Para entenderse es necesario desearlo
Por Dr. Paul Tournier


Si, hay que tener bien presente, en primer término, que la condición primordial para la comprensión mutua es desearla, buscarla, quererla. ¡Qué afirmación tan trivial! Y, sin embargo esta disposición fundamental para comprender al otro es mas rara de lo que se cree. Escuchad las conversaciones que se dan alrededor vuestro, sea entre pueblos o entre esposos. En su mayor parte son diálogos de sordos. Cada cual habla sobre todo para exponer sus propias ideas, para justificarse, para hacerse valer y acusar al prójimo. Bien pocos intercambios de opiniones demuestran una real voluntad de comprender al interlocutor.

El cirujano de mi cuento estaba apasionado por su trabajo en un hospital de Nueva York. Su carrera interesante y su éxito brillante provocaban en él un sentimiento de satisfacción plena; sólo una cosa le molestaba un poco: su esposa era muy nerviosa. La envió, pues, a uno de sus amigos; uno de los mejores psiquiatras de Nueva York. Como también su madre era nerviosa, la envió a otro psiquiatra; luego envió su suegra a un tercero. Cumplió así con su deber. Los cirujanos no tienen la pretensión de ser duchos en cuestiones psicológicas, así que para eso, envían sus clientes a un especialista.

Ahora bien. Un día, el psiquiatra que atendía a su esposa lo llamó y le dijo: "¿Sabes? No te ocupas bastante de tu mujer; por lo menos tendrías que llevarla al cine una vez por semana." A nuestro cirujano no le faltaba voluntad; estaba dispuesto a seguir los consejos de su psiquiatra. "Entendido" -dijo inmediatamente-, la llevaré al cine todos los viernes a la noche." Y lo hizo. Y me confió que al volver del cine sentía la conciencia tranquila: ahora que su mujer había tenido su salida con él al cine, no podría quejarse más de que la dejaba sola los demás días por causa de su trabajo.

Como vemos, el consejo del psiquiatra había sido muy juicioso. Se había dado cuenta de que esa mujer sufría, en el fondo, porque su marido no se ocupaba de ella. Era un matrimonio como hay muchos, en los que los dos cónyuges se tornan poco a poco extraño el uno para el otro, sin que haya habido jamás un conflicto grave entre ellos.

Es por eso que he escogido este ejemplo. Cuando se habla de "consultas conyugales", inmediatamente se piensa en casos extremos, en amenazas de divorcio, en esposos que sostienen violentas disputas o aun se dan de golpes con frecuencia. Pero hay muchos otros que merecen nuestra atención y nuestra solicitud porque su matrimonio no es menos un fracaso: viven sin chocar, lado a lado, pero distantes el uno del otro, faltos de una verdadera comprensión recíproca.

Ahora bien; nuestro cirujano, a raíz de la intervención de su amigo el psiquiatra, comprendió que su mujer tenía necesidad de ir al cine con su marido, por lo menos una vez por semana. Ese era un primer paso. Pero en el fondo todavía no había comprendido a su esposa. Hay un matiz importante entre estos dos grados de la comprensión. Muchas personas viven así, juntas durante años sin comprenderse profundamente, ni siquiera procurarlo. Lo vemos en familias notables, cultas, inteligentes, entre personalidades de primer orden, sabios y hasta profesores de psicología. Parecen no darse cuenta de que falta algo en sus vidas, por hermosas que parezcan a primera vista, porque su hogar no ha permanecido vivo. Y si tienen alguna vaga inquietud de conciencia, no pueden aliviarla llevando a su esposa al cine los viernes.

La mayoría de las parejas entraron en la vida conyugal con un ideal muy hermoso del matrimonio. Las hay que han seguido cursos para novios, que han leído gruesos tomos muy sabios sobre la vida sexual, han aprendido muchas cosas interesantes, han estudiado obras de psicología ¡a veces demasiadas! ¿Cuántas pueden decir, después de varias docenas de años de vida en común, que su hogar ha respondido a lo que esperaban? ¡Bien pocas! He ahí el problema que aquí nos ocupa, sobre el cual debemos reflexionar.

Todo hombre que ve defraudadas sus esperanzas, se inclina naturalmente a echar sobre otro la responsabilidad de ese fracaso: ¡la culpa es del otro! Eso es mucho más fácil que investigar su propia falla. Pero es absolutamente inútil. Es un camino que sólo desemboca en despecho, rebelión y amargura, en los estereotipados reproches mutuos que se dirigen indefinidamente los esposos. 0 bien acusan a la suerte: este marido piensa que ha tenido la desgracia de "caer" junto a una mujer imposible; su esposa, junto a un marido insoportable.

Para descargarse de sus responsabilidades, cada uno está pronto a acusar al carácter de su consorte, su salud nerviosa, sus defectos, su educación, la influencia de un medio muy diferente que lo ha formado. Estas son cuestiones muy importantes, desde luego. Debemos tratar de guiar a nuestros hijos en la elección de su novia o novio. Es útil cierta armonía de base. Pero sería una utopía completa creer que el éxito de un matrimonio y la posibilidad de una plena comprensión mutua, dependen ante todo de datos conocidos al principio. No, el matrimonio es sobre todo lo que se hace de él día tras día. "Es una obra de arte", decía el Dr. Lucien Bovet. 

Reaccionemos pues contra una estúpida filosofía del azar que se imagina que encontrar una "perla" de mujer es como sacarse el gordo de la lotería. Para empezar, ¡puede ser muy desagradable estar casado con una “perla” si no se está a su altura!

Lo que importa, pues, es construir juntos la felicidad conyugal. Es un fin que ha de ser perseguido, no un privilegio que se adquiere de antemano. Y para construirla, es necesario comprenderse. La pretendida incompatibilidad de caracteres es un mito inventado por los juristas en los tribunales para alegar el divorcio y una excusa que invocan los esposos para encubrir su fracaso. Por mi parte, yo no creo en ella; hay incomprensiones y fallas que siempre se pueden corregir si se quiere. 

La falla más frecuente me parece la falta de transparencia. Yo entrevisto a muchos matrimonios. En el fondo de sus dificultades encuentro siempre esa falta de apertura mutua, leal y completa, sin la cual no puede existir verdadera comprensión. Una pareja que tenga el coraje de decirse siempre todo pasará seguramente por muchas sacudidas, pero podrá construir un matrimonio cada vez más logrado. En tanto que todo ocultamiento será, a la vez, la señal y el camino del fracaso.

Muchos esposos no se dan cuenta de que se ocultan así mutuamente una parte de sus sentimientos, de ideas, de sus convicciones y de sus reacciones personales. Al empezar una entrevista, un marido me dice muy sinceramente: -- "¡Oh, yo le digo todo a mi mujer!”. Luego nos ponemos a hablar de muchas cosas que le preocupan”--. Al fin, le pregunto: -- “¿Qué piensa su esposa de todo esto?”-- La respuesta salta: -- “Oh, me cuido bien de hablarle de esto; no me entendería.”

Ella no me entendería quiere decir: “Ella no compartiría mi parecer” y “quiero evitar toda disputa”. Muy a menudo, pues, es para mantener la paz que los esposos se acostumbran a hacer a un lado ciertos temas y justamente temas cargados de emotividad, temas muy importantes para una verdadera comprensión mutua. Entonces, poco a poco, ese vidrio transparente que debe ser el vínculo entre un marido y su esposa, se empaña. Comienzan a convertirse en extraños el uno para el pierden esa unidad absoluta que es la ley divina del matrimonio.


Cuando Dios instituyó el matrimonio, dijo: “Ya no serán dos, sino uno.” Ser uno significa evidentemente no tener secreto alguno para el otro, En cuanto los esposos empiezan a ocultarse algo, comprometen esa unidad fundamental del matrimonio y entran en el camino del fracaso. Y esto, aunque lo hagan con la mejor de las intenciones, y aunque se oculten no solamente las cosas malas (porque se puede callar aquello de lo que se está orgulloso lo mismo que aquello de lo que se tiene vergüenza). Podrá haber componendas, rectificaciones, acercamientos. Pero la condición para un verdadero renacimiento será siempre una mayor y más difícil franqueza mutua.

Créditos Bibliográficos
Dr. Paul Tournier.
Tomado de una fotocopia suelta del libro “La Armonía Conyugal”. Págs. 7-12. Ediciones Aurora. Quinta edición. (Sin fecha en la fotocopia)