Aprendiendo a ser padres
Por el Dr. James Dobson
El valor de un “chirlo” bien dado
Puede comenzarse a dar “chirlos” suaves al niño entre los quince y dieciocho meses de edad. Estos no deberán ser muy frecuentes, y se reservarían para los casos de desafío evidente y no para los de irresponsabilidad infantil. Una mano dura
de autoridad, durante este tiempo, hace que el niño reprima su necesidad de experimentar y probar el ambiente en que vive, lo cual puede tener consecuencias duraderas. Al niño que está dando sus primeros pasos se le debe enseñar a obedecer y a someterse a la autoridad de los padres, pero no se logra de la noche a la mañana.
Cuando los chirlos sean necesarios deben ser dados con un objeto neutral; como una pequeña vara flexible, pero rara vez debe usarse la mano. Siempre he pensado que la mano debe ser vista por como un objeto de amor, y no como un instrumento de castigo. Además, si un padre tiene la costumbre de pegarle con la mano a un niño muy pequeño cuando él no está esperando ser golpeado, es muy probable que baje rápidamente la cabeza y retroceda cada vez que su padre, de repente, se rasque la oreja. Y, por supuesto, una bofetada puede dañarle la nariz, los oídos o la mandíbula.
Si los chirlos son administrados con un objeto neutral, el niño nunca tendrá temor de ser súbitamente castigado por alguna imprudencia accidental que haya cometido. ( Hay excepciones a esta regla cuando se le da un golpecito en la mano porque trata de tocar la estufa o algún objeto peligroso).
Paliza, no
¿Deben doler los chirlos? Sí, o de otro modo no tendrían ninguna influencia. Un chirlo, que es dado sobre un grueso pañal húmedo, no comunica en realidad ningún mensaje importante. Sin embargo, para un niño pequeño, un poco de dolor produce mucho efecto; no es necesario, por cierto, darle una paliza. Por lo general, dos o tres nalgadas moderadas o golpecitos en las piernas, que el niño sienta, son suficientes para enfatizar el hecho de que "tienes que obedecerme". Y por último, es importante que las nalgadas sean dadas inmediatamente después de que él cometa la falta, o que si no no sean dadas. La memoria de un niño que comienza a andar no está lo suficientemente desarrollada como para permitir ni siquiera una demora de diez minutos en la aplicación de la disciplina. Después de que todo haya pasado, y el llanto se haya calmado, es posible que el niño quiera ser abrazado para sentirse seguro en los brazos de la madre o el padre. Por supuesto, déjelo venir a usted, Abrácelo, amorosamente, y dígale cuánto lo quiere y por qué debe hacerle caso a su mamá. Ese momento puede ser el acontecimiento más importante de todo el día. Y para la familia cristiana, es muy importante el orar con el niño en esa ocasión, admitiendo ante Dios que todos hemos pecado y que nadie es perfecto. El perdón divino es una experiencia maravillosa, incluso para un niño muy pequeño.
Creo que debiera haber un límite en cuanto al tiempo que se le permita al niño llorar después de haber recibido un castigo físico. Mientras que las lágrimas representen un alivio genuino de la emoción, se le debe dejar que siga llorando. Pero el llanto se transforma rápidamente de un sollozo interno en un arma externa. Se convierte en un instrumento de protesta para castigar al enemigo. El verdadero llanto normalmente dura dos minutos o menos, pero puede ser que continúe hasta por cinco minutos. Después de ese tiempo, lo único que está haciendo el niño es quejarse, y el cambio puede ser reconocido en el tono y la intensidad de su voz. Yo le exigiría a él que parara el llanto de protesta, por lo general ofreciéndole una nueva dosis de lo que produjo las primeras lágrimas. Si se trata de un niño pequeño, puede pararse el llanto con facilidad haciendo que él se interese en alguna otra cosa.
* Créditos
Tomado de “Los Elegidos”. Vol. 10 págs. 68-70. Editado por Casa Editora Sudamericana.
Tomado a su vez de del libro “Preguntas que los padres hacen sobre la disciplina”. De James Dobson. Editorial Unilit.