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Conflictos
que afectan el matrimonio (2)
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por Cecil G. Osborne
"El matrimonio es como una
fortaleza asediada: los que están fuera quieren entrar, y los que están dentro
quieren salir"
Anónimo
Cierta mujer que describió a su marido como
apático e incomunicativo, vino a consultarme con vistas al divorcio.
----Mi marido nunca lee nada. Nunca me habla; lo único que hace es sentarse y
mirar la televisión. Cuando le propongo que hagamos algo juntos, me responde
con un gruñido. La perspectiva de vivir con un hombre así el resto de mi vida
me estremece. He conocido a un hombre en mi oficina con el cual puedo
comunicarme. Tiene una conversación fascinante. Hemos descubierto que tenemos
muchas cosas en común: interés por la música, libros, deportes. Todo empezó
de una forma muy inocente, y nunca me quería reconocer que inconscientemente lo
estaba comparando con mi apático y frío marido. Yo tenía hambre de compañía
y de hablar con alguien. Cuando un día me sugirió que saliéramos a cenar
juntos, le dí una excusa a mi marido y me encontré con él en un restaurante.
Yo no tenía más propósito que el de disfrutar de su compañía aquella
velada; pero inconscientemente tal vez deseaba algo más. En fín, nos vimos
otras veces, y al final pasó lo que tenía que pasar. Supongo que fue
inevitable después de cometer la fatal equivocación inicial de salir con él a
cenar. Descubrimos que nos habíamos enamorado.
Esta mujer era una cristiana con valores morales muy elevados, pero en su soledad y aislamiento se había dejado atrapar en una situación que ahora le causaba remordimientos y conflictos internos. Deseaba mi ayuda y consejo. ¿Debía intentar revivir su interés por su marido al que ya no amaba ni respetaba? Se negaba a aceptar la idea de pasar el resto de su vida con una persona tan apática y falta de imaginación; y sin embargo la perspectiva de renunciar a los votos matrimoniales y divorciarse de su marido le originaba toda clase de conflictos internos.
Como es lógico, no existe una solución simple y libre de dolor para un dilema de esta naturaleza. Si uno se abrocha mal el primer boton del abrigo, todos los demás botones estarán mal abrochados. En este caso intervenían muchos factores; su sentimiento de que el divorcio era "malo", y el dolor de imaginar cuarenta o cincuenta años de matrimonio con un hombre con quien virtualmente no tenía nada en común y a quien ya no amaba. ¿Y tendría el otro hombre que ahora le interesaba unos rasgos que a la postre le resultaran a ella igualmente inaceptables?
Teniendo en cuenta todas estas circunstancias, yo le aconsejé que no emprendiera ninguna acción de momento. Le expliqué que Dios se interesaba en cada acpecto de su vida (mental, físico, espiritual, emocional y doméstico) y que hay una promesa bíblica que dice: "Reconócelo en todos tus caminos y él enderezará tus veredas"(Prov. 3:6). La solución de nuestros problemas la encontraremos cuando busquemos la perfecta voluntad de Dios, pues en ella está nuestra más profunda felicidad. La mayoría de nosotros, al igual que los niños, queremos que se nos complazca al instante, y nos gustan las respuestas rápidas, fáciles, y las soluciones prefabricadas. Pero Dios está interesado en que descubramos nuestra verdadera identidad. El se duele de nuestros dolores y desiluciones, pero nos quiere conducir a una madurez espiritual y emocional. Cuando hemos alcanzado una madurez espiritual, nos damos cuenta, en lo más profundo de nuestro interior, de cuáles son las respuestas a nuestras preguntas. "El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá..."(Jn. 7:17).
Le dije que si repetía una docena de veces al día: "Quiero querer la perfecta voluntad de Dios,"a su debido tiempo llegaría a conocer esa voluntad a través de un sentido del deber, de una suave impulsión, de un discernimiento del bien. No obstante, frecuentemente necesitamos comprobar con un amigo de confianza o con un asesor competente, para estar seguros de que estamos oyendo la voz de Dios y no simplemente la voz de nuestros egoístas deseos.
Al cabo del tiempo, a través de asesoramiento privado y de participar en las reuniones de un pequeño grupo, aquella mujer descubrió que tenía unos rasgos en su personalidad que inevitablemente conducían, pronto o tarde, a que los hombres la rechazaran. Gradualmente comprendió que la verdad era que su marido se había retirado simplemente de algunas de sus características por parecerle reprobables. Sirviéndose del grupo como un espejo, pudo verse a sí misma claramente por primera vez en su vida. Aquel marido que antes no había dado ninguna muestra de simpatía, empezó a responder ante el cambio que se iba operando en ella, y al fin consiguieron un matrimonio feliz.
Extraído del libro "Psicología del matrimonio" de Cecil G. Orborne, cap. 6 pág. 127a 129 Editado por Logoi Inc. Miami, 1974.