El regreso
Por Alejandro Bullón *
"Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó". (Lucas 15: 20)
"Tengo vergüenza". "Fui demasiado lejos". "Ya es muy tarde". Son expresiones que he oído muchas veces de personas que sienten que la voz de Dios llama a su corazón pero que, por algún motivo, quedan paralizadas donde están. Decidieron regresar, respondieron al llamado, reconocieron su triste situación, pero no tienen fuerzas para comenzar a andar el camino de regreso.
Si conocieran la dimensión del amor del Padre, sin duda no vacilarían. Yo imagino que desde que el hijo se fue, el padre quedó en la terraza de la casa, mirando el camino y diciendo para sí: "Volverá, yo sé que un día volverá. No sé cuándo, ni cómo, pero sé que un día aparecerá por ese mismo camino. Lo esperaré. Lo esperaré con los brazos abiertos. No puedo perder esa esperanza. Continuaré creyendo en él, aunque todo el mundo piense que no hay más esperanzas para él, y aunque él mismo piense que ya no existe solución para su caso".
La historia dice que el hijo “levantándose, vino a su padre". No quedó detenido en el "me levantaré e iré". No quedó sólo en la decisión. Volvió. ¿Cómo? En el estado en que estaba; sucio, lleno de piojos, con los cabellos y las uñas crecidos, con olor a puercos y ropas de inmundicia. Aquí hay algo que necesitamos entender. Muchos permanecen en el valle de la indecisión y de la desesperación, sólo porque no comprenden el sentido de esta parábola.
Si el hijo pródigo tuviera primeramente que bañarse, arreglarse el cabello y las uñas, y ponerse un buen perfume, antes de regresar, entonces la iglesia tendría que cambiar su doctrina de la justificación, que es sólo a través de la fe; y de la santificación, que también es a través de la fe.
Amigo mío, tienes que volver al Padre tal como estás, con tu cigarro, con las drogas, con los complejos, los traumas y las marcas que el pecado haya impreso en tu vida. No intentes, por favor, resolver tus problemas solo; no pienses: "Dejaré primero el cigarrillo, luego volveré- No, por favor, vuelve como estás. No razones: "Dejaré las tres mujeres que tengo ilícitamente para que el Padre pueda recibirme". No, no es así como funcionan las cosas en el reino de Dios. El dice: "Hijo, ven a mí tal como estás, semidesnudo, con el olor que tienes, inmundo; ven, tráeme tus harapos, tus vicios, tus traumas". Y, ¡oh, amor maravilloso descrito en esta parábola! El Padre no tiene asco del hijo maloliente. El Padre lo abraza y lo besa.
¿Entendiste? ¿Cómo podría el Padre tener asco de ti, si tú eres para él la cosa más querida de este mundo? ¿Piensas que va a rechazarte, como a veces los hombres rechazamos? ¿Piensas que, por el hecho que llevas visibles en tu vida las marcas del pecado, el Padre dará vuelta la cara y te condenará? ¡No, mil veces no! El, con certeza, te abrazará y te besará; te arrancará las ropas inmundas, te preparará un baño, cortará tu cabello y tus uñas; porque la salvación es de él. Y es él quien justifica, y es también él quien santifica. Es él quien perdona, y también es él quien da el poder para vivir una vida de victoria y de obediencia.
Conozco muchas personas que andan perdidas en la vida, intentando inútilmente resolver sus problemas. 'Volveré, pastor -dicen-, pero primero tengo que poner en orden mi vida". Y yo te digo en el nombre de Jesús, que si piensas que para regresar necesitas antes corregir tus errores, ciertamente nunca regresarás. Todo lo que conseguirás será acumular una colección de fracasos y promesas incumplidas. Esto aumentará cada vez más en tu corazón el sentido de culpabilidad e impotencia que irá silenciando lentamente la voz de Dios.
Yo sé que en este momento estás sintiendo la voz del Padre llamándote: "Hijo, es hora de que vuelvas". Y me pregunto: ¿Por qué llegaste a donde llegaste? ¿Qué es lo que te apartó de Cristo y de su iglesia? ¿Lo recuerdas? ¿Fue la discusión con un hermano? ¿Fue algún mal testimonio de alguien de la iglesia? Y ahora, dime: ¿Valió la pena haber salido? Claro que no. Anduviste todo este tiempo solitario y triste; cada vez que llegaba la puesta del sol del viernes, una extraña sensación de dolor oprimía tu corazón. A veces, cuando pasabas delante de una iglesia, tu corazón latía aceleradamente. No, nunca fuiste feliz allá afuera. La mayor prueba de eso es que llegaste hasta aquí en la lectura de este libro. Es posible que te estés preguntando: ¿Cómo es que este hombre me conoce? La verdad es que yo no te conozco, aunque muchas veces haya orado por tu regreso, aún sin conocerte.
Un día, en los minutos devocionales, sentí la voz de Dios que hablaba a mi corazón: "Alejandro, escribe lo que estás pensando, porque tengo centenas y centenas de hijos maravillosos llorando allá afuera. Están tristes, vacíos, buscando algo que, en el fondo de su ser, saben perfectamente que soy yo. Escríbeles, porque este librito será el instrumento que usaré para traerlos de vuelta. En mis brazos no sentirán más frío. A mi lado no tendrán más hambre. Necesito que regresen antes que llegue la noche, mientras todavía pueden oír mi voz llamándolos".
Es por eso, amigo mío, que estoy escribiendo estas líneas, y es por eso que ahora voy a pedirte que te arrodilles donde estás, o que simplemente cierres los ojos, y digas en tu corazón:
"Padre, basta, ya me lastimé demasiado en la vida. Estoy herido, cansado de pecar, cansado de vivir, de sufrir, de buscar; por favor, Padre, aquí estoy de vuelta en tus brazos, sin promesas, porque ya prometí muchas veces y nunca cumplí. Simplemente, estoy aquí. ¿Puedes limpiarme? ¿Puedes restaurarme? ¿Puedes hacer por mí lo que siempre fui incapaz de hacer por mí mismo?”
* CRÉDITOS BIBLIOGRÁFICOS:
Tomado de:
Alejandro Bullón. “Hijo, vuelve a casa”. Págs. 56-61, Editado por Casa Editora Sudamericana. 1992. Impreso en Argentina.