Un problema de pequeños con grandes repercusiones sociales
Embarazo no deseado de adolescentes
Por Lidio Vargas Riquelme *
La adolescencia es considerada tradicionalmente como un período relativamente exento de problemas de salud, principalmente por el ímpetu y el entusiasmo con que la mayoría de los adolescentes encara una situación problemática y por ser menos vulnerables a enfermedades de tipo orgánico. Sin embargo un embarazo en esta etapa de la vida acarrea consecuencias negativas, tanto desde la perspectiva médica (obstétrica y pediátrica), como psicológica y social. Desde el punto de vista médico-obstétrico, la madre adolescente se encuentra normalmente en situaciones problemáticas antes, durante y después del parto, tales como infecciones en el tracto urinario, retardo en el crecimiento uterino, distocias (parto traumático) por desproporción entre feto y la cavidad pelviana, accidentes obstétricos de diversos tipos, y otras morbilidades.
En el aspecto psicológico, el embarazo constituye para la adolescente la iniciación del "síndrome del fracaso", lo cual implica fracaso escolar, fracaso en el proyecto de lograr una familia estable, con hijos contenidos en un marco sano y seguro, etc. Pero además la niña sufre una suerte de marginación por parte de sus familiares y amigos; amén de las presiones ético-religiosos, económicas y de carácter legal.
Buscando un camino de salida
Envueltos en estas circunstancias, los adolescentes, ella y su pareja en el caso de que se responsabilice del problema, se ven enfrentados a tomar decisiones. La angustia propia del momento dificulta la búsqueda de la mejor alternativa, y una decisión errada puede constituirse en una carga para toda la vida.
No existe receta una mágica acerca de cuál el mejor camino a seguir. Cuando surge el problema se analizan los caminos de salida a transitar: el aborto, el matrimonio, criar al los hijos sin casarse o darlo en adopción. Analicemos estas alternativas.
1. El aborto. Por lo general, la pareja es otro adolescente que se encuentra en idénticas condiciones que su compañera, dependiendo de sus padres, sin posibilidades económicas para sustentar un hogar. La situación se torna por demás difícil y el aborto se perfila como la salida más fácil ante el problema. En los Estados Unidos se registran más de 1.600.000 abortos anuales. Un porcentaje considerable corresponde a adolescentes. En América del Sur no tenemos cifras confiables porque el aborto es considerado ilegal. Pero es muy probable que un alto porcentaje de los embarazos no deseados termine en abortos clandestinos. Además de poner fin a la vida de un indefenso inocente, se pone en riesgo de muerte a la madre.
Esta alternativa, aparentemente inofensiva, tiene su costo orgánico, psicológico y social. Es probable que inmediatamente después del aborto haya una sensación de alivio por liberarse del problema. Sin embargo, las secuelas pueden manifestarse meses o años después del hecho en forma de depresión, angustia y sentimiento de culpa. Es innegable el daño psicológico que deja el aborto. Lo corroboran el tiempo y los recursos que la medicina actual invierte en diversos tipos de terapias para contrarrestar los efectos de esta práctica. Por lo tanto, no cabe duda de que es la peor alternativa en el caso de un embarazo no deseado, por el daño psicológico que puede acarrear para la adolescente y para la relación de la pareja, si ésta existiera.
2. El matrimonio. Tampoco es un camino fácil para un par de adolescentes. Es una relación que exige madurez biológica, psicológica y emocional, lo que no puede improvisarse ni se consigue de la noche a la mañana. Ser padre implica deberes para los cuales los adolescentes no están preparados, ni tienen, en la mayoría de los casos, la responsabilidad necesaria para asumir el mencionado rol: brindar alimento y abrigo para el cuerpo y el alma de la criatura.
Por lo general, cuando se escoge esta alternativa, tanto los adolescentes como sus padres se preocupan sólo por tapar "el asunto" y se olvidan del resto. La cautela y la prudencia en estos casos son indispensables, pues las estadísticas indican que la tasa de divorcios en parejas que se casaron en estas circunstancias se duplica respecto de quienes se casaron sin la presión del embarazo.
3. Madre soltera. Se da esta alternativa generalmente cuando hay negativa por parte de algún miembro de la pareja. Sin proponérselo, la adolescente frecuentemente se convierte en "madre-padre" y su retoño en "niño de niña". Con la consecuente marginación social que debe soportar tanto la madre como el hijo. Debe contemplarse además el hecho de la repercusión negativa que tiene en la salud emocional del niño el fenómeno de la ausencia paterna en el hogar.
4. La adopción. La entrega en adopción demanda de mucho sacrificio en favor del hijo, por cuanto se le da la oportunidad de disfrutar de un ambiente familiar estable.
Para la adolescente significa la posibilidad de madurar, replantearse metas y reconstruir su vida. Algunas chicas entregan a sus vástagos en carácter de "préstamo" a un familiar, hasta que la situación sea diferente. Pero no faltan las que asumen la maternidad como una forma de expiar las culpas.
Como puede apreciarse, la dinámica de la toma de decisiones no es simple. Por lo tanto, de ser posible, es aconsejable la ayuda psicológica profesional para que los afectados puedan escoger la mejor alternativa.
Prevenir es mejor
Es verdad que las consecuencias negativas en el caso de un embarazo no deseado entre adolescentes dependen en gran medida del marco socio-cultural de las respectivas familias de los chicos. Conozco casos en los que los padres de los adolescentes actuaron de un modo sabio y amoroso, como marco de contención, con lo cual se vieron reducidas notablemente las consecuencias negativas tanto para los adolescentes como para el recién nacido. Pero, aunque todo fenómeno tiene sus excepciones, que no hacen más que confirmar las reglas, lamentablemente éstas son muy pocas. La actual crisis económica y social que padecen nuestros países ahonda aún más los riesgos de sufrimiento y de fracaso de los adolescentes.
El tema de la prevención del embarazo precoz en adolescentes, por los riesgos que implica la maternidad en este grupo etario, (se refiere a un grupo de personas que tienen la misma edad) ha alcanzado tal magnitud que llegó a ser uno de los temas principales abordados durante la V Conferencia de Esposas de jefes de Estado y de Gobierno de las Américas, realizada en la capital paraguaya a fines de 1995. Las primeras damas de América Latina y del Caribe vienen reuniéndose anualmente desde 1991. En 1993 se planteó el tema en cuestión. Van tres años de deliberaciones, mediante las cuales se busca la creación de programas de prevención del embarazo en adolescentes. La iniciativa cuenta con la cooperación financiera del Fondo de las Naciones Unidas para la Población (FNUAP).
Hasta el momento sólo se ha avizorado, a manera de solución, la realización de actividades esporádicas con carácter de "parches", si tomamos en cuenta que el problema sigue engrosando en sus filas a miles de víctimas. La propuesta difundida en sazón contempla más bien el uso indiscriminado de anticonceptivos, lo cual apunta a una solución provisoria, inmediata y de bajo costo. Desde el punto de vista de la Salud Pública, esta estrategia tiene cierta validez porque ataca la conducta más susceptible de ser modificada, pero trae consigo una actitud muy simplista: se piensa que si se reducen los riesgos de embarazo y de contagio de enfermedades de transmisión sexual a través del uso de preservativos u otros anticonceptivos, la actividad sexual en este grupo etario no tendría por qué ser problemática. La situación no es tan simple, porque no existe método anticonceptivo que tenga un 100% de efectividad, pues el preservativo produce una tasa del 13 al 18% de embarazos, las píldoras del 3 al 11 % y los espermicidas del 21 al 34%. Además hay un alto porcentaje de adolescentes activos sexualmente que jamás utilizarán algún método anticonceptivo. Los especialistas afirman que las primeras relaciones premaritales en la adolescencia suelen ocurrir sin que los involucrados tomen precauciones para prevenir un posible embarazo.
En realidad, en la adolescencia, la actividad sexual por sí sola puede generar sentimientos negativos: culpa, ansiedad, dudas, temores, vergüenza, insatisfacción consigo mismo, frustración, sensación de haber sido usada(o), deterioro de la relación afectiva y la pérdida de libertad como consecuencia de una unión con la persona equivocada.
Poco provecho trae el método del avestruz, de esconder la cabeza para no ver el peligro. La prevención a través de la ignorancia sigue dando sus frutos, que se cosechan día a día en las maternidades legales o clandestinas. Creemos por tanto que una decidida acción educativa que contemple el binomio hogar-escuela puede revertir la situación que arrastramos hace mucho tiempo. Lamentablemente existe una enorme brecha entre lo que los adolescentes quieren saber y lo que sus padres creen que ellos quieren saber, porque no se ha gestado una fluida comunicación en esta área. Esta brecha existe también entre profesores y alumnos a causa de la actitud de aquellos en la presentación de los contenidos de la materia.
La educación debe tener un enfoque integral de la sexualidad humana, evitando así una visión reduccionista que derive sólo en información genital. La estrategia deberá contemplar tres niveles de intervención: profesores y padres, como agentes multiplicadores; y los propios adolescentes encarando la educación sexual en sus dimensiones biológica, psicológica y moral.
Un poeta dijo en cierta ocasión que la juventud es un divino tesoro, pero cuanto más escuchamos, hablamos y nos interiorizamos en el mundo de los adolescentes, tenemos la impresión de que ese tesoro se va devaluando inexorablemente.
En los últimos años se ha observado en la sociedad latinoamericana un giro radical respecto de la sexualidad. El comportamiento sexual ha tomado un modelo de comportamiento permisivo, lo que se ha traducido en una actitud que bastardeó la libertad, convirtiéndola en libertinaje. Esto se debe fundamentalmente a la declinación de la religiosidad, el relajamiento de las normas éticas y morales respecto de la sexualidad y del matrimonio (algo a lo que contribuye en gran medida la televisión), el aumento del consumo de drogas y alcohol por parte de la juventud y la poca comunicación entre padres e hijos.
Sin la más mínima intención de pecar de puritano u obsoleto, creo, por lo que puede observarse en nuestra sociedad actual, que debemos retornar al modelo de conducta que hunde sus raíces en la más sabia y milenaria tradición religiosa cristiana, y que propone:
* Revalorizar la virginidad como una virtud y no como una debilidad o enfermedad.
* Crear conciencia de que la maternidad y la paternidad constituyen una maravillosa experiencia para ser vividas en el matrimonio.
* Incentivar la formación de grupos de jóvenes que transmitan estos valores a otros jóvenes.
Padres y profesores no preparamos a nuestros chicos para enfrentar con éxito el desafío de una relación de pareja feliz y estable cuando les transmitimos nuestras insatisfacciones y frustraciones conyugales, y culpamos a la pareja de nuestros fracasos personales. Lo que agrava la cosa es que así se destruye el matrimonio y la familia como institución básica de la sociedad.
Es hora de que comencemos a pensar hacia adónde vamos, de que detengamos el vértigo de nuestra loca carrera para reflexionar en los valores que recibimos de nuestros antepasados. Es hora de que reafirmemos el valor de la familia monogámica tradicional, de la paternidad responsable y de que pensemos en la sexualidad como una fuerza creadora de vida, de cultura, de tradición que requiere del matrimonio para que exprese todo su verdadero y legítimo poder.
No olvidemos que al menos en una vasta región de nuestra América Latina la mayoría de los adolescentes tienen al matrimonio como una aspiración y la construcción de una familia como el gran desafío. Me lo dijo mi hija hace unos pocos días.
*CRÉDITOS:
Lidio Vargas Riquelme
Licenciado en Teología
Asunción, Paraguay
Revista “Vida Feliz”. Págs. 11-14. Febrero 1997
Casa Editora Sudamericana.
Buenos Aires