Madre hay una sola
Por Rubén O. Flores
“Entonces la mujer de quien era el hijo vivo, habló al rey (porque sus entrañas se le conmovieron por su hijo), y dijo: ¡Ah, señor mío! dad a ésta el niño vivo, y no lo matéis. Mas la otra dijo: Ni a mí ni a ti; partidlo” (1 Reyes 3:26)
Alguien dijo en una oportunidad: ¡Ah! ¡Madres eran las de antes! Cuando pienso en mi madre creo que pudo tener razón.
Eran aproximadamente las nueve de la mañana de un día soleado de 1992, mientras nos aprestábamos con mi esposa a comenzar el día, escuchaba que Baby, una señora de nuestra congregación, ayudaba a mi madre con la limpieza del hogar. Por aquellos años mi madre había quedado paralítica a causa de su diabetes y otros problemas graves de salud que la aquejaban. Como mi padre no podía cuidarla por sí solo, trajimos a ambos a vivir a un departamento que la iglesia les había construido en los fondos de nuestra casa. Esa mañana ambas cantaban himnos al Señor mientras comentaban acerca de las actividades de la congregación. De pronto, alrededor de las diez, Baby vino corriendo explicándonos que mi madre tenía mucha dificultad para respirar. Nos apresuramos a ir a su casa y la encontramos realmente muy mal. Consideré que el momento de despedirla había llegado y mientras le tomaba las manos, oramos y la entregamos al Señor, exhaló un suspiro y partió a la presencia del Altísimo. Su sufrimiento había llegado al final.
Hacía muchos años que mi madre estaba sufriendo, estaba acostumbrado a acompañarla al doctor por su problema de corazón, por los problemas que ocasionaban sus divertículos, su diabetes y su arterosclerosis. Al fin de cuentas la realidad es que los doctores que la atendieron momentos después que su corazón falló, no supieron decirme específicamente cuál fue el motivo de su partida. Han pasado ya dieciséis años y que cada año que pasa parece que la extraño más.
El pasaje que incluí al comienzo es sólo una de los muchos que hablan sobre la sabiduría de Salomón, lo cual no es motivo de este artículo, sin embargo es bueno recalcar que, a pesar de las muchas mujeres que toman el embarazo tan ligeramente que llegan a abortar, tirar al bebe en un basurero o en el mejor de los casos, regalarlo, hay millones de ellas que pueden dar la vida por su hijo.
Mi madre era la clase de mujer que uno puede encontrar hoy si busca sin cansarse, con paciencia y buena voluntad. Mujer que no conoció varón hasta su casamiento, y aun después, mujer de un solo hombre. Fiel hasta las lágrimas ya que mi padre fue bastante duro con ella a pesar de que la amaba muchísimo. No recuerdo haberla visto desarreglada, siempre bien peinada y maquillada según su época. Cuando sabía que la hora en que mi padre volvía del trabajo había llegado, lo esperaba como si fuera el primer día de su luna de miel. Solucionaba los problemas económicos provocados por él ya que no cobraba su trabajo como debía y llevaba adelante los pagos de impuestos, facturas de servicios y demás cuestiones del hogar.
Si bien no llegaba a tanto, hoy, que conozco las Escrituras, me recuerda en gran parte a la mujer de proverbios treinta y uno, esa mujer que cada hombre en este mundo le gustaría tener por compañera y esposa.
Sus cincuenta y cuatro años de casados fueron un modelo para mí. Sabía qué esperaba mi padre de ella y trataba de cumplir lo mejor posible su rol de esposa. Recuerdo que aproximadamente al cumplir sus cincuenta y cinco años la operaron y extrajeron su útero por problemas de cáncer, ocultó esa extracción ya que mi padre, a la manera antigua, entendía que una mujer sin útero ya no era una mujer. ¡Pobre, qué pensamientos tan raros! ¡Pero bueno, eran otros tiempos!
Hoy veo que gran parte de nuestros jóvenes viven creyendo que convivir toda la vida con una sola persona es, como escribió Tomás Moro en su célebre obra, una utopía. Si bien mi madre sabía qué esperaba mi padre de ella, también mi abuela en gran parte, y mi bisabuela antes. Creo que tenemos problemas graves en cuanto a lo que es una familia. La escritora Brenda de Predazzi* dice:
“Ya nada está estipulado como un modelo a seguir. Las normas sociales sobre lo aceptado o rechazado, lo que se ve bien o lo que se ve mal, son flexibles. Cada pareja o familia decide sobre sus normas internas y externas, y cuál es el modelo a seguir. . . En la historia de la humanidad siempre existió la familia como el ámbito para canalizar el instinto de reproducción y la necesidad de contención. . .Dios, al pensar en la procreación y en la perpetuación del hombre, diseñó la familia como el espacio más propicio para la procreación de seres humanos sanos y felices”.
Ciertamente, como dice esta escritora, “hoy, tener una familia feliz y para siempre es un desafío aun mayor de lo que fue para mi abuela. Mantener la familia unida requiere de mucho esfuerzo y energías. Por lo cual debemos apelar a la ayuda divina para que nos guíe en este objetivo.”
Y agregaría que para esa ayuda divina nada es imposible.
Dios nos bendiga y refuerce en la concreción y contención de una buena familia.
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Brenda de Predazzi
Licenciada en Trabajo Social. Docente e Investigadora de la Universidad de Buenos Aires.
Revista “Vida Feliz” pág. 12. Año 99 Nº 5.
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