La canción de mi alma *
Por Sara Wittig


Crisis, pruebas, desilusiones... dolor, sufrimiento, pérdidas... abandono, discapacidad, muerte... estas cosas parecen convertir en hilachas la trama de nuestra existencia, sacudimos hasta los cimientos. ¿Qué puede ponerle freno a la desintegración que experimentamos? ¿Dónde está el remanso que puede absorber los golpes y sacudones de la vida sin que aparezca ni la menor onda sobre su superficie? ¿A que nos podemos aferrar para soportar la montaña rusa de éxtasis y desesperanza, asombro y desesperación, que nos lleva desde la cuna hasta la tumba? ¿Cómo logramos, siendo lo aferrados, ansiosos y miedosos que podemos ser, enfrentar a la vida con aceptación, equilibrio y ecuanimidad?

Porque parece que sí existe un centro o lugar en el que podemos “encajar”, un imán que atrae a nuestros corazones, una voz como la de una madre o amante que nos llama a "casa", si tan sólo acallamos nuestras vidas lo suficiente como para oírla. Tenemos que preguntarnos, quizá, "¿Para qué estamos hechos, como personas?" Para muchas cosas, de seguro, pero al nivel más profundo y verdadero, estamos hechos para Dios... para conocerlo, amarlo, y abrir nuestras vidas a Su conocimiento y amor.

Parte del proceso por el que he pasado este último año ha consistido en plantearme esa pregunta, permitiéndole que mi corazón sea atraído hacia ese imán, acallando mi vida lo suficiente como para oír esa voz, aprendiendo, cada vez más, a incluir en el "aquí y ahora" a Aquél que absorberá mi atención, inteligencia y afecto por toda la eternidad.

Un catalizador de dicho proceso, y mi guía espiritual en el trayecto, ha sido Richard Foster, en su libro: La Oración: verdadero refugio del alma. Después de haber leído unas pocas páginas del libro, me di cuenta de que no era un libro para leer en una semana ni un mes. Me he tomado un año para leerlo dos veces, y hoy comencé a leerlo por tercera vez. No había planeado leerlo otra vez, pero todavía no estoy lista para hacer a un lado aquello que parece estarme llevando a experimentar de una manera más y más profunda el corazón de Dios. Siento que el intercambio entre mi espíritu y el Espíritu de Dios a través de las páginas de este libro todavía no se ha terminado.

Mis presuposiciones sobre lo que puede llegar a contener un libro sobre la oración no me prepararon para todo lo que encontré. En su capítulo introductorio, Foster dice que él escribió el libro para ayudarnos a explorar el maravilloso corazón de Dios. Dice que el libro no se trata de definiciones sobre la oración, ni de terminología para la oración, ni de argumentos acerca de la oración, aunque todas estas cosas tengan su lugar. Tampoco se trata de métodos y técnicas de oración, aunque se habla de ambas. Dice que, mas bien, este libro se trata de una relación de amor: una relación de amor duradera, continua, creciente, con el gran Dios del universo ... un amor abrumador que invita a ser correspondido. Foster dice que el amor es la sintaxis de la oración y para ser personas de oración eficaces, necesitamos saber amar bien... La verdadera oración no proviene del esfuerzo, sino del estar enamorados.

En el mundo acelerado, ambicioso e hiperactivo en que vivimos parece una tontera hablar de enamorarse de Dios, de vivir en comunión continua con El. Pero yo me he ido convenciendo más y más de que esto es algo esencial, no periférico ni accesorio; que todo lo demás a lo cual nos abocamos es preliminar, inclusive una distracción, hasta que llegamos a concentrarnos en esta única cosa. Una vez que lo logramos, o que estamos aprendiendo a llegar a esa concentración, todas las "otras cosas" que forman parte de nuestra vida se integran de una manera maravillosa y, de hecho, se convierten en áreas en las que podemos descubrir, amar y disfrutarlo a Dios. Está es la perla de gran precio, la mejor parte escogida por María, el más grande de los mandamientos. Foster hace referencia a la famosa frase de Kierkegaard: La pureza del corazón consiste en querer una cosa". En el salmo 27, versículo 4, dice: "Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo.".

¿Acaso esto suena como algo de otro planeta, nada práctico? Créase o no, no lo es. Tiene tanto que ver con nuestra capacidad de trabajar, de relacionarnos con otros, y de percibir e interpretar nuestras experiencias. El descubrir a Dios en todas las esferas de nuestra vida, pedirle que derribe nuestras barreras y nos quite la ceguera, buscar conocer Su presencia y compañía en cada una de las cosas que experimentamos, nos enriquece a un grado increíble. Podemos estar realmente presentes en cuerpo y espíritu cuando tratamos con otra persona, entregarnos con mayor dedicación al trabajo que tenemos entre manos, ver y escuchar más acertadamente aquello que nos rodea y, en medio de todo esto, como lo dice Foster, "discernir las pisadas del Santo de los Santos".

Mientras me preparaba para escribir esta sección, me puse a pensar en el título que Foster le puso al libro. La oración: verdadero refugio del alma. De repente, todo tuvo sentido. Eso fue justamente lo que experimenté el año pasado. La oración consiste precisamente en eso, en todas las maneras de percibir y responder a Dios que nos llevan a encariñarnos con El y que nos permiten saber a un nivel profundo, afectivo e instintivo que El es el lugar en el que "encajamos", aquél Refugio al cual nos sentimos irresistiblemente atraídos cuando soltamos las cosas que nos tienen atados y orientamos nuestras vidas hacia Dios. Y esta ha sido la canción de mi alma, aunque soy una de las más inexpertas aprendices en la vida de oración.

*CRÉDITOS
Traducido por Silvia Snack. Tomado de Apuntes Pastorales Vol. XIII, Enero- Marzo, págs. 24-26.
Editado por Desarrollo Cristiano Internacional, 1996. San José, Costa Rica