ESPECIAL PARA PADRES
“De un padre a otro”

por Dr. Bruce Narramore ([1])
Psicólogo

 

            < Sencillamente, ¡ya no sé qué hacer con nuestros hijos!>. Se quejaba una madre desesperada.  “Cada día hay una nueva riña. De la mañana a la noche, siempre hay algo que marcha mal. ¡Lo hemos probado todo, y nada parece servir para algo!> . . .”.

            La mayoría de nosotros podemos simpatizar con esa postura. A todos nos ha tocado tiempos de prueba con los niños. En algunas familias una saludable paz se ve interrumpida, sólo de manera ocasional por una rabieta temperamental, una llantita de vez en cuando, o la desobediencia. Eso es de esperar. Pero otros hogares, en cambio, se encuentran sumergidos en un constante alboroto, de la mañana a la noche. La lucha da comienzo con la llamada mañanera a levantarse. Metiéndose entre las sábanas, Juanito murmura: “Conforme; dentro de unos minutos me levanto”.  Mas tarde, mamá advierte: O empezáis a levantaros, o llegaréis tarde a la escuela”. Y al no recibir respuesta, la madre finalmente rompe a gritar: “¡Juanito!  ¡Fuera de la cama ahora mismo!” Y el aludido repta despaciosamente saliendo del lecho. Luego, la escena se traslada al cuarto de baño. En vista de que Juanito resulta tan lento como de costumbre, la madre exige: “Date prisa y sal del baño. ¡Tu hermana está esperando!”. Tras ulteriores regañinas, con escasa respuesta del susodicho, finalmente sigue la cosa de la cocina. Juanito no quiere desayunar. Anda perdiendo el tiempo sin aparecer por la mesa, y luego se dedica a juguetear con la comida.

 

            Finalmente llegan las ocho y cuarto. El autobús escolar aparecerá de un momento a otro. Mientras prepara frenéticamente los almuerzos de sus hijos, la madre trae a Juanito sus libros, el abrigo, y le empuja hacia el otro lado de la puerta principal . . .con el desayuno todavía encima de la mesa. Emitiendo un hondo suspiro de alivio, la madre se sirve otra taza de café y se prepara a emprender el resto de las tareas de esa jornada casera. . .

 

            Escenas como la que acabamos de describir se producen por millares cada día. Padres e hijos se sienten frustrados, pero nadie sabe cómo mejorar semejante estado de confusión. Estos conflictos son “normales”, claro, pero, a pesar de ello, arrebatan a las familias unas espléndidas oportunidades de placer y unidad. La paternidad pasa a convertirse en algo enojoso, y la niñez en una época de infelicidad. A medida que tales experiencias se van acumulando, los chicos pasan a situarse en unos modelos dados de mal ajuste, de inadaptación propia. Y esos módulos de costumbre serán la semilla de problemas más adelante en la vida. Tras caer en el hábito de salirse con la suya por procedimiento de índole negativa, un chico encuentra difícil cambiar. Y lleva consigo esos hábitos suyos al ambiente de la escuela. Al convertirse en un adulto, dichos hábitos reaparecen en él un día si y otro también; esas frustraciones infantiles en apariencia de cosa normal, se convierten en el fundamento de los problemas emocionales del adulto. Sólo que no tiene por qué ser como decimos, forzosamente. A base de un planeamiento empapado de comprensión, tales problemas pueden ser superados.

Estos «encuentros» entre padre e hijo también azu­zan a choques dentro de. la pareja matrimonial. Al luchar contra ese estado permanente de altercados, la esposa dirigirá la hostilidad hacia su marido. Le bombardea. con comentarios de este estilo: «Como eres tan inconsiderado y tan egoísta...»; o bien: jamás echas una mano con los niños.»; e incluso: «¿Cómo crees que me cuide de esos chicos y te pre­pare la cena a tiempo?» Y muy pronto el progenitor está de un humor de perros. Se esconde tras  pe­riódico, o trata de solucionar todo   el caso diciéndole a cada cual, y a todos en general, que se callen, que se ocupen de sus asuntos.

Escenas como las que comentamos, plantean una pregunta interesante: «¿Cómo puede suceder que pa­dres amantísimos, de buenas intenciones, tengan hijos que no quieren cooperar, que muestran inadaptación?»

Mi experiencia de consejero, con cientos y cientos de padres, me ha demostrado que en multitud de familias ni los padres ni los hijos padecen alteraciones emocionales de importancia. En vez de eso, lo que sucede es que, tanto padres como retoños, han ido aprendiendo de unos modelos o pautas sin la nece­saria adaptación para reaccionar ante los demás miembros de la familia. Los chicos han elaborado ingeniosísimos sistemas para la manipulación de «papaíto» y «mamaíta», y los padres han fracasado en el aprendizaje de unos modos positivos, constructivos, de relacionarse y reaccionar ante la conducta pési­ma de sus retoños.

Nuestra sociedad demanda diecisiete años de educación, antes de que pueda certificarse que una persona está capacitada para ser maestro en una escuela pública. Los médicos precisan, para ejercer, de vein­te años de estudios. Los carpinteros, los fontaneros, pasan por años y años trabajando como pinches o aprendices, entrenándose, antes de conseguir la plena eficiencia en sus respectivos oficios. Pero para la tarea de criar y de educar a un niño desde la cuna, nuestra sociedad no ofrece absolutamente ningún género de entrenamiento formal, oficial...

Quizá sea así, dado que la concepción, el embara­zo y el dar a luz son todas funciones corporales, de entera naturalidad, que van sucediéndose sin necesi­dad de aprendizajes previos. Acostumbramos a su­poner (si acaso pensamos siquiera en ello...) que la crianza y educación de los niños son cosas que «llegan por si solas, naturalmente». Pero ha llegado a ser de una deslumbradora claridad que no es así, que no ocurre tal. Los diarios conflictos en cada hogar, el hecho impresionante de las alteraciones emociona­les y la enfermedad mental, y los crecientes proble­mas de tipo social y del comportamiento que padece hoy nuestra sociedad, todo ello apunta hacia el fra­caso de los enfoques presentes en cuanto al apren­dizaje vital de los niños. En los Estados Unidos ha llegado a estimarse que una de cada doce personas pasará algún tiempo de su vida en un hospital psiquiátrico. E innumerables más son las personas que precisan de alguna forma de tratamientos menos drásticos, para hacer frente a sus propios problemas de adaptación, o alteraciones emocionales, desajustes, etc.

La calidad de la vida familiar en que se desen­vuelven los niños afecta a mucho más que su adap­tación emocional. Influencia seriamente su desarrollo espiritual. Esto, por supuesto, en consideración a lo permanente, lo eterno. Una vez pedía yo a determi­nada señora que me describiera a su padre; ella contestó: «Es cariñoso, amable, justo, un gran caballero...; pero lo siento tan distante» Algunas semanas después le pedí que me hablase de Dios. Y me re­puso: Es afectuoso, amable, justo y omnipotente...; pero me parece tan distante...» i Se había servido casi exactamente de idénticas palabras para descri­bir a Dios, y a su propio padre humano! Y conste que la cosa no supone algo infrecuente...

La imagen infantil de Dios queda poderosamente influenciada por las relaciones del niño con sus progenitores. Dado que Dios constituye una Persona in­material, situada en un cielo al parecer distante, le resulta difícil al chico entender qué sea la Divinidad. Y habiendo previsto tal problema, Dios creó la es­tructura familiar para enseñamos acerca de su Natu­raleza. Vivimos en un mundo natural, físico; y existe también un mundo espiritual. Para colmar la brecha o vado que hay entre los dos, se sirve Dios de unos conceptos pertenecientes al mundo físico, para, así, enseñamos las verdades del reino de lo espiritual. Se sirve de la luz (Juan 8:12) para representar a la Verdadera Luz.[2] Usa de la vid para representar la Verdadera Viña (Juan 15:1-2) [3] Y utiliza un padre (Hebreos 12:7-10) [4] para representar al Auténtico Pa­dre. A medida que el niño va creciendo aprende lo

relativo al amor y la justicia que muestra su padre terrenal. Su inconsciente razona de modo semejante a éste: «Dios, a quien no he visto, es un Padre celes­tial. Debe ser, pues, como mi padre. Ahora puedo entender a qué se asemeja Dios.»

  El paso del padre terrenal al celestial Padre queda claramente puesto de manifiesto en Mateo 7:11, don­de Cristo nos ha dicho: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le piden?». Este pasaje indica que un niño puede esperar ver las virtudes de sus progenitores magnificadas en su Padre celes­tial. Donde pocas de tales virtudes existen, difícil será establecer una imagen positiva de Dios.

Los padres cariñosos, maduros, hacen sencillo, para sus retoños, el entendimiento del carácter de Dios. Pero unos progenitores ansiosos, no congruentes, o dominantes, instilan una pobre imagen paterna en sus hijos. Los hijos de esa clase de padres pueden ver a Dios como alguien distante, despreocupado de las cosas del mundo, amigo de castigar, y aun débil. La imagen exacta dependerá de los atributos de esos padres terrenales.

 

La hija, poco más que quinceañera, de un duro y criticón pastor, vino cierto día a verme para que la aconsejara. Estaba seriamente deprimida. En su su­frimiento, trató de cometer suicidio para acabar con su penar. Cuando le estaba hablando yo de su rela­ción con Dios, me interrumpió, rabiosa: «¡No me venga con el cuento de que "Dios es Amor"!  iSi lo fuera, yo podría verlo en mi padre!» Esta reacción, y otras semejantes, se producen cada día en los des­pachos de los consejeros del entero mundo. Hay mu­cha gente que busca a Dios, pero su visión queda oscurecida, anubarrada por culpa de un padre te­rrenal.

 

 

Se cuenta la historia de aquel padre que colocó a su chico pequeño sobre una mesa y le dijo: ¡Salta hacia papaíto.» Cuando el niño así lo hizo, su padre, apartándose a un lado, le dejó caer al suelo, aña­diendo cínicamente: «¡Eso te enseñará a no confiar jamás en nadie!» Por supuesto que una acción pa­terna así es algo extremo, pero a menudo los niños aprenden a no poder confiar. Le damos unos azotes, furiosos, a un pequeño y le decimos: «Esto es por tu bien.», en vez de admitir: «Esto me hace sentirme mejor.» Hacemos una promesa, y luego no la sabe­mos cumplir. A través de tal forma de actuar, nues­tros hijos van gradualmente aprendiendo a no confiar, y cuando llegan a ser unos cristianos, quieren fiar en Dios, pero, por lo que sea, les resulta difícil. Han confiado antes tantas veces, para que luego les dejaran en la estacada. . . Así que sus sentimientos les cuchichean allá dentro: «Cuidado, no puedes fiarte de El. Puedes ser utilizado, o quizá te hagan daño...»

Mi experiencia como consejero de adultos neurotizados ha demostrado, invariablemente, que su ima­gen de Dios estaba «coloreada» por experiencias de signo negativo habidas con los padres, esos repre­sentantes de Dios en la tierra. Lo cual no quiere decir que las enseñanzas bíblicas sobre el carácter de Dios dejen de influenciar nuestras relaciones espirituales. Ciertamente influyen. Pero unas reacciones emocio­nales negativas, derivadas de la niñez, se interfieren con nuestra capacidad para aplicar el conocimiento bíblico.

Piense el lector en su propia experiencia cris­tiana. ¿No ha temido a veces a un Dios vengativo, o sentido que Dios no le entendía a uno? ¿Acaso no ha experimentado dificultad alguna para creer que la voluntad Divina era lo mejor que podía acontecerle a uno? Pues bien, la mayoría de tales sentimientos representan residuos emocionales de experiencias vividas durante la niñez propia.

 

En cierto sentido real, Dios nos ha ofrecido una divina oportunidad para dar forma a las vidas de nuestros hijos, tanto para el tiempo presente como cara a la eternidad. Es hermoso darse cuenta de que podemos, de hecho, enseñar a nuestros hijos el amor y carácter de Dios. Es impresionante entender que nuestros propios malos recuerdos pueden colocar un muro, una separación, entre nuestros hijos, tan preciados, y Dios, el Creador del mundo.

 

Como psicólogo y como padre me preocupa hondísimamente toda esta gama de problemas familiares. Obtuve experiencia profesional como consejero pedagógico, en clínicas de orientación infantil, por .espacio de cuatro años antes de nacer mi primer re­toño. No me costó mucho tiempo el entender que unas profundas declaraciones psicológicas, del estilo de: «es un niño inseguro»; o bien: «Padece una hiper-actividad»; o incluso: «Tiene miedo a experimentar un rechazo por parte de sus progenitores», no describían realmente el problema. Problemas que tanto los demás padres, como yo mismo, experimentábamos en nuestros propios hogares... Tampoco me dediqué a aconsejar cosas como: «Hay que demostrarle más cariño»; «sean ustedes congruentes»; «Afirman el ego de la criatura.» No creo que todo ello ayude gran cosa para cambiar el comportamiento de cada día, en el caso de chicos comunes y corrientes.

Dado que tanto mi esposa como yo somos ambos graduados universitarios, y yo poseo una Licencia­tura en Filosofía, entendíamos, sin más, naturalmen­te, estar preparados para ser progenitores de una criatura. ¡Y menuda sorpresa nos llevamos los dos!... Nuestros hijos tenían idénticos problemas a los de otros chicos de su calle. Nos encontramos con rachas enormes de rabietas sin motivo, de llantinas interminables, de estallidos de hostilidad y, en suma, de una gran variedad de otras actuaciones que, por su­puesto, no parecen estar bien en los hijos de un psi­cólogo de profesión...

 

Como cristianos, queríamos proporcionar a nues­tros retoños una buena base de arranque y comienzo en la vida. Pero debíamos llegar a una decisión. Te­níamos que elegir entre permanecer sentados, sumi­dos en nuestra preocupación, o poner manos a la obra y encontrar alguna respuesta sólida, que fun­cionara bien ahí. Este libro es el resultado de seme­jantes búsquedas nuestras.

Claro que ningún libro puede convertirnos de re­pente en «padres perfectos». La paternidad es un proceso gradual. La paternidad efectiva toma cono­cimiento de las apropiadas respuestas paternales y las lleva a la práctica, originando reacciones apro­piadas. Para ayudarle a usted en este proceso se ha redactado un manual para padres. Y este manual, titulado Una Guía para la Crianza y Educación de los Hijos, está coordinado con el libro que el lector tiene entre sus manos. El primero ayudará a la com­prensión del niño, ofreciendo medidas apropiadas, específicas, para irle enseñando nuevos comporta­mientos. Esa «Guia» es la clave de iAyúdenme...! Soy padre. Al cumplir con las recomendaciones con­tenidas en la referida «Guia», pronto comprobarán ustedes un desarrollo positivo en la conducta de sus hijos.

 

 

Extraído del libro “¡Ayúdenme! Soy padre”.  Cap. 1 pp. 9-17. Editorial Clie, España, 1974


 



[1] Extraído del libro “¡Ayúdenme! Soy padre”.  Cap. 1 pp. 9-17. Editorial Clie, España, 1974.

[2] «Otra vez les habló Jesús, diciendo: Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida.»

 

[3] «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mi no lleva fruto, le quitará: y todo aquel que lleva fruto, le limpiará, para que lleve más fruto.»

 

[4] «Si sufrís el castigo, Dios se os presenta como a hijos; porque, ¿qué hijo es aquel a quien el padre no castiga? Mas si estáis fuera del castigo, del cual todos han sido hechos par­ticipantes, luego sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos por castigadores a los padres de nuestra carne, y los reverenciábamos; ¿por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?»