¡Qué desengaño y frustración! ¡Qué desastre!
Nosotras y el Engaño
por Élida Andrés de Rota


Nosotras, las mujeres, hemos vivido alguna vez la misma triste experiencia que Eva, la primera mujer (Gn. 3:1-12); sufrimos las consecuencias del engaño. Algunas veces sufrimos el engaño directo hacia nosotras. Se nos hace creer o se nos dice algo que no es cierto. Otras veces resultamos víctimas al escuchar una mentira acerca de alguien. Esto es una acusación mentirosa. Se nos dice algo de alguien que no es cierto pero creyéndolo, sentimos, pensamos y actuamos en consecuencia. Y lamentablemente también sufrimos por saber de una mentira de alguien acerca de nosotras. Lo que se llama difamación mentirosa. Se divulga algo de nosotras que no es cierto.
Cuánto se puede sufrir simplemente por una mentira, ¿verdad?
Es interesante ver cómo en el caso de Eva el enemigo, conociendo la verdad, le dice una mentira y ella, a pesar de la valentía que la llevó a discutir con él, fue vencida y engañada. Entonces… Eva creyó y obró en consecuencia.
En el diálogo con Dios (v. 13: "Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿qué has hecho? Y dijo la mujer: la serpiente me engañó y comí"). Eva, reconoce:
· a su enemigo (la serpiente),
· su accionar (el engaño) y
· su propio error (oírle, creerle y "obrar en consecuencia", o sea, obedecerle).
Ninguna de nosotras podría levantar voces criticando a Eva ni juicio contra ella de "ingenua", "crédula", o "débil" porque… ¡nos pasa lo mismo!
¿Por causa de quién cayó Eva en el engaño?
¿Debido a quién o quiénes tú y yo hemos caído en el engaño?
Todas hemos sido víctimas alguna vez porque Satanás utiliza los mismos métodos, sólo que en distintos escenarios.
¿Quién te ha engañado, amiga? ¿De quién has sufrido una desilusión? ¿De un hombre tal vez, de una mujer quizás; una amiga o amigo; una hermana o hermano de la iglesia en quien confiabas? A mí también me pasó. Y el engaño proviene generalmente de quien o quienes no sospechábamos que maquinaban nuestro mal.
Al igual que el salmista podemos decir: "Porque no me afrentó un enemigo, lo cual habría soportado; no se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él; sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar, que juntos comunicábamos dulcemente los secretos, y andábamos en amistad en la casa de Dios". (Sal. 55:12-14).
Tal vez se trata de tu esposo, un hijo o algún familiar en quien tu corazón descansa confiado, y repentinamente un día descubres su deshonestidad, su desamor, sus mentiras, su traición. ¡Qué desengaño y frustración! ¡Qué desastre!… El corazón y todo nuestro ser se siente turbado, aturdido, perplejo… derribado (2 Co. 4:9). Por momentos, no lo podemos creer y caemos en un valle de lágrimas (Sal. 84:6), lleno de interrogantes sin respuestas.
¿Qué hacer…?
"Echa sobre Jehová tu carga y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo… yo en ti confiaré" (Sal. 55:22,23).
"Ten misericordia de mí, oh Dios, porque en ti ha confiado mi alma, y en la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos" (Sal. 57:1).
De repente, como un rayo de luz llega esta doble pregunta: ¿quién es el enemigo y qué quiso lograr?
¿Quién quiso nuestro mal para destruirnos y utilizó como arma a personas cercanas a nosotros en quienes confiábamos?
Lo mismo le pasó al joven David, futuro rey de Israel, ungido por Dios.
Queriendo Satanás arruinar la obra de Dios, utilizó la locura y los celos del rey Saúl, quien lanzó su espada contra David. Este último huyó sin tomar venganza, hasta que Dios lo honró poniéndolo en el lugar que le había sido dado. Ya de anciano vuelve a ser víctima del engaño y la traición; esta vez a través de su hijo Absalón, quien buscaba matarlo y usurpar el trono.
Otras veces somos víctimas de Satanás al escuchar una acusación mentirosa acerca de una hermana o hermano de nuestra congregación, o de algún siervo o sierva de Dios. De este modo, corremos el peligro de pensar, sentir o actuar erradamente, y caer en pecado contra Dios, al igual que Eva.
Querida hermana, no permitamos que el destructor de la obra de Dios nos utilice como armas contra la unidad del cuerpo de Cristo, su amada Iglesia.
Sin embargo, también podemos ser víctimas de la difamación mentirosa cuando se dice algo sobre nosotras que no es cierto. Este método es muy utilizado en nuestro medio por Satanás para destruir el avance del evangelio. Hay hermanos que incluso predican la palabra de Dios y se olvidan que en Éxodo 20:16 el noveno mandamiento expresa: "no hablarás contra tu prójimo falso testimonio".
David tuvo la misma experiencia y lo expresa en el Salmo 109:2-5: "Porque boca de impío y boca de engañador se han abierto contra mí; han hablado de mí con lengua mentirosa; con palabras de odio me han rodeado, y pelearon contra mí sin causa. En pago de mi amor me han sido adversarios; mas yo oraba".
De esta manera, se siembran la duda y la mala reputación sobre las personas fieles al Señor y Satanás logra su propósito: destruir la obra de Dios.
Querida hermana, si ésta es tu experiencia, refúgiate en Dios y repite con el salmista estas palabras: "Tú, Jehová, Señor mío, favoréceme por amor de tu nombre; líbrame, porque tu misericordia es buena. Porque yo estoy afligido y necesitado, y mi corazón está herido dentro de mí" (Sal. 109:21,22).
Si estás pasando por esta prueba, imita la actitud correcta de Moisés y Aarón, quienes dejaron obrar a Dios porque entendieron que: 
· el ataque venía de Satanás que estaba utilizando a un grupo de personas mentirosas (Nm. 16:3), 
· el ataque se dirigía hacia Dios (v. 11), y procuraba cambiar el liderazgo del pueblo impidiendo que entrara a la tierra prometida.
Si Moisés hubiera pensado que el ataque era contra él, seguramente habría defendido su lugar con una clara explicación de cómo había sido llamado por Dios desde una zarza que ardía y no se consumía, en el desierto de Madián (Ex. 3 y 4). En cambio, dejó obrar a la justicia de Dios (Nm. 16: 32,33).
Una actitud correcta en estos casos es seguir el consejo del apóstol Pablo en Romanos 12: 9-21. Por otro lado, Efesios 6:12 expresa que no tenemos lucha contra sangre ni carne (personas), sino… contra huestes espirituales de maldad. Es preciso usar toda la armadura que Dios ha provisto (Ef. 6:10-18).
¿Nos dejaremos vencer simplemente por una mentira? ¡NO! Amén.

Élida Andrés de Rota es argentina, licenciada en Psicología Clínica, docente del Instituto Bíblico Buenos Aires, coordinadora de encuentros matrimoniales y conferencista en temas relacionados con la familia.