La odisea de viajar con otro(Primera parte)
Por Rubén O. Flores
Texto base:
1Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, 2con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, 3solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; 4un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; 5un Señor, una fe, un bautismo, 6un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos.(Efesios 4:1-6)
Una de las circunstancias que debimos compaginar con Marta, mi esposa, durante la travesía que Dios nos permitió emprender juntos por esta vida, es la de aceptar cada uno el tiempo del otro. ¡ Puedo asegurar que esto me ha costado a mí mas que a ella!
¿Quién dijo que esto es fácil?
Según el pastor y escritor John Maxwell: “El principio de la paciencia es que:
<El viaje con otros es más lento que el viaje a solas>.
El apóstol San Pablo en su carta a la iglesia de Éfeso enseña que debemos soportarnos con paciencia los unos a los otros. Esto de la paciencia, que según dice el diccionario: “es la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse”, me ha faltado una buena cantidad de veces. ¡Claro! Alguien dirá que en algunas oportunidades es difícil tener paciencia, sobre todo con los que nos rodean. El hecho importante en esto de emprender un viaje acompañado es que cuando uno desea relacionarse con los demás y avanzar juntos por esta vida, tarde o temprano, nos encontramos con la realidad de que el viaje con otra persona es más lento, lo cual me lleva a aceptar que:
¡Soy parte de un equipo! ¡Y el matrimonio “es” un equipo!
Así como en un viaje, si vas acompañado, tienes que acomodarte al ritmo ajeno (así como otros se acomodan a ti), en tu andar diario se repite esta ley.
Eres parte de un equipo de trabajo y no puedes imponer tu ritmo
En función de esto encontré algunas y añadí otras cuestiones a tener en cuenta:
1) Si compartes el viaje con tu familia no se puede hacer todo según tu criterio. Puede que sean solo dos pero eso ya es un equipo.
2) Si delegas una tarea y te encuentras con que el otro no cumple exactamente según tus formas, ten paciencia porque la paciencia es la facultad de padecer o soportar algo sin alterarse.
3) Si a diario te encuentras viendo lentitud en el prójimo, recuerda que cada persona tiene su propio ritmo para realizar algo. Lo importante es que cumpla.
4) Si de un modo u otro reaccionas como si el otro fuera un estorbo, recuerda que tal vez alguien pueda pensar lo mismo de ti en otra circunstancia.
5) Si te cuesta realizar aún mínimas renuncias a la hora de compartir espacios y tiempos, recuerda cuántas veces el otro ha renunciado en algo por amor a ti.
6) Si no soportas que algo planificado se salga de sus carrilles, recuerda que Dios te ha mostrado un carril por donde debes andar, pero tú te has salido de ese carril muchas veces y aún así te ha tenido paciencia y, lo más importante:
¡Te sigue amando!
¡No siempre la culpa la tiene el otro!
¡Muy bien! Ahora planteamos otro punto interesante.
Emprender un viaje significa que nos enfrentaremos a diversas aventuras y circunstancias en el camino. Aquí hay algunos conceptos a tener en cuenta:
1) Identifica áreas en que la gente necesita tener paciencia contigo.
¿Sólo nosotros estaremos teniendo paciencia con los demás o también seremos beneficiarios de paciencias ajenas? ¿No tendrán que soportar del mismo modo nuestros tiempos, formas, criterios, gustos, etc.?
2) Si nos percatamos que el otro “viajará” más lento por nuestra culpa, estaremos más dispuestos a respetarlo.
3) Si somos conscientes de cuánta paciencia se requiere para caminar al lado nuestro, seremos más tolerantes con los demás.
4) Necesitamos experimentar y tener presente la paciencia que Dios tiene para con nosotros todos los días a causa de nuestra lentitud para entender su propósito. ¡Paciencia! Viajar con otros puede ser más lento, pero nos permitirá a todos llegar más lejos. Los demás no son un estorbo. Están allí por algo y para algo. No somos el ombligo del mundo. Podremos sufrir algunas renuncias, pero miremos más allá de ellas. Contemplemos todos los beneficios de caminar con otro a nuestro lado. Y sobre todo, necesitamos aprender el hecho fundamental de que: ¡No siempre la culpa la tiene el otro!
En el viaje que la vida nos ha permitido comenzar en este mundo una cuestión importante es el apoyo mutuo al que generalmente llamamos:
Solidaridad
La solidaridad es la “adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. Hace muchos años, en la república polaca, Lech Walesa fundó un movimiento obrero que llamó “Solidaridad”. Hoy Walessa ha renunciado al movimiento político pero la idea de que necesitamos más que nunca viajar por esta vida apoyándonos mutuamente se hace cada día más necesaria. Por eso, el autor del libro Eclesiastés escribió hace miles de años esto:
9Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. 10Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante. 11También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? 12Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto. (Eclesiastés 4:9-12)
Al autor y orador Leo Buscaglia se le solicitó una vez que fuera parte del jurado en un concurso. El propósito era encontrar al niño más cariñoso. El ganador fue un niño de 4 años, vecino de un anciano cuya esposa había fallecido recientemente. El niño al ver al anciano llorar en el patio de su casa, se acercó, se sentó en su rezago y comenzó a llorar. Cuando su mamá le preguntó que le había dicho el vecino, el niño le contestó:
“Nada, sólo le ayudé a llorar”
La solidaridad implica paciencia para saber esperar cuando algo se desea mucho. Nos necesitamos unos a otros. Tenemos el potencial dado por Dios para hacernos bien.
Por eso quiero comentar dos palabras sobre el riesgo de aislarnos. ¡Cuánto perdemos cuando nos atrincheramos y nos alejamos de los demás! Caemos muchas veces en el error de encapsularnos en nuestra perspectiva limitada de la vida. Perdemos el calor de un abrazo, un par de ojos que nos miran atentamente haciéndonos sentir alguien, esas palabras que estamos necesitando para salir de nuestro embrollo mental, ese chiste o esa sonrisa que nos ayudan a desdramatizar un poco la vida…… y muchas cosas más que podemos perder.
Otra cuestión a tener en cuenta es que, para viajar juntos es necesario:
¡CONECTARNOS!
1Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, 2completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa” (Filipenses 2:1-2)
La vida está llena de posibilidades. Hay alguien cerca de ti que puede hacerte bien. Hay también alguien a tu lado que te necesita. Es cierto que no es todo color de rosa. Pero cuando nos desconectamos de los demás por enojo, frustración o lo que fuera, nos conectamos con ese monólogo interno de autocompasión y enjuiciamiento a la raza humana y al fin terminamos exagerando. La falta de diálogo en el matrimonio es una de las mayores causas de separación.
Por otra parte, cuando conectas tu mejor lado con el mejor lado del otro (que sí existe) entras en una dimensión maravillosa de la vida. A raíz de eso enfrentas tus temores de una manera diferente. Ahora no estás solo.
No todos muerden. Rescata lo mejor de quienes te rodean y anímate a conocer gente nueva. Hay caminando alrededor tuyo alguien que te va a hacer muy bien. Dale la posibilidad de hacerlo. No es perfecto como tú tampoco lo eres.
Ten siempre en cuenta que al acercarnos veremos las arrugas y las partes menos prolijas del otro, pero también en la cercanía podremos darnos cuenta aquello que Dios puso en nosotros para compartir. Pero sobre todas las cosas debemos tener en cuenta que no es lo mismo “unión” que “unidad”. Dice el diccionario que la unidad es la: “Propiedad de todo ser, en virtud de la cual no puede dividirse sin que su esencia se destruya o altere”. A través de estos 45 años de matrimonio e podido apreciar que si bien con Marta tenemos diferencias, ¡Y vaya que las tenemos! Tampoco podemos vivir el uno sin el otro, aunque cientos de veces nos hemos dicho mutuamente: ¡Hoy no te soporto!
Una última reflexión
Emprender el viaje del matrimonio es una odisea, pero si en ese viaje Cristo es el centro y guía y no sólo un acompañante, es una aventura que deberíamos probar para entender que sin Él esa “esencia” que quiso que tuviera el matrimonio, se va alterando hasta tal vez destruirse.
Rubén O. Flores
rubenflores@encuentroconcristo.com.ar