Otra vez solos
Por Eda G. de von Leers
Alguien dijo, un poco en serio, un poco en broma, que la historia de una pareja humana podría sintetizarse así: departamento chico, departamento grande, casa chica, casa grande, casa chica, departamento grande, departamento chico.
Humorismo y dificultades habitacionales aparte, es muy cierto que la pareja humana que comenzó su trayectoria en la "dulce soledad de dos personas” tratando de adecuar mutuamente sus personalidades y adaptando sus caracteres para la vida en común, se vea arrastrada al paso de los años, a una vorágine, donde la presencia de los hijos les presta animación y compañía, amén de los sobresaltos y problemas correspondientes. Se suceden así años vertiginosos, donde la soledad es casi una utopía, conseguida sólo tras dos vueltas de llave e interrumpida por reclamos urgentes y golpes en las puertas.
La pareja humana convertida en padre y madre, a veces sin haber logrado la compenetración de marido y mujer, se ve asediada por reclamos perentorios, que van desde una mamadera preparada a la madrugada entre bostezos y mal disimulados rezongos, a la tarea a veces desoladora de resolver los problemas de quinto o sexto grado, amén de la preparación de una dieta equilibrada o la elaboración de un presupuesto "milagroso". Cuando la pareja no ha logrado la unidad adecuada, se aboca automáticamente a la tarea que cree le corresponde. Generalmente el padre solucionando los problemas externos y la madre los internos del hogar.
Los años pasan veloces e inadvertidos y la misma mujer madre, que alguna noche de crudo invierno pensó que nunca iba a dormir otra vez de un tirón, o que nunca iba a terminar de alargar ruedos o de remendar pantalones o el mismo hombre padre que se levantó muchas veces dolorido por hacer de caballito, o corrió apresurado a la farmacia a buscar un remedio, encuentran que sus hijos han crecido y como consecuencia lógica de la vida se han alejado del hogar por múltiples razones. Algunos, para estudiar en un lugar lejano, otros para formar su propio hogar.
Y aquí comienzan a suceder muchas cosas que, crease o no, tuvieron su origen en el comienzo mismo de la vida matrimonial.
SOLOS EN COMPAÑÍA
Para un matrimonio que aprendió desde su origen el maravilloso arte de la comunicación, a compartir y desmenuzar ideas, a disfrutar d el compañerismo del otro, a ser sincero y honesto, sin simulaciones para salvar situaciones, el retomar la vida en común solos, es como reanudar una frase después de un bello paréntesis. Aquí se aplica el principio de Eclesiastés: 'Echa tu pan sobre las aguas, porque después de muchos días lo hallarás".
Si desde el principio el hogar fue robusto, si la pareja fue, por sobre todo pareja unida en el Señor, la soledad no constituirá un pozo de frustración o de silencios, de desayunos "detrás del diario" o de un diálogo monosilábico de dos extraños que comparten el mismo techo, (y esto puede pasar aún entre creyentes), sino que será el retomar un ritmo más sereno, donde el tiempo se ocupará en hacer esas cosas que por tantos años fueron postergadas y que de pronto se pueden realizar.
Cada época de la vida tiene su belleza y la verdadera sabiduría consiste en vivirla como un regalo de Dios. El equilibrio se consigue a través de los años y comienza en el instante mismo en que la joven pareja cruzó el umbral de su "departamento chico", dispuesta a conquistar la felicidad. Pero es necesario un ingrediente para que la estabilidad perdure. Es la soledad dichosa de tres. El esposo, la esposa y Jesús, la roca sobre la que se echa la base del hogar. ¡Cuántas veces se olvida esto!
¡Cuando Jesús es el centro del hogar, nunca nadie podrá sentirse solo. El será el lazo invisible que una a los padres con los hijos ausentes, el que acompañe y el que logre hacer utilizar el tiempo libre para brindarse hacia afuera, hacia los demás.
¿Dónde se ha visto un cristiano lleno de Cristo que se sienta solo?
Todos tienen una soledad básica que nadie, ni los seres más queridos pueden llenar; ésa es una soledad permitida y dispuesta por el mismo Dios. Es el lugar santísimo de cada uno, donde sólo el Señor puede llegar. Si ese lugar está lleno con su presencia nunca, bajo ninguna circunstancia, nadie volverá a sentirse solo. Podrán estar, en el caso de matrimonios con hijos ya grandes, solos ocasional o permanentemente, pero nunca angustiados. Por eso mismo no levantarán muros de autocompasión o de hosquedad sino que se brindarán, a través de una comunicación sencilla, al mundo exterior.
"Señor, ¿qué quieres que haga hoy?" será el saludo al despertar cada día, y que así iniciado se transformará en una oportunidad maravillosa de servir con todo el tiempo libre que queda al estar solos. No importa lo limitado que se esté, por razones de salud, edad, factor económico o por diversas circunstancias.
La soledad estará llena, conforme al principio que el mismo Jesús enseñara en su Palabra: “Dad y se os dará”.
UNA ETAPA QUE TAMBIÉN TIENE ENCANTOS
El hogar cristiano puede haber cambiado en su forma a través de los años, pero nunca en su fondo. Si la viva presencia de Cristo estuvo siempre en él y no ha habido alteraciones básicas, no hay razón para sentirse solos. Si se ha logrado un hogar estable, donde la comunicación esté firmemente establecida, donde la persona de cada uno de los componentes, padres e hijos, ha sido respetada en su individualidad. Si las relaciones se han mantenido en un clima de armonía y respeto, sin imposiciones o presiones sobre los hijos. Si el desprendimiento de éstos ha sido hecho en forma natural y lógica, sin una protección o dominio que se proyecta aún estando ya ellos formando otras parejas, entonces no hay razón para que la relación se desequilibre, dando paso a la soledad o al resentimiento. Todo se hará en forma natural, cumpliendo etapas, creciendo en la vida y disfrutando del momento presente, que también tiene su encanto.
Jesús dijo: "Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia".
Nunca dijo que esa vida terminaría cuando los hijos se fuesen del hogar. Por otra parte, de un hogar donde existe la Vida los hijos nunca se van. Vuelven siempre, multiplicados en sus hijos, en busca de todo aquello que sólo los padres pueden dar.
La pareja humana, bien preparada, puede encarar esta nueva etapa en la vida, no considerándose despojada de su razón de ser, sino emprendiendo nuevas conquistas hacia el mundo exterior, donde las almas urgentemente necesitan ayuda.
Que la exclamación: "¡Otra vez solos!" no traduzca un lamento ni una frustración, sino que sea una satisfacción frente a una lab o r cumplida y que haya disposición para enriquecerse, de ahora en más, con las oportunidades que dé la vida.
Créditos Bibliográficos:
Eda G. de von Leers
(De un antiguo artículo de “El Expositor Bautista”. Hoja suelta sin fecha).