Renovando la visión del matrimonio
por Rubén O. Flores
Hace unos pocos días recordamos con mi esposa nuestra primera fecha importante como enamorados. Un 15 de abril nos pusimos de novios y nos prometimos el uno al otro de por vida. En este 15 de abril de 2008 se cumplieron 46 años de aquella fecha inolvidable. Sin embargo, ahora que escribo la palabra “inolvidable” también recuerdo que una tarde, sentados en el jardín del departamento en que habitamos, preguntamos a unas jóvenes si recordaban cuál había sido el día o el momento más importante para ellas como novias o esposas. Ambas se miraron, comenzaron a pensar y finalmente confesaron que, si bien para una de ellas el casamiento había sido lindo para recordar, no lo tomaba como una fecha importante. La otra joven, que convive con su novio pero que todavía no se ha unido en matrimonio, respondió que tampoco reconocía un día o un momento importante dentro de su relación de pareja.
Esto me hizo pensar en el plan de Dios para el matrimonio. Génesis 2:18-25 declara enfáticamente que los conceptos básicos son: “dejar, unirse y ser una sola carne”. Sinceramente, no creo que mis lectores desconozcan estos conceptos pero me ha parecido bien desempolvarlos y volverlos a compartir.
Encuentro lo primero en Génesis 2:24 “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre. . .”. Surge aquí una pregunta: ¿Por qué demanda que el hombre deje a su padre y madre? ¡Oh sí, ya se que se entiende que la Palabra se refiere al ser humano! Pero, la cuestión es que conozco personalmente casos en que es justamente la mujer quien no se desprende de la pollera de su madre, y en algunos casos, la madre ha pasado a tener cierta relevancia en las decisiones del matrimonio.
Si bien creo que ya todos sabemos que “dejar” no significa abandonar por completo, esto vale aun en el sentido geográfico, tampoco significa lo inverso, es decir convivir con los padres por siempre. Hemos encontrado, mientras aconsejamos, que algunas personas no han “dejado” a sus padres aunque éstos estén muertos. Incluso hemos conocido a quienes tienen en su dormitorio las cenizas de alguno de ellos o de su cónyuge fallecido. Por otra parte, creo firmemente, porque nosotros lo sufrimos en nuestros primeros años de matrimonio, que, en tanto y en cuanto sea posible, la pareja debe buscar una ubicación y solucionar ese tema de la convivencia.
Lo que sigue es: “. . .y se unirá a su mujer. . .”. En esta época las parejas jóvenes parece que se unen en matrimonio, (y eso cuando lo hacen porque la idea actual es “estar en pareja”) pensando que si su matrimonio fracasa lo mejor es divorciarse. No voy a plantear aquí el tema – divorcio sí, divorcio no”. — Pero conozco casos aquí, en nuestro país, que por muchos años (a veces hasta 8 o más) están esperando un divorcio que no se concreta, sea porque es controversial o por la burocracia o por alguna causa que no conozco, el hecho es que la pareja no puede reencausar su vida por separado porque la espada de Damocles de la sociedad pende sobre sus cabezas y no les permite ni respirar. ¿Podríamos encuadrarlos en el texto de Malaquías 2:14?: “Mas diréis: ¿Por qué? Porque Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto”. ¡Antes que alguien salte de su asiento! aclaro que se me ocurrió este texto por el hecho de que los divorcios, (que están a la orden del día) se venden como pan caliente, como si esto arreglara todo. Justificados socialmente o no hay cuestiones importantes a tener en cuenta. Los hijos, por ejemplo, quedan en medio de todo este barullo de papeles, visitas bajo régimen, padres que se comunican a través de abogados y hasta peleas por ver quien se queda con los niños y con las propiedades, como si unos y otras estuvieran a la misma altura. Habría mucho más por decir pero creo entender que la unión de dos seres humanos dispuestos a formar una familia no tiene que ver con una cuestión de suerte o conveniencia, sino de lo que Dios planeo desde el comienzo de la Creación. Una unidad de relación en la que cada uno buscará cubrir las necesidades del otro sin tener que preocuparse por las propias que ya deben estar atendidas por su cónyuge. Y sobre todo, una cuestión de responsabilidad, comprensión y a veces, hasta cierta cuota de sacrificio involucrada en el texto de 1 Corintios 13.
Por último, “. . .y serán una sola carne”. Bien, ahora los esposos ya no son dos sino una sola carne. Un concepto que debe manifestarse en una reciprocidad amatoria. No sólo una relación carnal, en el buen sentido de la palabra, sino una relación de amor, de amistad, de satisfacción del uno por el otro, de llegar al climax con la seguridad de haber satisfecho la necesidad física y psicológica del ser amado hasta el máximo.
Se habla de que Dios ha creado la relación del acto físico en función de la procreación. Como dice Larry Chrstenson, “La procreación es su propósito principal, y sin embargo puede que no sea su objetivo inmediato; en verdad puede que este resultado sea indeseable, sin que por ello disminuya el deseo de realizar la unión”. “Ser una sola carne” involucra mucho más que una unión sexual. En esta relación se incluye uno de los valores más preponderantes en el feliz quehacer del matrimonio, ¡la comunicación! Podríamos compartir acerca del tema con millones de matrimonios en todo el mundo pero tal y como lo hemos oído en nuestros talleres y encuentros matrimoniales, la comunicación es imprescindible. Cuando hablo de comunicación hablo de ¡diálogo! Un matrimonio que dialoga elimina uno de los mayores porcentajes en motivos de divorcio y una cuña de desaliento en la pareja.
Hemos conocido matrimonios que subsisten viviendo en casas separadas, otros en la misma casa pero en piezas diferentes y otros en la misma pieza pero en camas individuales. Hubo quienes vivían así por sus hijos, otros porque había discordia entre ellos, También conocimos a quienes dormían en piezas separadas por los ronquidos del cónyuge, y algunos para aparentan delante de los hermanos de su congregación. De cualquier forma, cuando llegaba el momento de “ser una sola carne” se pasaban de casa, de pieza, o de cama. Esto, de ninguna manera, es lo que Dios propuso en su corazón que debía ser un matrimonio. La Escritura es clara en el concepto de la comunicación: ¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo? (Amós 3:3)
Creo que debemos ser luz entre nuestros familiares y amigos aun con el testimonio de nuestro matrimonio. La hermana de mi esposa que reniega de Dios por haber pasado por un problema grave en su juventud y no quiere reconciliarse con Él, comenta siempre: --¡Ustedes son un caso excepcional!— y acto seguido informa de algunos familiares que en nada se parecen a nosotros en sus matrimonios. Aunque reniega de Dios sabe perfectamente que el autor de nuestra felicidad es el Señor. Aunque es mayor y soltera, oramos todos los días por su salvación.
Tengamos por seguro que en todo fracaso matrimonial pueden haber diferentes causas, pero una de ellas se encuentra en la barrera que Satanás ha colocado en la intercomunicación del ser humano tal como lo hizo en el Huerto del Edén con Adán y Eva. Allí mismo fue que Dios entabló comunicación con Adán preguntándole dónde estaba (Gén. 3:9). Jay Adams afirma en su libro “Vida Cristiana en el Hogar”, que la comunicación tiene prioridad. Señala que la comunicación cristiana es “la habilidad básica que se necesita para establecer y mantener relacionas sanas. Una sólida relación entre marido y mujer es imposible sin una buena comunicación” (págs 27-28).
Pronto, si Dios lo permite, estaremos festejando nuestro 50 aniversario de casados. Mientras Marta está preparando nuestra merienda, pienso en la infinidad de situaciones por las que hemos tenido que pasar. Algunas buenas y otras no tanto pero en estos últimos 28 años, desde que conocimos al Señor y nos hemos entregado a Él, aprendimos a poner en práctica eso de. . .”Dejar, unirnos y ser una sola carne”. Renovando la visión del matrimonio cada día les aseguro que lo pasamos maravilloso, es más, ¡CADA DÍA MEJOR!
A Dios sea la gloria.