Alegrías y conflictos primerizos
El primer hijo
Por Revista "Vida Feliz"
cuando aquella noche la joven pareja, tras cruzar algunas miradas maliciosas, anunció en la mesa familiar el incipiente embarazo de ella, a varios comensales se les demoró el bocado en la garganta. El júbilo, las felicitaciones, los abrazos y las bromas no alcanzaron a esconder el súbito escalofrío que recorrió a muchos. Sin conocer aún la luz del sol, el nonato había provocado ya la primera gran revolución familiar. Pero no sería la única.
"Cuando aparece un hijo --dice la licenciada Irene Loyácono-- cambian los papeles de toda la familia: los esposos pasan a ser padres y no sólo hijos en la línea generacional, los hermanos pasan a ser tíos y los padres abuelos. Un bebé produce un fuerte impacto y un brusco reacomodamiento familiar".
Pero antes de todo aquello, antes de que el ciclo de la vida hubiera iniciado una vez más su marcha, un disparador sutil y secreto, casi desconocido (la falta, lo no completado, el resquebrajamiento de la ilusión de que la pareja es autosuficiente en sí misma, y también algún mandato lejano llegado desde los ancestros), hizo su parte.
"A menudo es necesario rastrear no sólo a la familia conyugal sino a las familias de origen para detectar la verdadera causa del deseo de una pareja por tener un hijo ??dice el doctor Locketec?. El hijo siempre viene para cubrir una carencia, en la medida en que nadie busca algo que no siente que le falta. Nuestras investigaciones expresan que, por ejemplo, si en la familia de origen de alguno de los dos miembros de la pareja hubo alguna pérdida, algún desequilibrio, alguien que se fue, esto genera una suerte de presión familiar sobre la pareja y, consecuentemente, sobre la llegada del hijo. Por eso es fundamental que los dos miembros de la pareja tengan en claro cuál es el lugar que va a ocupar ese chico, ya que llena un espacio preestablecido".
Siguiendo con esa línea de razonamiento, María Rosa Glasserman postula que es habitual que el deseo de tener un hijo sea distinto en ambos cónyuges; uno anhela al hijo más que el otro. Si dicho desequilibrio llega al punto en que aparece un embarazo "no deseado", los conflictos entre la pareja surgen inmediatamente. Desde la culpabilidad mutua, y por ende una ardua adaptación, hasta el distanciamiento paulatino y la eventual separación, se extiende el espectro de alternativas que tiene que enfrentar la pareja.
Un nuevo estado
Sin embargo, el embarazo mismo, aun aquel en que el acuerdo entre los cónyuges esté claramente establecido, supone para la mujer un cambio corporal formidable que, por más que su estructura psíquica sea sólida, provoca una serie de vivencias complejas: desde la alegría hasta el miedo, y siempre algo de introversión.
"Esto no significa que la mujer se borre del mundo ?-dice Irene Loyácono?- sino que está retraída respecto de su marido; lo cual, en una relación tan cercana como la establecida por una pareja, se nota mucho". El nuevo estado condiciona su vida. Si el embarazo es llevado con normalidad, la mujer soporta complicaciones: cansancio, cambios estéticos y renunciamientos que constituyen un pequeño precio que debe pagar. Empero, aquellos contradictorios sentimientos de duda y rechazo suelen provocar culpa, ya que el mandato social condena dichos sentimientos.
En el hombre, el embarazo de quien fue su compañera y amante, ahora devenida repentinamente en madre, provoca también un fuerte impacto.
En el hombre, el embarazo de quien fue su compañera y amante, ahora devenida repentinamente en madre, provoca también un fuerte impacto. Sobre la figura de la compañera sexual se sobreimprime la de madre, obligándolo a reestructurarse interiormente. El concepto de madre, portador de connotaciones sagradas para la cultura occidental, estimula actitudes de reverencia y temor, erigiéndose en un poder inaccesible para el hombre.
"Si el hombre logra ?asegura Loyácono? componer una imagen de su mujer con los nuevos papeles -?amante y madre?-, este período será menos conflictivo. Pero si tiene rasgos de dependencia infantil se sentirá abandonado, tendrá envidia de la criatura y engordará junto a su mujer".
También, a causa del vínculo profundo de la madre con el feto, el hombre experimentará un sentimiento de incertidumbre y exclusión, que sobrellevará mejor si se halla realizado en otros ámbitos. Es normal que el hombre asuma el papel de protector, colmando de cuidados a la futura madre. "Y la madre también necesita esa 'mirada' de su marido ??dice Locketec?; si no la encuentra puede distanciarse de él y volcarse a su familia de origen".
El parto, aguardado habitualmente con ansiedad, es la culminación de esta espera y puede promover, en el hombre, un sentimiento de culpabilidad. La sensación de que su mujer es sometida a una situación dolorosa sin que él sea capaz de aliviarla, lo carga de angustia. "Por eso ?-dice Irene Loyácono?- es importante incluir al padre en los cursos de preparto que facilitarán su presencia en el nacimiento del hijo. Esta participación activa hará que se sienta útil y necesitado
Una pareja, dos parejas
Una vez producido el parto, la nueva familia experimentará una dinámica distinta en sus relaciones. La pareja, a partir de allí asume dos papeles yuxtapuestos: el de pareja parental y el de pareja conyugal. Para la madre, entonces, surge una ambivalencia que le requerirá un gran esfuerzo poder conciliar; por un lado, debe seguir siendo la compañera de su marido, pero, por otro, la conexión con el bebé la introduce en un estado semiesquizoide, al que Donald Winnicott caratuló como "preocupación maternal primaria": Todo, excepto su bebé, pierde significación.
El hombre padece así una cierta marginación o aislamiento que puede llegar a canalizarse de dos maneras, fundamentalmente: si es maduro y estable psicológicamente, esperará el retorno de su esposa; si es en cambio dependiente respecto de ella, se sentirá abandonado o desplazado, padeciendo enojos, resentimientos o acudiendo a la infidelidad.
Con la nueva relación triangular, es difícil establecer equidistancia entre los vínculos familiares. Los celos (el temor de que a otro lo quieran más que a uno) suelen ser normales en el marido cuando llega el bebé. Pero esto puede agravarse en el caso ?no infrecuente? en que la mujer centre su validación personal en el hijo: allí, la madre se desliga de su pareja conyugal y hace depender su autoestima del bebé, no permitiendo que nadie interrumpa ese vínculo. Y sin llegar a ese extremo, puede ocurrir, simplemente, que la madre monopolice la crianza del pequeño, cerrándole al padre las vías de acceso a dicho terreno. Frecuentemente ?-enfatiza Loyácono?-, la madre quiere que el padre sea una réplica de ella misma y no acepta diferencias en la manera de cuidar al bebé: quiere que lo acune, lo levante, lo cambie igual que ella". Sin advertir que sólo la presencia del padre será capaz de reubicar los lazos familiares, poniendo fin al enamoramiento excluyente madre?hijo.
Con la llegada del primer hijo otro cuadro típico es aquel en que la madre transforma a la pareja sólo en parental, y el padre, por oposición, sólo en conyugal. La madre es absorbida por el chico y el padre desplazado a la periferia; la esposa sacrificada y el marido egoísta; ella insistiendo en que son padres antes que nada, y él en que son marido y mujer. Los papeles se polarizan hasta el extremo en que los estereotipos hacen que cada uno se quede sin partenaire, sin compañero.
Aunque la incorporación de un nuevo miembro a una familia siempre requiere ajustes, la llegada del primogénito tiene particulares connotaciones. "Con el primero se aprende todo -?razona María Rosa Glasserman?, se elaboran algunos miedos naturales e inseguridades. Es también el momento de confrontar al hijo de carne y hueso con las ilusiones de los padres. Ante la realidad llena de incertidumbres puede aparecer el desconcierto o la desilusión. La mayor virtud de los padres debe ser acompañar al hijo sin conocerlo, y respetar su individualidad sin aferrarse a expectativas previas".
La llegada del primer hijo supone, sin lugar a dudas, una de las etapas más cruciales en la vida de una pareja. La sociedad actual, con la profundización del diálogo, la ha revestido aún más de características especiales, Y si el hijo, como dice Adolfo Locketec, "funciona como detonante de conflictos escondidos", los conflictos forman parte de la evolución y del crecimiento de la familia. A través de la superación de los problemas y mediante el reacomodamiento indispensable se podrá vivir este acontecimiento con plenitud, como reclama el flujo de la vida.
Créditos:
Revista "Vida Feliz", Año 96 N* 9, págs.3 a 5.
Editada por Asociación Casa Editora Sudamericana.