La Madre: El alma del hogar
por el Dr. James Dobson *


Mi hijo Ryan tiene todas las características sicológicas que se le atribuyen a los niños cuyas edades oscilan entre el primer y tercer año de vida. Durante esta etapa tan especial de su existencia, el entusiasmo y la constante actividad parecen surgir de una fuente inagotable. Es necesario que esté siempre bajo la vigilancia de un adulto para evitar que sufra algún accidente y, por lo general, esa responsabilidad recae sobre mí.

En una ocasión, mi esposa Shirley se fracturó una pierna esquiando y debido a ello, me vi obligado a ocupar su lugar en los quehaceres domésticos durante unas semanas. Fue entonces que vine a tomar conciencia de lo que significa reemplazar a una mamá que también es ama de casa. ¡Les aseguro que no fue nada fácil!

La primera mañana que me hice cargo de tal labor, Ryan comenzó enseñándome las reglas del juego "ocupando el lugar de mamá". A las seis de la mañana me desperté sobresaltado por un grito. Me tiré de la cama, y me dirigí al cuarto de Ryan mientras éste gritaba con todas las fuerzas de sus pulmones. Cuando abrí la puerta de su cuarto la gritería cesó de inmediato y una dulce vocecita infantil preguntó:

-¿Ya está listo el desayuno? -Lo voy a preparar, le contesté.

Así que me dirigí a la cocina, todavía medio dormido, para preparar algo. Comencé buscando en las alacenas algo que fuera fácil y rápido de preparar. Todavía tenía los ojos entrecerrados por el sueño.

Entretanto Ryan saltó de su cama y me siguió hasta la cocina. Inútilmente trató de hacerme hablar, pero era lo último que yo quería hacer en ese instante.

-¿Tenernos tocineta? -preguntó- Derramaste la leche, y añadió -¿Ya está todo listo?, volvió a interrogar. Pero yo no le contesté. Me preguntó una docena de cosas, pero todas quedaron sin respuesta. En ese preciso momento se me enfrentó y me gritó: -¡Ya me tienes cansado!

¿Qué haría una madre en tal situación? No lo sé... Tuve ganas de pedirle a Shirley que volviera a tomar su trabajo, y que yo me comprometía a pedirle al Señor, diariamente, su bendición sobre ella; como los hombres de la antigüedad se sentaban a las puertas de las ciudades para tratar asuntos, y eran conocidos por la buena reputación de sus mujeres.

La labor del ama de casa puede llevar a la mujer a tensiones y frustraciones que debemos encarar con toda honestidad.

Aun para una madre que se siente profundamente comprometida con su familia y con el bienestar de ella, hay momentos en que desearía salir corriendo lejos de su hogar. Los niños pequeños como nuestro Ryan, pueden agotar e irritar a la persona que se atreva a cuidarlos durante los 365 días del año.

Los infantes suelen ser revoltosos, ruidosos y desordenados. Mojan los pañales, rayan los muebles, y alteran constantemente los nervios de sus madres. Realmente se necesita ser una mujer fuera de serie, para criar a un niño y no poder decir de vez en cuando -¿Dios mío, qué estoy haciendo aquí?

Las mujeres también enfrentan otros problemas y presiones que no son comunes entre los hombres. Algunas esposas que permanecen en sus casas todo el día, anhelan la compañía de personas adultas. Desean ardientemente mantener relación con personas mayores. Además frecuentemente son dadas a recordar sus momentos felices, o el romántico amor de sus años juveniles. La predilección que demuestran por las telenovelas románticas refleja la grave necesidad que atormenta sus vidas ante el aislamiento que deben soportar. ¡Y esto no es un problema insignificante!

Lo ya mencionado conduce a la fuente generalizada de frustración, y las mujeres lo reconocen así durante las sesiones asesoramiento matrimonial: “. . . falta de comunicación es la razón de mi depresión, pues cuando intento hacérselo comprender a mi esposo, de antemano él establece entre nosotros una muralla de silencio, o reacciona en una forma totalmente negativa. ¿Es que piensa que verdaderamente no existe ningún problema entre nosotros?

Debido a estas breves escaramuzas en el campo de las responsabilidades maternas, y de la experiencia como consejero matrimonial, he adquirido un respeto y un aprecio muy grande por las habilidades que la mujer demuestra como esposa y madre.

Su labor es de máxima importancia para la salud y la vitalidad de la sociedad. Lamento profundamente que el trabajo del ama de casa no reciba el reconocimiento que merece en el mundo moderno.

En algunos círculos las palabras "ama de casa" han llegado a simbolizar irrealización, inferioridad e insignificancia. ¡Qué: desgracia! Cometemos un error muy grande al desvalorizar la importancia que tiene el hogar y menospreciar la educación que allí reciben nuestros hijos

Créditos:
Tomado de la “Revista Unilit” Año 7 Nº 17 pág.30. Bogotá Colombia. Año 2000.
Del libro: “Lo que las esposas desean que los maridos sepan sobre las mujeres”, autor Dr. James Dobson