo, o si el agua está plagada de tiburones, o está contaminada, o si hay una carrera de lanchas? De la misma manera, puede ser agradable cenar con vino, pero en cambio emborracharse para "divertirse" y dejar de lado la conciencia o esconderse de los problemas no es algo bueno. Las "reglas", los "valores" ayudan a desarrollar el carácter, es decir, la habilidad de manejar con valentía los momentos que prometen algún placer pero que al mismo tiempo nos aseguran problemas en el futuro.

Los que amamos a nuestros jóvenes y vemos que los placeres mundanos les están arruinando la vida, deseamos que puedan reflexionar acerca de que las “reglas”, como ellos las llaman, no son tantas ni tan gravosas cuando se las vive bajo la tutela del Señor.

rubenflores@encuentroconcristo.com.ar