Qué hacer cuando una amiga cae en pecado?
Por Nydia de Bedrosián 


HAY JUEGOS DE ingenio, a los que llamamos «rompecabezas», que son muy difíciles de armar. Cuando uno se enfrenta a ellos y busca «pistas» para encaminarlos nos encontramos con que el cuadro que ofrecen no es claro y sus piezas numerosas y pequeñas. Todo esto parece dar más fuerza a su designación: «rompecabezas». Lograr armarlo es un verdadero triunfo.

La vida ofrece ciertos cuadros de situación que son tan difíciles como un rompecabezas totalmente desarmado. No puede entenderse, por ejemplo, cómo una vida que pertenece a Cristo y tiene sus piezas aparentemente bien ordenadas por El, de pronto se desarma, quedando reducida a pedazos por los efectos del pecado.

María conoció a Cristo siendo casi una niña. Llegó el día en que, buscando mejores horizontes, salió de su país, con grandes expectativas, dejando a su familia e iglesia. Encontró muy buen trabajo que, aunque arduo, le proporcionaba bienestar económico y aun la posibilidad de ayudar a los suyos. En el nuevo país halló también una iglesia que le brindó amor y espacio para sentirse «como en casa». Entabló una especial amistad con su maestra de Escuela Dominical, quien además de amiga, le servía de consejera ya que la superaba en años.

Periódicamente, María visitaba a su amiga para compartir sus vivencias, sus necesidades y orar juntas. Cierto día la llama por teléfono, y entre sollozos le ruega que se vean de inmediato. Más tarde, ya cara a cara, María le confiesa que un compañero de trabajo, casado y con hijos, la sedujo después de contarle sus dramas matrimoniales y ella cedió al pecado. La imagen de Cristo se había roto en ella y ahora... ¿qué?

¿Qué decir a una amiga y hermana que cae en pecado? La situación de María tipifica las vidas que han sido hechas pedazos por ceder a la tentación. Lamentablemente, tenemos muchos casos de estos en nuestras iglesias, pero un gran porcentaje han quedado atrás, sumidos en su pecado y las personas condenadas por «impías» por el resto de la congregación,... y por el resto de sus vidas.

MOSTRARLE AMOR

La Palabra de Dios nos impele a amar profundamente a estas hermanas. Tal vez nos encontremos con el terrible dilema de si seguiremos llamándola «amiga» en público, puesto que la condena de muchos que se cierne sobre ella también amenaza con manchar de alguna forma a quienes siguen frecuentándola.

Sin embargo, huelgan los ejemplos -aun en la vida del mismo Señor- sobre este aspecto. Mostrarle amor, mostrarle aceptación. Y estoy hablando del amor de 1ra Corintios 13, ese que tiene sus raíces en Dios. El Dr. William Barclay lo define como «benevolencia invencible»; es el amor que el mundo antiguo no conocía, pero que Cristo trajo a la luz.

ARREPENTIMIENTO
ESPONTANEO

Si nuestra amiga manifiesta arrepentimiento en forma espontánea, la respuesta debe ser recibirla en amor, sin interrogatorios; no teniendo en cuenta el pecado cometido. El amor debe ser el sentimiento dominante porque es el camino más excelente.
El apóstol Pedro dice: «Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados». 
(1ra. Pe. 4.8)

SI EL ARREPENTIMIENTO CUESTA EN VENIR

Si hace falta llamarla al arrepentimiento, recordemos que el amor también debe ser el componente prioritario. Somos, muchas veces, más proclives a señalar con dureza y crítica, que a buscar y restaurar con amor. Dice Jesús en Mateo 7.1: «No juzguéis, para que no seáis juzgados». El trato personal debe contener una gran carga de amor. Recordemos que nadie está libre de ser tentado. El apóstol Pablo escribe: «Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga». (lra Co. 10.12), y «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro. 5.8).

NO JUSTIFICAR EL PECADO

La promiscuidad que transgrede los principios cristianos, lejos de contribuir al arrepentimiento y la restauración, deja la puerta abierta para la autojustificación y la reincidencia en la caída: «Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él» (1ra. Jn. 3.9).

El amor que tiene sus raíces en Dios es sanador: señala claramente la enfermedad del pecado, sin justificación alguna, mientras que ofrece la medicina del perdón por medio del arrepentimiento y la restauración. Es el que otorga una «hoja en blanco» para un nuevo comienzo. «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (lra Jn. 1.9). Es cierto que el pecado deja consecuencias con las cuales hay que convivir, pero cuando hay real convicción de pecado, los recursos de Dios están a disposición para seguir adelante y con una vida victoriosa,

COMPROMETIDAS
EN LA RESTAURACION

«Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a tí mismo, no sea que tú también seas tentado» (Gál. 6.1).

El vocablo restaurar significa reparar, volver a componer. El mismo término se usa en Marcos 1.19 referido a los pescadores Jacobo y Juan, quienes remendaban sus redes para hacerlas útiles nuevamente. Esta rica idea ilustra claramente cuál debe ser nuestra actividad hacia la amiga que ha caído: ayudarla a restaurar su desmoronamiento interno, para que vuelva a ser lo que era antes de caer. Aunque queden cicatrices, la herida debe cerrarse y el músculo debe volver a trabajar.

Otra indicación para la ayuda es que debemos hacerlo con espíritu de mansedumbre. Generalmente tendemos a asumir la actitud del superior que habla a su súbdito. La palabra «mansedumbre» desplaza al espíritu legalista. La razón es fuerte: «considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado».

Todos somos vulnerables. ¡Cuántas veces hay creyentes que juzgan con dureza al caído, viéndose más tarde atrapados en las redes del pecado! ¡Y a veces del mismo pecado que acusaron!

La oportunidad de restaurar con mansedumbre es sublime. Significa ser un instrumento de Dios en la recomposición de esa vida que se debate entre seguir adelante o sumirse en la destrucción.

¡Restaurad con mansedumbre!, no sea que...

MANTENER LA RESERVA

La tentación de contar a otros es muy fuerte. En cambio, el ejercicio de la reserva produce disciplina. Una mujer joven, creyente, que cayó en pecado, fue descubierta por un líder de su iglesia, Sin misericordia alguna llevó el caso a toda la congregación, en la próxima asamblea. Nunca una reunión administrativa había sido tan concurrida. El hecho tomó tal estado público que fue aplastante para ella y su familia. Sin llegar a este extremo, muchos de los casos que son para reservar se difunden como una gran noticia: «Te voy a decir algo en secreto, pero no lo comentes ... ». Alguien solía decir: «Lo que tu boca no sabe guardar, no esperes que lo haga otra boca».

Un buen ejercicio es el siguiente: piense a quién compartiría usted un secreto personal. Piense ahora si usted es una persona confiable como para que alguien le confíe un secreto.

Leemos en Proverbios 18.21: «La muerte y la vida están en poder de la lengua». 0 damos vida con nuestras palabras, o destruimos. Sea nuestra permanente oración la del salmista en 141.1 «Pon guarda a mi boca, oh Jehová; guarda la puerta de mis labios»,

Toda persona es redimible. Jesús dijo: «Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos» (Lc. 6.31). Toda persona es redimible y nosotros mismos podemos, tal vez, algún día necesitar amor, exhortación, restauración, aceptación y reserva, para volver a armar el rompecabezas de nuestra vida. Esa es la propuesta de Dios para una amiga que cae en pecado.

*Créditos:
Tomado de la revista “Apuntes Pastorales”, Vol. XI – Nº 3
Editado por Desarrollo Cristiano Internacional, Puerto Rico, 1993




Por Nydia de Bedrossián