De un padre a otro
Por Dr. Bruce Narramore *
Segunda parte


El paso del padre terrenal al celestial Padre queda claramente puesto de manifiesto en Mateo 7:11, donde Cristo nos ha dicho: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le piden?» Este pasaje indica que un niño puede esperar ver las virtudes de sus progenitores magnificadas en su Padre celestial donde pocas de tales virtudes existen, difícil será establecer una imagen positiva de Dios.
Los padres cariñosos, maduros, hacen sencillo, para sus retoños, el entendimiento del carácter de Dios. Pero unos progenitores ansiosos, no congruentes, o dominantes, instilan una pobre imagen paterna en sus hijos. Los hijos de esa clase de padres pueden ver a Dios como alguien distante, despreocupado de las cosas del mundo, amigo de castigar, y aun débil. La imagen exacta dependerá de los atributos de esos padres terrenales.

La hija, poco más que quinceañera, de un duro y criticón pastor, vino cierto día a verme para que la aconsejara. Estaba seriamente deprimida. En su sufrimiento, trató de cometer suicidio para acabar con su penar. Cuando le estaba hablando yo de su relación con Dios, me interrumpió, rabiosa: «¡No me venga con el cuento de que "Dios es Amor"! ¡Si lo fuera, yo podría verlo en mi padre!» Esta reacción, y otras semejantes, se producen cada día en los despachos de los consejeros del mundo entero. Hay mucha gente que busca a Dios, pero su visión queda oscurecida, anubarrada por culpa de un padre terrenal.
Se cuenta la historia de aquel padre que colocó a su chico pequeño sobre una mesa y le dijo: “salta hacia papaíto” Cuando el niño así lo hizo, su padre, apartándose a un lado, le dejó caer al suelo, añadiendo cínicamente: «Eso te enseñará a no confiar jamás en nadie!» Por supuesto que una acción paterna así es algo extremo, pero a menudo los niños aprenden a no poder confiar. Le damos unos azotes, furiosos, al pequeño y le decimos: «Esto es por tu bien», en vez de admitir: «Esto me hace sentirme mejor». Hacemos una promesa, y luego no la sabemos cumplir. A través de tal forma de actuar, nuestros hijos van gradualmente aprendiendo a no confiar, y cuando llegan a ser cristianos, quieren confiar en Dios, pero, por lo que sea, les resulta difícil. Han confiado antes tantas veces, para que luego les dejaran en la estacada... Así que sus sentimientos les cuchichean allá dentro: «Cuidado, no puedes fiarte de El. Puedes ser utilizado, -o quizá te hagan daño. . .»

Mi experiencia como consejero de adultos neurotizados ha demostrado, invariablemente, que su imagen de Dios estaba «coloreada» por experiencias de signo negativo habidas con los padres, esos representantes de Dios en la tierra. Lo cual no quiere decir que las enseñanzas bíblicas sobre el carácter de Dios dejen de influenciar nuestras relaciones espirituales. Ciertamente influyen. Pero unas reacciones emocionales negativas, derivadas de la niñez, se interfieren con nuestra capacidad para aplicar el conocimiento bíblico. Piense el lector en su propia experiencia cristiana. ¿No ha temido a veces a un Dios vengativo, o sentido que Dios no le entendía a uno? ¿Acaso no ha experimentado dificultad alguna para creer que la voluntad Divina era lo mejor que podía acontecerle a uno? Pues bien, la mayoría de tales sentimientos representan residuos emocionales de experiencias vividas durante la niñez propia.

En cierto sentido real, Dios nos ha ofrecido una divina oportunidad para dar forma a las vidas de nuestros hijos, tanto para el tiempo como para a la eternidad. Es hermoso darse cuenta que podemos, de hecho, enseñar a nuestros hijos el amor y carácter de Dios. Es impresionante entender que nuestros propios malos recuerdos pueden colocar un muro, una separación, entre nuestros hijos tan preciados y Dios, el Creador del mundo.

Como psicólogo y como padre me preocupa hondísimamente toda esta gama de problemas familiares. Obtuve experiencia profesional como consejero pedagógico en clínicas de orientación infantil por espacio de cuatro años antes de nacer mi primer retoño. No me costó mucho tiempo el entender que profundas declaraciones psicológicas del estilo de: «Es un niño inseguro»; o bien: «Padece una hiperactividad»; o incluso: «Tiene miedo a un rechazo por parte de sus progenitores” no describían realmente el problema. Problemas que tanto los demás padres, como yo mismo, experimentábamos en nuestros propios hogares. . . Tampoco me dedique a aconsejar cosas como: «Hay que demostrarle más cariño»; «Sean ustedes congruentes»; afirman el ego de la criatura.» No creo que todo ello ayude gran cosa para cambiar el comportamiento de cada día en el caso de chicos comunes y corrientes.

Dado que tanto mi esposa como yo somos graduados universitarios, y yo poseo una licenciatura en Filosofía, entendíamos, sin más, naturalmente, estar preparados para ser progenitores de una criatura. ¡Y menuda sorpresa nos llevamos los dos!. . .Nuestros hijos tenían idénticos problema a los de otros chicos de su calle. Nos encontramos con rachas enormes de rabietas sin motivo, de llantinas interminables, de estallidos de hostilidad y, en suma, de una gran variedad de otras actuaciones que, por supuesto, no parecen estar bien en los hijos de un psicólogo de profesión. . .

Como cristianos, queríamos proporcionar a nuestros retoños una buena base de arranque y comienzo en la vida. Pero debíamos llegar a una decisión. Teníamos que elegir entre permanecer sentados, sumidos en nuestra preocupación, o poner manos a la obra y encontrar alguna respuesta sólida, que funcionara bien ahí. Este libro es el resultado de semejantes búsquedas nuestras.

Claro que ningún libro puede convertirnos de repente en “padres perfectos”. La paternidad es un proceso gradual. La paternidad efectiva toma conocimiento de las apropiadas respuestas paternales y las lleva a la práctica, originando reacciones apropiadas. 

CRÉDITOS BIBLIOGRÁFICOS
Tomado de:
“¡Ayúdenme! Soy padre”, Dr. Bruce Narramore, cap. 1 págs.14-17. Editorial Clie, Impreso en España 1974.