Escucha estas palabras una
vez más:
“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”
Es la última parte la que
nos interesa. Llegar a ser una sola carne implica un proceso, no es una hecho
instantáneo. Dos personas con distintos antecedentes, temperamentos, hábitos,
heridas, sentimientos, padres, metas educacionales, dones e intereses no salen
de la ceremonia de casamiento en perfecta unidad. El proceso, sin embargo,
comienza allí. Y se trata de un proceso que dura toda la vida y requiere
sabiduría, comprensión y conocimiento.
No se debe confundir unidad
con uniformidad. Dios trajo a Eva junto Adán. . .no para que fuera una Adán
femenina, sino para que fuera notoriamente única, obviamente diferente a él.
La uniformidad es cosa de las panaderías donde el pastelero elabora sus masas.
Ocurre en las fábricas de autos de donde salen vehículos unos tras otros. Es
esencial en un campo de instrucción militar donde todos los conscriptos son
forzados a meterse en el mismo molde pero eso no es lo que Dios tenía en mente
cuando afirmó que los dos serían una sola carne.
Aludía a todo el concepto
de mutua aceptación, entrega, atención, perdón, pertenencia y orientación.
Son dos individuos que voluntariamente combinan sus vidas, deseando compartirlas
y en consecuencia completarse el uno al otro. Lee las palabras de Pablo en este
sentido: “El marido cumpla con la mujer el deber
conyugal y asimismo la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad sobre su
propio cuerpo sino el marido; ni tampoco tiene el marido sobre su propio cuerpo
sino la mujer”( 1 Corintios 7:3-4).
Esta descripción implica
una ausencia total d egoísmo, son dos personas activamente comprometidas a
“llenar” su obligación para con el otro miembro de la pareja. ¡Esto es una
excepción en nuestros días!
Las siguientes afirmaciones
pertenecen a un “contrato matrimonial” sugerido en una revista secular, del
cual me enteré por medio de un amigo que lo había leído.
“No daré señales de
inclinación sexual hacia otros si veo que te hace sentir amenazado/a . . .
somos personas distintas con nuestros propios principios y no deben fundirse. .
.No puedo hacerte feliz ni desgraciado/a, pero hacerme feliz a mí mismo/a. . .
acepto mi definitiva soledad y mi responsabilidad por mi propia persona”.
¡Qué fiasco! Yo pregunto
¿Dónde está la unidad?
Pocas personas son capaces
de expresar este concepto de unidad mejor de lo que lo hizo Peter Marshall.
Describió la armonía conyugal de la siguiente manera:
“El
matrimonio no es la confederación de los estados soberanos.
Es
una unión: doméstica, social, espiritual, física.
Es
la fusión de dos corazones. La unión de dos vidas.
La
integración de dos afluentes, que después de haber sido unidos en matrimonio
fluirán por el mismo canal en la misma dirección, llevando
Las
mismas cargas de responsabilidad y obligación.”
Restablecer el fuego en tu
matrimonio requiere separarse de los padres, permanecer en el compromiso, creer
en unidad a medida que dos se hacen uno.
Detengámonos a considerar
el orden en que Dios revela estos principios eternos. Rodeados por la seguridad
de la mutua entrega, la aceptación que solo puede lograrse por el respeto, el
amor mutuo y la innegable unidad de propósitos y metas. . . el gozo de la
intimidad personal no sólo está presente sino que florece. Esto explica por qué
estaban ambos desnudos, Adán y su mujer y no se avergonzaban.
Este principio sobre la
intimidad es el último que Dios menciona en esta lista fundamental. Hay una razón
para ello. Las delicias de la intimidad entre esposo y esposa se disfrutan
cuando la separación, la permanencia y la unidad < el autor se refiere
a los puntos tratados anteriormente, separación de los padres, permanencia de
la pareja y unidad entre ambos> están realmente presentes. Retira
del contexto esos otros tres pilares fundamentales y la intimidad desaparece rápidamente.
Antes de describir en qué
manera se distorsiona hoy en día este aspecto de la intimidad en el matrimonio,
permíteme indagar más profundamente en Génesis 2:25. El término hebreo
traducido como “desnudos” sugiere la idea de “estar desprovistos”,
enfatizando que estaban total y completamente desnudos. Cuando el versículo
agrega que Adán y su mujer “no se avergonzaban”, la idea que traduce el
original es de reciprocidad, no se avergonzaban “el uno ante el otro”.
Generalizando, la descripción indica que no tenían nada de qué esconderse,
ningún complejo, vergüenza o temor. Había una transparencia total, una
ausencia absoluta de cohibición. Esto les proveía una completa libertad. Tanto
emocional como física, interior y exterior.
Un éxtasis semejante era
posible por la ausencia de pecado. Me parece extremadamente significativo que en
el próximo capítulo de Génesis, cuando el pecado entró en sus vidas, Adán y
Eva inmediatamente se cubrieron y por primera vez estuvieron conscientes de su
propia desnudez. Lee Génesis 3:9-10.
“Mas Jehová Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Donde estás tú? Y él respondió: oí tu voz en el huerto y tuve miedo porque estaba desnudo y me escondí”.
¿”Por qué se cubrieron?
“Tuve miedo. . . y me escondí”.
Por primera vez en el tiempo, el hombre se mostró incómodamente
consciente de sí. Hasta ese momento cada uno estaba tan absolutamente entregado
al otro (gracias a la ausencia del pecado) que no habían advertido su propia
desnudez. Su transparencia abierta aseguraba una intimidad sin restricciones el
uno con el otro. Fue exactamente así como Dios lo planeó originalmente.
¡Qué diferente son las
cosas hoy! Las personas inválidas, enfermas y cegadas por la contaminación del
pecado, luchan desesperadamente para tratar de relacionarse libre y
abiertamente. Lo mismo ocurre con los cónyuges. De allí que la intimidad se
vuelva una batalla frustrante. Una extraña mezcla de egoísmo, desconcierto,
insatisfacción y resentimiento con ocasionales y breves vislumbres de placer y
plenitud.
[1]
“Dile que si al amor” Charles
R. Swindoll. Cap. 2 pp 31 a 34. Editorial Betania 1985.