Yo me casé con un extraterrestre, pero. . .¿De qué planeta?
Por H. Norman Wright


“No se trata simplemente de que yo me haya casado con un extraño 
sino que a veces he llegado a creer que me he casado con una persona de otro planeta”

Nos casamos unidos por nuestro parecido y nos mantenemos unidos por nuestras diferencias. Las similitudes empalagan, las diferencias atraen.
Eran las diez horas de un miércoles por la mañana. Mi primera cita estaba programada en unos minutos más y me puse a revisar los nombres de las personas que estaban a punto de llegar. Se trataba de una pareja nueva a la que no había visto nunca antes. El contacto se había hecho el día anterior y debido a que a última hora tenía un tiempo disponible, accedí a atenderles. No fue posible que ellos llenaran unas planillas, lo que me da una información previa a las citas que para mí es de suma importancia. Así que nos vimos precisados a investigar el problema durante nuestra primera sesión.

Herb y Sue llegaron y tomaron asiento. Eran personas de edad madura y se presentaron cuidadosamente vestidos.
Después de unos minutos de conversación casual les pregunté: “¿Qué les llevó a ustedes a la decisión de venir a ver a un consejero? ¿Cuáles son los asuntos que les preocupan?”.

El me miró fijamente e inclinándose hacia el frente dijo en una voz tensamente suave: “Yo quiero saber solamente una cosa: He estado casado con esta mujer durante diecisiete años y no puedo entender por qué nos hemos pasado todo ese tiempo peleando, ¡líos, líos, líos! Eso es lo que ha sido nuestro matrimonio: ¡Un tremendo lío! No podemos ponernos de acuerdo en nada. Somos completamente diferentes. Ya no estoy ni siquiera seguro si debimos habemos casado. Yo no tengo problemas con la gente con la que trabajo, todos nos llevamos de lo mejor. Usted es, digamos, un experto. Quiero que usted me explique por qué hay tanto conflicto en nuestro matrimonio. ¿Tienen los otros matrimonios este mismo tipo de problema?”

Su esposa Sue levantó la vista e interrumpió para emitir su propia opinión. Los siguientes quince minutos parecieron llevarnos a una guerra fronteriza en menor escala, y yo me sentí como si estuviera en medio del fuego. Ellos se interrumpían, alzaban sus voces, se hacían mutuas acusaciones y se intercambiaban las más acerbas críticas. Finalmente yo les interrumpí y exclamé claramente: ¡Muchas gracias! Ellos se detuvieron y me miraron con extrañeza y después se intercambiaron miradas de asombro. "¿Gracias?, dijo Herb, y añadió ¿Gracias por qué?”. Por contestar la pregunta que ustedes mismos me hicieron al principio de nuestra entrevista. Ustedes querían saber por qué tenían tantos conflictos. Durante estos quince minutos simplemente han expuesto las razones. ¿Quieren saber ustedes lo que yo escuché? Los dos me observaron fijamente, y Sue fue la que dijo: “Sí, quisiéramos escucharlo. Hemos tratado de descubrirlo por años. ¿Qué es lo que usted ha encontrado”

Después de un calculado momento de silencio accedí: Ustedes me lo han pedido y aquí lo tienen. Yo he oído algunos de los temas que más comúnmente crean problemas en los matrimonios. He oído asuntos del pasado que ustedes nunca aclararon. Los dos tienen necesidades insatisfechas. Ustedes no han aceptado sus diferencias de personalidad y están insistiendo en crear en el otro una edición revisada de sí mismo. Están empeñados en una lucha clásica por el poder y mantienen sus conflictos vigentes en el seno de un círculo vicioso de intensa hostilidad que ha sido construido por ustedes mismos. Finalmente, no han aprendido a hablar cada uno en el lenguaje del otro. Y les advierto que eso es sólo el principio. . .

Ustedes quieren un matrimonio de paz y armonía que les sea completamente satisfactorio. Han pasado sin embargo, diecisiete años construyendo lo contrario. Esas son las malas noticias. La noticia buena es que ustedes pueden cambiar. No les digo cambiar sus personalidades. Las personas que se casan, no tienen ni pueden ser copias idénticas el uno del otro. Son más bien personas que han aprendido a mantener sus diferencias en un proceso de mutua comprensión y aceptación, y lo que es más las han convertido en algo complementario al desarrollo de la relación. El diferir de otra persona es muy natural y normal y puede añadir un condimento de estímulo en la unión conyugal.
Diferencias. ¿Cómo aprende usted a ajustarse a las diferencias de su cónyuge sin correr el riesgo de perder su propia identidad? ¿Cómo aprende a apreciar las características peculiares de su pareja? ¿Cómo puede aprender a convivir con una persona que es tan distinta a usted? Como lo expuso una esposa: “No se trata simplemente de que yo me haya casado con un extaño sino que a veces he llegado a creer que me he casado con una persona de otro planeta. ¿Me habré unido a alguien de la tripulación de un viaje proveniente del espacio o con algún actor desahuciado de una película de ciencia ficción?

“¡Ayudenme, por favor!”.

Yo lo he oído todo, preguntas, quejas, peticiones de ayuda. Por años la gente me ha hecho la misma pregunta: ¿Cuando usted se casa, está uniéndose a un opositor o se está uniendo con alguien que tiene que parecérsele? Mi respuesta es "sí". Yo no estoy contendiendo ni coincidiendo por el hecho de que mi respuesta sea "sí". Se trata de las dos cosas. Al igual que hay similitudes, hay diferencias, y usted tiene que aprender a ajustarse a ambas situaciones. 

LAS DIFERENCIAS ABUNDAN
EN TODOS LOS MATRIMONIOS,
GENERALMENTE LAS MISMAS PUEDEN
SER DIVIDIDAS EN DOS TIPOS:

1* La primera incluye las diferencias que no admiten influencias externas, tales como la edad, raza, la complexión, y los antecedentes familiares y culturales.

2* El otro tipo de diferencias incluye aquellas que sí pueden ser cambiadas. Entre éstas encontramos los hábitos personales en el cuarto de baño o en el comedor. También detalles como los de que a usted le gusta levantarse temprano en la mañana y su cónyuge prefiere irse a dormir tarde, o el que a uno le guste salir casi todas las noches y el otro prefiera quedarse en casa disfrutando de la televisión.

Yo suelo admirarme de descubrir cómo las pequeñas normas de conducta, tales como mantener las sábanas estiradas o sueltas, disfrutar de una comida rápida o tener que atarse uno a la mesa para comer con toda formalidad, crean tan grandes disturbios en el matrimonio.

Todos somos diferentes. Somos una mezcla de varias tendencias y preferencias. Y éstas no son necesariamente ni buenas ni malas. El problema surge cuando alguna de estas tendencias se hacen tan fuertes o dominantes que precisamente debilitan nuestros propios puntos fuertes. Esta condición afecta nuestra habilidad para descubrir alternativas para bregar con los problemas de la vida. Como resultado, llegamos a sentimos atrapados por nuestro propio estilo y amenazados por cualquier cosa que sea diferente. Recuerde esto: . . .

. . .La persona que dispone de la mayor flexibilidad y que puede reaccionar ante una situación dada, con una definida variedad de enfoques, disfruta más y mejor de la vida y genera una positiva influencia en la mayoría de las otras personas.

No hay pareja que goce de una total compatibilidad cuando contrae matrimonio. El gran reto del matrimonio es, precisamente aprender a ser compatibles. Algunos logran esto durante los primeros años, otros requieren de diez a quince años, y algunos. . . bueno, desafortunadamente nunca lo consiguen. . .

Créditos: 
H. Norman Wright
Tomado de la revista UNILIT Vol. 5 Nº 13. Editorial UNILIT, Miami, USA
Tomado del libro: “Los secretos de un matrimonio perdurable”