Primera parte
Cómo se construye el amor
Por Sara y Randy Wittig*
Años atrás conocimos a un matrimonio que llevaba más de 50 años de casados, y nos llamaba la atención su trato tan cariñoso y atento del uno para con el otro. Un día nos acercamos a ellos y les preguntamos cómo habían podido mantener un amor tan vivo y manifiesto a través de tantos años. El anciano nos miró firmemente y nos dijo:
«Con mucho trabajo, hijos; con mucho trabajo».
COMO UNA HIJA
Nosotros no llevamos ni la mitad de los años de casados que tenía ese matrimonio tan enamorado, pero nuestra experiencia concuerda con la sentencia del anciano. La unión que comenzamos el 19 de mayo de 1973 es como una «hija». Es decir, tiene su vida propia, sus necesidades de ser nutrida, protegida, cuidada. Nuestra responsabilidad como «padres» no queda eximida por las muchas necesidades del ministerio o las exigencias de los estudios o el trabajo; menos aun porque las horas del día parezcan no alcanzar. A diario debemos bañar a nuestros hijos, darles de comer, aseguramos de que descansen lo suficiente, brindarles cariño y mostrarles interés. Sus necesidades se renuevan cada día, a pesar de que haya otras cosas que clamen por nuestra atención; las necesidades no dejan de ser porque estemos muy ocupados o porque nos parezca muy difícil satisfacerlas. Ocurre lo mismo con esa hija: nuestra unión.
Y así como un hijo desatendido empieza a verse desarreglado y feo, flaco y desnutrido, con malos hábitos y modales desagradables, también la desatención al matrimonio a lo largo produce conflicto, vergüenza y dolor. Nuestro matrimonio ha sido fuente de algunas de las satisfacciones y alegrías humanas más grandes de nuestras vidas, pero también de las desilusiones y las penas más profundas. En el matrimonio hemos vivido una combinación de armonía y conflicto, de apoyo mutuo y antagonismo, de comprensión e incomunicación, de entusiasmo y desesperanza. Lo que ha hecho que el saldo de los años sea definitivamente positivo es el compromiso de seguir en pos de la resolución de nuestros problemas y de una relación mejor. Por supuesto que no podemos olvidar la gracia de Dios en todo esto. Su amor ha sido mucho más grande que el nuestro y cada día ha mantenido su fidelidad en protegernos, sostenernos y cuidarnos. Pero sí podemos decir, junto con el anciano: el amor se hace con mucho trabajo.
Ningún padre responsable dejaría que la vida de su querido hijo siguiera su curso natural sin ninguna intervención, inversión o dirección de su parte. Bien sabemos que el gran amor y entusiasmo con que ese hijo fue recibido cuando nació no basta para suplir las necesidades de una vida entera. Pero sin darnos cuenta, este mismo error cometemos cuando esperamos que nuestro amor matrimonial crezca por sí solo, por el solo hecho de que nos hayamos amado mucho al comienzo. Quizás existan algunas pocas parejas que poseen cierta calidad, casi mágica, que los lleva intactos por las vicisitudes de la vida, experimentando cada vez más la intimidad, el amor y el aprecio mutuo. Sea eso fantasía o no, la mayoría de los seres humanos comunes y corrientes debemos desarrollar y hacer perdurar el amor en nuestro matrimonio. El amor se hace con mucho trabajo.
Hubo un tiempo en nuestra relación cuando nos dimos cuenta que si no nos esforzábamos por nutrir el alma de nuestro matrimonio, nos esperaría el vivir el resto de nuestras vidas con una persona que conoceríamos cada vez menos, en una relación algo cordial, hasta armoniosa, pero a la distancia, con independencia y soledad. Habríamos perdido la intimidad, el compañerismo y el apoyo más precioso del ser humano. Con menos suerte, como pasaba con otros a nuestro alrededor, nos podría esperar el conflicto y la oposición desgarradores, hasta el odio, la separación o el divorcio.
RELACION
INTERDEPENDIENTE
La relación de pareja en el matrimonio es una de compleja e intrincada interdependencia. Cada integrante es responsable por sus propias actitudes, acciones y reacciones. Sin embargo, cada una de esas actitudes y acciones tiene un impacto directo sobre el cónyuge. Es como un mecanismo interrelacionado, donde el más leve movimiento de una parte afecta la posición de las otras.
Si una mujer llega en algún momento a responder al cuidado y afecto de alguien que se le acerca para ayudarla porque el esposo está muy absorbido en las tareas del ministerio, somos muy prontos para condenarla, pero ¿qué de los años de desatención y abandono por parte del esposo? «¡Qué pena!», decimos, « ... y a un siervo tan entregado, tan consagrado a la obra del Señor le sucede esto. ¡Tan presto él para atender a las necesidades de su congregación, y ahora, gracias a ella, se ve obligado a dejar el ministerio!». Que Dios nos ayude a no pecar ni hacer pecar en el matrimonio.
Todos nosotros somos testigos de matrimonios rotos, frustrados. Y si miramos para atrás, podremos encontrar las complejas causas que desembocaron en ese estado de cosas. Quiera el Señor ayudarnos a no «armar el escenario» para la infelicidad, la infidelidad, la hipocresía, por no esforzarnos en ser las personas que debemos ser en nuestras parejas. ¡Cómo desaprobamos cuando un maestro de la iglesia abandona su ministerio en la enseñanza o en la visitación para trabajar horas extras en su trabajo secular! Se lo condena de mundano y de poca entrega, sin tomar en cuenta que a veces son las ambiciones de su esposa las que han ido carcomiendo su celo por las cosas del Señor, o simplemente ha tenido que optar por esa salida para que su matrimonio no termine en divorcio.
MODELOS FAMILIARES
Quiera que nosotros mismos no nos descalifiquemos como maestros o consejeros en el tema del matrimonio. No perdamos nuestra autoridad para corregir a quienes necesitan ayuda imperiosa, alerta o consejo, por el hecho de no hacer las cosas bien en nuestra casa. Que no seamos piedra de tropiezo para los hijos de Dios. Que no seamos causa de que las energías emocionales, físicas y espirituales con que Dios quiere bendecir a su pueblo sean derrochadas en conflictos y angustia. Que no perdamos la oportunidad de aprender las destrezas relacionales y las virtudes de la paciencia, la bondad y la perseverancia, las que nos harán ministros hábiles.
El impacto de lo que vivimos en nuestros matrimonios es muy grande. Al preguntar a un estudioso en el tema del crecimiento de las iglesias cuál era, en su opinión, la razón para que las iglesias en América Latina no crecieran más, este respondió que la causa principal era la inmoralidad y los problemas familiares de muchos líderes, lo que desacreditaba sus testimonios. El creía que este problema había hecho más daño que cualquier otra cosa, seguido de cerca por la falta de enseñanza de la Biblia.
En el siglo XVII el pastor inglés Richard Baxter clamó a Dios por un modelo con el cual pudiera edificar una iglesia bien sólida. Dios le mostró que su iglesia sería tan fuerte como lo fueran las familias en su iglesia. A partir de allí, Baxter se dedicó a la formación de las familias en su iglesia, visitándolas y ayudándolas a seguir un patrón bíblico. Como ministros de Jesucristo, es de suma importancia que nuestros matrimonios y familias sirvan de ejemplo para la iglesia, para nuestros propios hijos, y como testimonio al mundo. El impacto de una sola familia sana, un solo matrimonio que vive un amor genuino y maduro, es incalculable.
Si son tantas las ganancias en tener un matrimonio nutrido, y a la vez tan grandes las pérdidas y tragedias en un matrimonio desatendido o fracasado, ¿qué es lo que nos pasa? ¿Por qué dejamos al azar esta área fundamental? De nuestra experiencia propia quisiéramos compartir algunas de las cosas que hemos aprendido, algunas por vivencias dolorosas, otras sólo con los años, otras más gracias a la Palabra de Dios y los que han sido modelo para nosotros.
COMO UN BUEN JARDIN
Si usted es adepto a la jardinería o la agricultura, sabrá que un buen jardín no se arregla en un día. El pensar en hacerlo en una sola jornada es una idea muy atractiva, pero ilusoria. Sería necio invertir dos o tres días de labor intensa al comenzar la temporada, y de allí confiar en que esa labor inicial bastará y durará hasta la cosecha. Para que sean bellos y fructíferos nuestros cultivos, tenemos que mantener al día los riegos, las podas, fumigaciones, las aplicaciones de abono, los trabajos de arrancar malas hierbas. Nuestros matrimonios, en muchos aspectos, son como ese jardín. Necesitan una inversión constante y continua para que prosperen, para que luzcan sanos, con vida y belleza. Un jardín dejado al semiabandono puede mantenerse, en cierta forma, con unos días de trabajo esporádico, pero no prosperará. Un matrimonio que va de crisis en crisis para recién ahí atender a las necesidades de su pareja podrá sobrevivir, pero no luce ningún atractivo.
NOTA:
En nuestro próximo encuentro terminaremos con este apasionante artículo de los esposos Wittig tomando en cuenta los siguientes puntos:
La decisión personal de cuidar el cultivo
El concepto sobre mi pareja
Analizando nuestra diferencias
¡Atención a las hormigas!
No olvidemos el agua de riego
El sol como factor primordial
*CRÉDITOS:
“Apuntes Pastorales” Volumen XI Nº 3, 1993
Desarrollo Cristiano Internacional