Cuando el tesoro se rompe
Por Silvia Sánchez de Brynjolfson


Si bien el siguiente artículo tal vez no tenga mucho que ver con la actividad de una madre en su hogar, creí interesante exponerlo ya que la autora, como ama de casa y ayuda idónea de su esposo en el ministerio de misiones, ha tenido una experiencia digna de tener en cuenta por todas las mujeres que sienten el llamado a servir al Señor en un área específica, además del hogar.

“Muchas veces Dios permite "fracasos" en nuestro ministerio para poner de manifiesto las motivaciones distorsionadas y el egocentrismo que contaminan nuestra más noble consagración a la causa del evangelio.

Mi esposo y yo, junto con nuestros pequeños hijos, fuimos llamados a servir en ministerios transculturales. Luego de adquirir diversas experiencias en la obra misionera llegamos a nuestro nuevo país donde, dispuestos a entregarnos por completo, pensábamos invertir muchos años de nuestro servicio a Dios. Pronto vimos frutos. En pocos meses una escuela bíblica se puso en funcionamiento; innumerables viajes evangelísticos con creyentes del lugar produjeron las primicias de renacidos en una tierra lista para la siega; nuevas iglesias se levantaron; Dios obró a través de nosotros milagros que nos dejaban sorprendidos a nosotros mismos; se pusieron en marcha proyectos de desarrollo... En fin, ¿ministerio exitoso? Creíamos que sí, y por la gracia de Dios.

Regresamos a nuestro país temporariamente e inesperadamente, debido a motivos de salud de uno de nuestros hijos (era algo que nunca podría ser tratado en nuestro país de ministerio), nos vimos impedidos de regresar. Atravesamos un período de desconcierto.

Nuestro corazón había quedado allá. Amábamos a esos hermanos y nos sentíamos amados por ellos.

A los pocos meses de nuestra ausencia comenzamos a recibir noticias de divisiones en las iglesias, problemas de moral entre los pastores, acusaciones etc., etc... Todo esto nos dolía mucho. Sin embargo, a las pocas semanas el dolor se agudizó al enterarnos de que nosotros, sin saberlo, también estábamos envueltos en el enredo. Algunos hermanos nos acusaban de habernos quedado con dinero que había sido destinado a los nacionales y que, de acuerdo a sus criterios, habíamos estado enriqueciéndonos a cuenta de ellos. Algunos hasta adjudicaban la enfermedad de nuestro hijo a un castigo de Dios.

Cuando esto llegó a nuestros oídos sentí frustración, resentimiento y ganas de borrar a esa gente de nuestra mente y corazón. "¿Quién sabe el alcance que habrá tenido esa difamación?", pensé, y "¿cómo afectará eso a nuestro futuro ministerio?"

Cuando llevé esto al Señor en oración me pregunté: ¿por qué me duele tanto? "Es porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón" sentí. "¿Pero cómo, si justamente al responder al llamado misionero puse en el altar y sacrifiqué todos mis tesoros?"

En ese momento de intensa comunión con Dios me di cuenta de que, en una forma muy sutil e imperceptible, la fuerza motriz de mi vida y ministerio había cambiado de objetivo y dirección. Estaba trabajando para una inversión carnal y no espiritual, con dividendos terrenales y no eternos. No tenía nada que ver con lo material sino que mi seguridad personal, mi sentido de valor propio, o sea mi verdadero tesoro, estaba basado en nuestro éxito en el servicio a Dios, en el sentirnos amados por nuestros hermanos en nuestro campo de labor y en el saborear un poquito la admiración de nuestros compatriotas cuando regresamos a nuestro país.

Esa carta nos cayó como una piedra que hizo añicos nuestro más apreciado tesoro. Todo mi sentido de valor en la vida estaba hecho pedazos. ¿Había lugar para los malos sentimientos? Sí, porque toda mi seguridad estaba depositada en la arcilla frágil del cofre de mi amor propio, mi orgullo y mis expectativas egocéntricas. Era mi "yo" el que estaba herido.

Cuando el Señor me recordó que El había llevado cuenta y había evaluado mi servicio y que mi tesoro en el cielo permanece seguro e inalterable, me sentí aliviada y con victoria. ¡Qué verdad tan simple y básica! Mi seguridad personal está en Cristo, y no en lo que otros piensan de mí, ni en el éxito o fracaso de la labor.

El Señor nos ha dado un nuevo ministerio. Gracias a esa experiencia estamos aprendiendo a llevar adelante con ojos atentos a los sutiles engaños del corazón, examinándolo delante de Dios para no permitir que nuevamente invierta mi vida en un tesoro de arcilla y no de oro.

*CRÉDITOS
Tomado de Apuntes Pastorales Vol. XIII , Enero- Marzo 1996, pág. 22. Edit. por Desarrollo Cristiano Internacional.
San José, Costa Rica