Mi avivamiento
Por David Hormachea *


La más grande lección sobre avivamiento la aprendí cuando vivíamos lo que parecía, pero no era, un avivamiento. En una temporada de lágrimas, de renovación de la himnología, de oraciones en la montaña y horas de vigilia en medio de abrazos con todos los hermanos, había algo que estaba ausente. Yo era un excelente ministro, pero un mal esposo. La iglesia era mi refugio, sobre todo después de las peleas con mi esposa, a quien muchas veces califiqué de poco espiritual porque reaccionaba confrontándome al luchar con su gran rival, la iglesia. Ella, preocupada por sus cuatro hijos y sin recibir el apoyo de su esposo, no podía, ni debía aceptar que la iglesia le robara a su marido.

En una ocasión, después de una discusión con mi esposa me fui a mi refugio, mi iglesia. Había una de esas reuniones muy emocionantes. Durante la reunión se me ocurrió doblar las rodillas y me puse a leer la Biblia: «Vosotros maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo.» (1 Pe 3.7) Este pasaje verdaderamente traspasó mi alma. Me decía: «David, debes vivir con ella. » No vivía con ella. Vivía en la iglesia. «Si tú no comes con ella, no paseas con ella, no haces planes con ella, si no te diviertes con ella, si no oras con ella, si sólo duermes con ella y tienes relaciones sexuales con ella, no vives con ella ». El versículo continúa. Dice que debemos vivir «sabiamente». No había escapatoria. «David, tienes que vivir con Nancy sabiamente». 

La espada seguía enterrándose lentamente en mi corazón «avivado». Vivir «sabiamente» es dar honor a la esposa. No hay otra opción. Debemos darle el respeto y la honra que se merece a la mujer más importante del mundo. ¿Sabía usted que no existe otra persona más importante en este mundo que su cónyuge? Después de darle a Dios la honra que Él merece, el mayor respeto no debe ser para las hermanas de la iglesia que nos admiran (¡claro!, ¡es que no viven con uno!), debe ser para nuestro cónyuge. No honramos a nuestra esposa cuando las opiniones de otras personas son más importantes que las de ella. No la honramos cuando con la misma boca que alabamos a Dios o predicamos Su Palabra la insultamos o la herimos con palabras corrompidas, y peor aun, cuando utilizamos las mismas manos que hemos levantado a Dios para la violencia doméstica. No vive con sabiduría quien trata a su esposa como si fuera otro hombre. Ella es el vaso más frágil. Ella merece nuestra ternura, nuestro romanticismo. Ella debe ser tratada con cariño y respeto, especialmente en nuestras relaciones íntimas. La deshonramos cuando la utilizamos como un instrumento de satisfacción de nuestras necesidades. Vivir con sabiduría significa que debemos comprender cuáles son sus necesidades físicas, emocionales y espirituales porque ella no es un ser inferior sino «coheredera de la gracia de la vida». 

Mi segunda afirmación declara que el avivamiento no comienza de rodillas sino en la familia. Podemos tener los mejores cultos de oración y los más emocionantes cultos de alabanza, pero lamentablemente puede existir un estorbo para que mi consagración sea aceptada por Dios.
Una de las puñaladas más fuertes que recibí de la Palabra de Dios fue cuando entendí que Pedro me decía: «David, si no vives con tu esposa con sabiduría, entendiendo y satisfaciendo sus necesidades, y si no la tratas con respeto y amor, tus oraciones no pasarán del techo del templo.» 
El Espíritu de Dios me recordó los siguientes impactantes versículos: « Si alguno dice que ama a Dios y aborrece a su hermano, el tal es un mentiroso.» (1 Jn 4.20) Y, «Maridos, amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas.» (Col 3.19) Sin embargo, el Espíritu de Dios todavía no terminaba con el orgullo de este «pastor avivado». No sé cuánto tiempo pasé orando mientras todos cantaban emocionados. Una puñalada más traspasó mi corazón: «Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. (Mt. 5.22-24).
¿Qué cree que fui motivado a hacer? Lo mismo que le pido que haga usted si quiere ser parte de un gran avivamiento 
(2 Cr. 7:14)

· CRÉDITOS
Tomado de Apuntes Pastorales, Volumen 19 - Número 1, pág. 12 y 14
Editado por Desarrollo Cristiano Internacional, San José, Costa Rica 2001
Artículo total: “El gran avivamiento comienza en el hogar”. David Hormachea.